A finales de 1989, mientras el Muro de Berlín comenzaba a caer y el mundo parecía entrar en una nueva época, yo regresaba a El Salvador después de una ofensiva que había dejado muertos, desaparecidos y una generación de jóvenes tratando de entender qué hacer con sus propias vidas. Entre Guatemala, la música, la universidad, los amigos y una vida nocturna que volvía a encenderse, descubrí que algunas heridas no desaparecen cuando termina una batalla: simplemente aprenden a caminar con uno.
Miraba a unos perritos nacidos debajo de una tarima de madera donde nuestra pastor alemán los había parido. Mi hermana y yo los observábamos porque ya comenzaban a salir de su escondite. Nuestra perra, Jacky, nos miraba mientras de fondo sonaba Bohemian Rhapsody. Fue un momento mágico de 1982, apenas un mes antes de viajar a El Salvador.
Dos semanas después de la ofensiva de noviembre de 1989 y de la desaparición de uno de sus mejores amigos, un grupo de jóvenes salvadoreños cruza la frontera hacia Guatemala buscando algo más que refugio. Entre las luces de la Zona Viva, las noches de Panajachel, conversaciones inolvidables y el descubrimiento de que la violencia también habla otros idiomas, este capítulo reconstruye un breve paréntesis de libertad antes del inevitable regreso a un país que todavía aprendía a convivir con las cicatrices de la guerra.
Nadie advirtió que ese antecedente académico sería usado como criterio para excluirme del beneficio de gratuidad, sin importar mi situación económica actual, que hoy es radicalmente distinta a la de hace décadas.
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