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sábado, 27 de noviembre del 2021

Mi colega, la Piedra

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Por Rafael Lara-Martínez

Desde Comala siempre…

No sé si te conté, Ricardo, que hace días vivo rodeado de piedras.  Al principio no noté el cambio.  Juzgaba que las ciudades empedradas y el desierto poseían rasgos comunes.  La materia dura —el hard drive— de la Tierra es la arena.  Roca minúscula desperdigada, vuela en su ilusión de nube. 

Anhela evaporarse gracias al viento caluroso que la esparce como hierba marchita.  En cambio, compacta y maciza, en esta ciudad forma bloques de distinto tamaño que pavimentan las calles.  Por eso, al caminar, no advertía una diferencia ya que al principio sólo percibía el talle. 

La piedra la observaba como un grano de arena en el microscopio, viceversa, el polvo, como piedra molida luego de la torrefacción, al prepararme la bebida por la necesidad de calcio y de hierro. 

Caminaba a paso lento, sin prisa, por el temor a hundir el pie entre el pedrusco disperso.  Sólo después de un largo lapso, me percaté de la solidez del suelo.  La resistencia del páramo urbano. 

Duro, se extendía sin la molicie de la playa deshidratada.  A pausa tímida, comencé a alzar la vista.  Ya no la fijaba en el suelo, sino a una media altura, al relieve de las puertas.  Su figura oscilaba del rectángulo al óvalo.  Cambiaba de colores, pero casi siempre mantenía el verde oscuro y el café repintado de la madera. 

Simples o dobles, las puertas permanecían cerradas para impedir la entrada y la vista intrusa como la mía.  De poseer un recuadro, sería de vidrio opaco.  La recubrían barrotes de metal, a veces forjados en flor. 

A sus pies, se arrodillaban aberturas en respiradero que aireaban sótanos oscuros, las cavernas de los edificios que resguardan objetos en demasía, como los poros de mi piel.  El musgo les crece en su borde inferior, como los callos en mis pies. 

Entonces me di cuenta que apiladas en muros solidarios, las piedras arrullaban la apertura a su centro.  Calcaban el aullido de los coyotes en el desierto, pensé.  Si había aprendido a transcribir los sonidos del polvo en el viento —mi cuerpo desmembrado en cáncer— ahora empezaba a plasmar las sílabas de las piedras. 

Las verrugas las carcomen desde su infancia de plasma, hasta la soledad mojada de sus años.  En diálogo con sus estrías te remito mi destino de huesos en pedrusco a vocación de asfalto o, quizás, de ceniza que, en su vuelo de retorno, repica en tu ventana.

Nota: La pintura es un Autorretrato incompleto de Ricardo Aguilar (1940-2021), antes de su revolución sinódica a la cueva original

(*) El autor es Professor Emeritus, New Mexico Tech. Email: [email protected]

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Rafael Lara-Martí­nez
Investigador literario, académico, crítico de arte. Salvadoreño, reside en Francia. Columnista ContraPunto
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