Por Juan de Dios Maya
Desde hace décadas, la literatura latinoamericana parece estar supeditada a la voluntad de las grandes trasnacionales europeas, quienes imponen su...
El puente de concreto agrietado, suspendido sobre un río que hacía décadas se había convertido en un hilo de lodo negro, era el único paso firme hacia la costa firme tras dejar la isla atrás. Andrés caminaba despacio, sintiendo el peso del maletín de lona gastada que llevaba cruzado en el pecho; allí dentro, resguardada en una caja metálica, latía la Flor de la Higuera, el único testimonio de su encuentro con la inmensa cabeza cósmica en el corazón del laberinto.
La lluvia había comenzado tres días antes de las 12:00 a.m. del 24 de junio, la noche de San Juan, y no parecía tener intención de detenerse. Caía sobre las ruinas de los caminos antiguos, sobre las ciudades-estado que aún resistían entre murallas levantadas con concreto rescatado de otro siglo y sobre los bosques deformes que crecían en los territorios donde la penumbra había echado raíces. Aquel año la lluvia tenía algo enfermizo. Los viajeros que llegaban desde el norte aseguraban que el agua desprendía un olor semejante al de las flores marchitas; los pescadores hablaban de peces encontrados muertos junto a las orillas, con las escamas cubiertas por una película gris; los más supersticiosos afirmaban que era una señal, porque cada vez que la noche de San Juan coincidía con lluvias prolongadas ocurrían cosas que más tarde nadie era capaz de explicar.
Mientras otros celebraban el progreso, él observaba la soledad. Mientras la sociedad hablaba de prosperidad, él veía miseria. Mientras los optimistas anunciaban una nueva era, él percibía el crecimiento silencioso de un vacío imposible de nombrar.
—Tuve problemas con el auto. Una llanta estalló y casi pierdo el control del vehículo. Pero cuando sentí que quedaría atrapado bajo la tormenta nocturna. Se acercó un coche y no te puedes imaginar quién venía en él.
Por Max Herrador
Estos eran un par de gigantones que andaban siempre en camada peleándose y ultrajándose entre sí. Primero aparecía uno haciendo averías, comiéndose...
Ahora las cosas se mueven sobre el mar, debajo de las aguas quietas, dentro de los sueños, en los rincones donde antes solo habitaba el silencio. Espíritus, bestias, sombras antiguas… ya ni siquiera sé cómo llamarlas. He intentado devolver la flor a su lugar. Lo hice una vez, creyendo que podía revertir el daño, pero nada cambió. El mundo siguió pudriéndose igual.
En el cerro de Ligera, las niñas dejaron de dormir casi al mismo tiempo. Primero desapareció una cabeza de muñeca en una casa cercana al barranco norte. Después fueron tres más en otra calle. Al terminar la semana, el pueblo entero comenzó a llenarse de cuerpos de plástico abandonados en patios, cocinas y habitaciones infantiles.
En algún lugar entre la imaginación y la memoria, donde la infancia aún nombra el mundo por primera vez, vuelve a abrirse una convocatoria que no solo busca cuentos, sino nuevas formas de mirar la realidad.
No nací de un vientre y esa es la primera grieta. No hay un inicio que pueda recordar, solo una conciencia de interrupción: aparezco donde la luz falla. Soy el residuo que se organiza en el vacío, una continuidad incompleta que aprendió a sostenerse de los pasos ajenos.
El certamen literario del periódico digital entra en su nueva etapa dedicada al cuento de terror, con una propuesta abierta, formativa y sin límites generacionales.
El periodista y escritor salvadoreño fue reconocido en la categoría de Literatura Testimonial por una obra que se adentra en uno de los episodios más oscuros de la historia reciente del país.
ContraPunto se prepara para dar inicio, en las próximas semanas, a la convocatoria de una nueva etaoa de su certamen literario Voces de ContraPunto, esta vez enfocado en la narrativa de terror.
Abro sin saber que abrir implica haber estado cerrado. La luz no irrumpe, más bien se instala, como si siempre hubiera estado ahí esperando a que yo la reconociera. No hay dolor, no hay golpe que pueda recordar, solo esta certeza extraña de estar viendo antes incluso de comprender qué significa ver.
Era una mujer alta, desproporcionadamente alta para esa ciudad, rozando el metro noventa y cinco, de cabello blanco y ojos claros que contrastaban con el entorno opaco de la polis.