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Homenaje a Mons. Arturo Rivera Damas

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Por Antonio Molina

Recuerdo, como si fue ayer, el sábado 26 de noviembre de 1994. Esperanza, una sencilla mujer de Panchimalco, acababa de escuchar la noticia en la radio: Mons. Arturo Rivera acababa de fallecer. Ella corrió al Convento a darme la triste noticia. Llegó con lágrimas en los ojos. Parecía que el muerto era alguien de su familia. Eran las 6 de la mañana. No era para menos. Mons. Rivera se ganó el respeto y cariño de los hombres y mujeres de buena voluntad de todo el País. Hoy, viernes 26 de noviembre 2021, se cumplen 27 años que paso de este mundo a la Casa de Padre.

Mons. Romero con Mons. Rivera Damas

Mons. Rivera, fue un apasionado del Concilio Vaticano II. Había participado en todas las sesiones.Siempre repetía: “Aquello fue una Super Universidad”. Ahí en los documentos del Concilio encontramos el Decreto sobre el Oficio Pastoral de los Obispos, más conocido como “Christus Dominus”. Ese documento se lo cite en una visita al Seminario San José de la Montaña para contarle que en base a Christus Dominus 16, entre nosotros los seminaristas era común llamarle “papá Arturo”. Al Señor Arzobispo me lo eché a la bolsa. Ese fue un piropo con base doctrinal del mero Concilio. Amén a que de verdad le queríamos como a un verdadero papá. Dice así el texto en cuestión: “En el ejercicio de su oficio de padre y pastor, sean los Obispos en medio de los suyos como los que sirven, buenos pastores, que conocen a sus ovejas y a quienes ellas también conocen; VERDADEROS PADRES, que se distinguen por el espíritu de amor y solicitud para con todos, y a cuya autoridad, conferida desde luego por Dios, todos se someten de buen grado. De tal manera congreguen y formen a la familia entera de su grey, que todos, conscientes de sus deberes, vivan y actúen en comunión de caridad”.

Siempre le he recordado como a un papá. Así le lloramos. Al viejo se le podía amar y él se dejaba querer. Creo que el País le quedó debiendo. Sin su iniciativa el final de la guerra civil quizá se hubiera alargado. El es el apóstol de la paz de nuestro El Salvador. Podría alargarme en recuerdos de todo los que nos dejó de herencia, pero mejor hagamos memoria los que le conocimos y tratamos. El día de su entierro, al momento de depositar sus restos en la cripta de nuestra Catedral, muy cerca de Mons. Luis Chávez, a quién también veneró y respetó como a su papá, fui de los que estaban para terminar de empujar su ataúd, llorando como un niño, y vi a mi alrededor y ahí estaban sus párrocos de esta Arquidiócesis de San Salvador con lágrimas en los ojos despidiendo a un gran Pastor. Esta vez quisiera que estas líneas las compartamos entre los católicos de nuestro País y no olvidemos a este Pastor que supo recoger la herencia de San Oscar Romero. Hasta el cielo nuestros saludos y oraciones. En aquellos días difíciles de los años 70, trabajó muy de cerca con el Cura Párroco de Aguilares, P. Rutilio Grande, queriendo poner en práctica los Documentos del Concilio y los de Medellín. Cómo no citar aquella Primera Semana de Pastoral. Eso que ustedes sembraron ya dio cosecha. Que su ejemplo sirva para seguir trabajando como Ustedes lo hicieron.

Mons. Rivera Damas en misa

No deje de interceder por toda esta su Arquidiócesis. Saludos a Mons. Luis Chávez, a Mons. Romero, al P. Rutilio y a los santos y santas que dieron su vida por anunciar el evangelio en aquellos días por estas tierras cuscatlecas. Gracias por su ejemplo, querido papá Arturo.

Su hijo: P. Toño Molina, como Usted también me decía.

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Antonio Molina
Antonio Molina
Religioso salvadoreño y colaborador de ContraPunto
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