El Zoológico de Cristal

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El teatro lucía esplendido. En tiempos del entrañable Álvaro Menen Desleal había sido remodelado. Carlos Cañas, con mágico pincel, pintó en la cúpula elipsoidal de la Gran Sala un impresionante mural, recuerda Galeas

Por Marvin Galeas

La noche era fresca. Olores a cosas nuevas y esperanzas renovadas se respiraban en el ambiente. Era pura ilusión. Corría un día de 1979, año en el que en la licuadora de la historia se mezclaban los nefastos elementos para la guerra que se nos venía encima con todas sus calamidades.

Ese día, diversos grupos de manifestantes habían ocupado un templo católico, dos embajadas y tres o cuatro propiedades rurales. Tres cadáveres habían aparecido bajo uno de los túneles de la carretera del Litoral. Dos bombas habían estallado cerca del cuartel de la Policía Nacional, un empresario era mantenido secuestrado en las llamadas “cárceles del pueblo” y Roberto Salomón, el “judío maravilloso”, estrenaba en el Teatro Nacional El zoológico de cristal, de Tennesse Williams.

El teatro lucía esplendido. En tiempos del entrañable Álvaro Menen Desleal había sido remodelado. Carlos Cañas, con mágico pincel, pintó en la cúpula elipsoidal de la Gran Sala un impresionante mural. El sistema de lámparas y el mural nos hacía respirar —lo digo sin exageración— un ambiente parisino en aquel San Salvador setentero, huérfano todavía de grandes centros comerciales y pasos a desnivel.

Había un lleno total para ver una de las obras máximas de Tennesse Williams. Cosa que no dejaba de sorprender en un país que vivía en vísperas del episodio más sangriento de su historia. Antes del comienzo de la puesta en escena, mi hermano y yo, que estábamos a cargo de una página de cultura en un vespertino local, conversamos un poco con Roberto. Estaba entusiasmado con la obra, pero a la vez triste por los acontecimientos. “Esto huele a guerra, lástima por el país, por la gente, por el teatro”, nos dijo pensativo.

Meses antes yo había asistido a la presentación de la obra “El retablo del flautista” (Ratas y rateros), del dramaturgo Jordi Teixidor, llevada a las tablas por el joven y talentoso elenco de Sol del Río, donde destacaban un carismático Leo Argüello, su linda compañera Leonor Cacao, Saúl Amaya, Fidel Cortés, Dinora Cañénguez y Ana Ruth Aragón, entre otros. Ese había sido uno de mis primeros encuentros con el teatro. Tanto me gustó que vi la obra media docena de veces más.

Motivado por ese gusto, devoré varias obras como La muerte del viajante, Casa de muñecas y, por supuesto, El zoológico de cristal. De manera que esa noche estaba ansioso por ver en el escenario lo que había imaginado leyendo. Las luces se apagaron y se hizo el silencio en la Gran Sala. Un tenue cañón de luz iluminó la melancólica figura de Mario Tenorio en el papel de Tom Wingfield. Al lado de un poste de electricidad, prendió un fósforo, pero antes de llevarlo al cigarrillo, miró hacia al público, saludó, encendió el cigarrillo, exhaló una bocanada de humo y comenzó a contar la historia.

Isabel Dada, la querida Chabelita, siempre en la memoria, en el papel de Amanda Wingfield, estuvo inspirada, completamente creíble. Magistral. Los ojos de Amanda (Isabel Dada), el par de ojos más bellos de El Salvador y sus alrededores, cobraban una tremenda intensidad que comunicaban angustia y obsesión en los diálogos con sus hijos (Laura y Tom).

Pero el momento que más me impactó es cuando una tímida, frágil y femenina Nara Salomón, en el papel de Laura, la chica encerrada en su mundo de animalitos de cristal, es besada en los labios de manera inesperada, por Juan Barrera, quien hacía un excelente papel como Jim O’Connor.

El director cuidó hasta el último de los detalles. El juego de luces y sombras en el apartamento de los Wingfield, la cortina de una ventana agitándose por el viento, el vestuario, la terracita de los conflictos en un segundo piso, la sala de las reflexiones abajo. Teníamos la certeza real de asistir al tremendo drama de una madre atormentada por una tortuosa relación con sus hijos, sobre todo con Laura, la tímida, inválida, pero dotada de una sensualidad que sólo le pudo dar Nara Salomón, dirigida por su esposo, Roberto.

Quise escribir en la página del vespertino sobre lo que vi esa noche. Pero eran tiempos de revueltas, bombas y sangre. Ya no había espacio, me dijeron, para escribir sobre esas cosas. Poco después me fui para la guerra. Allá en el monte, en noches de posta o caminata, recordaba aquella puesta en escena. ¿Qué sería de Robi Salomón, el Judío Maravilloso?, ¿de Isabel?, ¿de Nara?, ¿de Mario?, ¿de Juan Barrera?; ¿sobreviviría yo para escribir sobre El zoológico de cristal?

Pasada la tormenta bélica y regresado a casa, 13 años después, encontré a Juan Barrera, que para mi sorpresa también se había ido a la guerra y, como yo, regresado. A Isabel me la encontré allí, donde la vi la última vez, en el Teatro Nacional, en una obra dirigida por Fernando Umaña. A Roberto lo entrevisté en un programa de radio por los días en que andaba montando, con el contagiante dinamismo de toda la vida, “Sueño de una noche de verano”, de Shakespeare; de Mario Tenorio, lo único que supe es que vive en Canadá. Nara vive con Roberto entre Europa y El Salvador.

Porque hay amistades que son inmunes a las guerras, las ideologías y las distancias y en homenaje al trabajo artístico de Leo, Saúl, Fidel, Isabelita Dada, Ana Ruth, Dinora, Fernando, Juan y, sobre todo, Robi Salomón, escribí esta crónica 26 años después de aquella memorable puesta en escena.

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Marvin Galeas
Marvin Galeas
Periodista, escritor, editor, guionista de cina, publicista; exguerrillero, y colaborador de ContraPunto
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