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Maya Salarrué

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"Me quedo con esos momentos hermosos de una Maya Salarrué luminosa, concentrada, zapatona, destilando por su piel aroma a estirpe de artistas", dice Mario Noel Rodríguez.

Por Mario Noel Rodríguez

Maya tenía una voz como de ángela recién caída de una nube. Vivía sola. Una amiga pintora se refirió a ella como a una “vieja loca que vivía en otra realidad”. Quise salir de dudas. Le dije a Anita Escalón que teníamos que conocerla. Anita me dijo orrait, como diría una cipota de cuentos de cipotes. Pasamos al mercado Central a comprarle unos cartuchos y partimos incendiadamente sensibles hacia el “mundo nomasito”, como lo llamó Sagatara, narrador-poeta como pocos.

Cuentan los contadores de historias que esa casa se la regaló a Salarrué, a principios de los años 60s, su primo rico Francisco Núñez Arrué, casado con María Escalón de Nuñez, ricachones de los de verdad.

Salarrué nunca amasó pisto, siempre estuvo corto de fondos.  Fue en  ese hermoso nido donde Sagatara dio a luz su único libro de versos: “Mundo nomasito”.

Con Anita preguntamos si había alguien. Reinaba un silencio como los silencios de altamar en O-Yarkandal. Desde su interior apareció una señorona con mantilla en su cabeza, vestidón largo, delantal, y abajo pantalón y zapatos burrones. Era Maya Salarrué. Era 1990. Casa hermosa pero vacía de bienes, solo una mandolina. Nos recibió sin preguntarnos quienes éramos. Le entregamos los cartuchos  que estrechó contra su pecho. Le dije que éramos devotos lectores de su padre. Nos habló de cosas lindas como familia. Hablaba angelical, tenía un ligero parecido a la actriz Sara García. Jamás nos preguntó si éramos marxistas, anarquistas, feministas, universitarios quema llantas, fascistas, o historiadores manipuladores de la persona de su amado papi. Nada, todo fue hablar de literatura, mucha literatura. Una mujer encantadora, jamás loca.

Al preguntarle si podía traer a mis cipotes, muy claramente vi que su corazón saltó de alegría.

Pasados quince días sucedió lo encantador. Fuimos con mi esposa y mis cipotes. Al verlos Maya se transformó. En mi cabeza todo sucedía en cámara lenta. Sacó papel, lápiz, y vi a la hija menor de Sagatara tirarse al suelo a dibujar con mis dos cipotes. Tres cipotes dibujando cosas de niños. 

Me hubiera encantado conocer a Zelie Lardé, su esposa, a Olga, a Aída, sus hijas, pero me quedo con esos momentos hermosos de una Maya Salarrué luminosa, concentrada, zapatona, destilando por su piel aroma a estirpe de artistas. 

Al caer la tarde, el corazón de Sagatara nos condujo de regreso a la ruidosa ciudad.

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Mario Noel Rodríguez
Mario Noel Rodríguez
Poeta, escritor, gestor cultural, promotor de lectura, publicista salvadoreño. Ganador en dos ocasiones del Premio Hispanoamericano de Poesía de Quetzaltenango (1997 y 2008).
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