Miraba a unos perritos nacidos debajo de una tarima de madera donde nuestra pastor alemán los había parido. Mi hermana y yo los observábamos porque ya comenzaban a salir de su escondite. Nuestra perra, Jacky, nos miraba mientras de fondo sonaba Bohemian Rhapsody. Fue un momento mágico de 1982, apenas un mes antes de viajar a El Salvador.
Dos semanas después de la ofensiva de noviembre de 1989 y de la desaparición de uno de sus mejores amigos, un grupo de jóvenes salvadoreños cruza la frontera hacia Guatemala buscando algo más que refugio. Entre las luces de la Zona Viva, las noches de Panajachel, conversaciones inolvidables y el descubrimiento de que la violencia también habla otros idiomas, este capítulo reconstruye un breve paréntesis de libertad antes del inevitable regreso a un país que todavía aprendía a convivir con las cicatrices de la guerra.
El mundo, antes de romperse, cabía en los límites magnéticos de un casete. Yo estaba tirado en la cama, clausurado del exterior por los audífonos de mi Walkman, dejando que el pulso nocturno y sofisticado de Tango in the Night de Fleetwood Mac me apartara de la realidad. El casete me lo había prestado Pepi, un vecino de la vuelta con un oído finísimo para rescatar joyas en medio del páramo, aunque este diamante era de su padre.
"Me quedo con esos momentos hermosos de una Maya Salarrué luminosa, concentrada, zapatona, destilando por su piel aroma a estirpe de artistas", dice Mario Noel Rodríguez.
El teatro lucía esplendido. En tiempos del entrañable Álvaro Menen Desleal había sido remodelado. Carlos Cañas, con mágico pincel, pintó en la cúpula elipsoidal de la Gran Sala un impresionante mural, recuerda Galeas
Los poemas de Rivera Larios me hicieron recordar lo que me tocó vivir en la guerra, en la que no todo fue épico y heroísmo, ni crueldades abominables que se cometieron por ambas partes en el conflicto.
Mons. Rivera, fue un apasionado del Concilio Vaticano II. Había participado en todas las sesiones. Siempre repetía: "Aquello fue una Super Universidad"
A ellos, como a nosotros más tarde, la revolución les llegaba por la vía cultural. Nota escrita por Ulloa en 1997 y encontrada en el baúl de los recuerdos
Ovidio usaba una ropa que fusionaba el estilo clásico de otros mundos. Su mundo era del arqueólogo latinoamericano de los años 60 -camisa de vestir blanca, con mangas largas recogidas y cuello vampirizo
Simples o dobles, las puertas permanecían cerradas para impedir la entrada y la vista intrusa como la mía. De poseer un recuadro, sería de vidrio opaco. La recubrían barrotes de metal, a veces forjados en flor.
A los 56 años de aniversario de nuestra UCA, es una ocasión de oro para recordar a mi maestro de Psicología Social, Ética Profesional y Asesor de Tesis, que por cierto llevó el nombre de “Condiciones psicosociales del sindicalismo salvadoreño: Identidad, poder y actividad”
El lunes 16 de marzo de 2020, me desperté con una fuerte opresión en el pecho. Me levanté de la cama y caminé los tres metros que separan a nuestro dormitorio del cuarto de baño. Me senté en la taza del inodoro. Mi cuerpo se tardó una media hora en encontrar una bocanada de aire