Recuerdo especialmente una tarde en que fui con Roberto Machuca a ver a las Flans. El concierto se realizó frente a la Feria Internacional, sobre una zona de césped donde habían levantado una tarima improvisada. Uno pagaba en la entrada y adentro vendían fotografías de las integrantes del grupo. No eran oficiales, por supuesto, pero igual se vendían como pan caliente. Recuerdo a Mimi, a Ilse y a Ivonne.
Las discoteca y bares de los años 80 estaban llenas de música, humo, luces de neón y gente tratando de convertirse en alguien más. Algunos querían olvidar quiénes eran por unas horas. Otros necesitaban exagerarlo todo. Y en la Zona Rosa había un personaje que aparecía constantemente: el mentiroso. El tipo que construía una versión mejorada de sí mismo para poder sobrevivir en la noche.
Entre tormentas de septiembre, billeteras prestadas, música new wave y conversaciones huecas, a veces la adolescencia confundía el amor con la obsesión y las pistas de baile con el destino. Esta es la memoria de una noche donde todo parecía posible, aunque en el fondo ya estuviera condenado a vivir unos de los momentos más
Halloween siempre tuvo algo especial para mí. No por las teorías fanáticas de satanismo ni por la idea de asustar gente ni por salir a tirar huevos podridos , sino por la posibilidad de dejar de ser uno mismo durante unas horas con un disfraz. En 1986, cuando tenía dieciséis, la noche todavía se sentía infinita
Por Max Herrador
Opinión sobre el régimen de excepción de tres emprendedores que se dedican a brindar servicios de transporte.
Por diferentes razones del destino me...
En San Salvador de los años 80, la Zona Rosa parecía un refugio ajeno a la guerra civil: música, luces y juventud contenidas en una ilusión de normalidad. Pero una noche de 1985, esa burbuja se rompió de forma violenta, dejando al descubierto que ningún espacio estaba realmente a salvo.
Llegar temprano a la Zona Rosa no era una opción, era parte del ritual. No se trataba solo de salir, se trataba de escapar. Yo ya venía arrastrando una inquietud difícil de explicar a esa edad, una especie de ansiedad constante que tenía forma de amenaza invisible, como si el mundo pudiera romperse en cualquier momento. No sabía bien de dónde venía esa sensación, pero estaba ahí, instalada, empujándome hacia afuera. Salir de la casa no era ocio, era alivio, y la Zona Rosa, a dos cuadras, se convirtió en ese lugar donde el ruido tapaba lo que no podía entender.
Yo tendría catorce años en 1984 y ya estaba completamente harto de las fiestas de colegio. Desde hace un tiempo, y por alguna razón, había entrado en una faceta de comenzar a leer y cuestionarme los entornos.
He comprado varios lentes y accesorios en Marketplace y en grupos. Y sería injusto decir que todo ha sido negativo. Hay personas responsables, claras y hasta generosas al momento de mostrar y probar su equipo. Sin embargo, también hay una práctica que se repite más de lo que debería: no solo omitir información, sino afirmar cosas que simplemente no son ciertas.
Nadie advirtió que ese antecedente académico sería usado como criterio para excluirme del beneficio de gratuidad, sin importar mi situación económica actual, que hoy es radicalmente distinta a la de hace décadas.
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