Por Max Herrador
Estos eran un par de gigantones que andaban siempre en camada peleándose y ultrajándose entre sí. Primero aparecía uno haciendo averías, comiéndose...
Ahora las cosas se mueven sobre el mar, debajo de las aguas quietas, dentro de los sueños, en los rincones donde antes solo habitaba el silencio. Espíritus, bestias, sombras antiguas… ya ni siquiera sé cómo llamarlas. He intentado devolver la flor a su lugar. Lo hice una vez, creyendo que podía revertir el daño, pero nada cambió. El mundo siguió pudriéndose igual.
En el cerro de Ligera, las niñas dejaron de dormir casi al mismo tiempo. Primero desapareció una cabeza de muñeca en una casa cercana al barranco norte. Después fueron tres más en otra calle. Al terminar la semana, el pueblo entero comenzó a llenarse de cuerpos de plástico abandonados en patios, cocinas y habitaciones infantiles.
En algún lugar entre la imaginación y la memoria, donde la infancia aún nombra el mundo por primera vez, vuelve a abrirse una convocatoria que no solo busca cuentos, sino nuevas formas de mirar la realidad.
No nací de un vientre y esa es la primera grieta. No hay un inicio que pueda recordar, solo una conciencia de interrupción: aparezco donde la luz falla. Soy el residuo que se organiza en el vacío, una continuidad incompleta que aprendió a sostenerse de los pasos ajenos.
El certamen literario del periódico digital entra en su nueva etapa dedicada al cuento de terror, con una propuesta abierta, formativa y sin límites generacionales.
El periodista y escritor salvadoreño fue reconocido en la categoría de Literatura Testimonial por una obra que se adentra en uno de los episodios más oscuros de la historia reciente del país.
ContraPunto se prepara para dar inicio, en las próximas semanas, a la convocatoria de una nueva etaoa de su certamen literario Voces de ContraPunto, esta vez enfocado en la narrativa de terror.
Abro sin saber que abrir implica haber estado cerrado. La luz no irrumpe, más bien se instala, como si siempre hubiera estado ahí esperando a que yo la reconociera. No hay dolor, no hay golpe que pueda recordar, solo esta certeza extraña de estar viendo antes incluso de comprender qué significa ver.
Era una mujer alta, desproporcionadamente alta para esa ciudad, rozando el metro noventa y cinco, de cabello blanco y ojos claros que contrastaban con el entorno opaco de la polis.
Últimamente, pensaba, el mundo se había puesto extraño. No era una exageración ni una frase hecha; era una sensación constante, como una corriente subterránea que lo atravesaba todo. Bastaba encender la radio, abrir un diario o simplemente escuchar a la gente en la calle para notar que algo ya no encajaba. Las noticias habían dejado de parecer excepcionales y empezaban a acumularse con una lógica inquietante, como si respondieran a un orden que nadie terminaba de comprender.
El gato se mueve mejor que yo en este lugar. Lo dejo hacer. A veces le tiro ratones vivos que encuentro en las trampas del sótano, y lo observo mientras juega con ellos antes de matarlos. No lo hace por hambre. Lo hace porque puede. Yo tampoco intervengo. Hace tiempo dejé de pensar en esas cosas como algo que deba corregirse.
En la poesía, a veces basta una imagen para abrir un mundo. Un gallo que canta al amanecer, un cenzontle que repite voces ajenas, un torogoz suspendido sobre el paisaje. De esas imágenes —y de muchas otras que nacen del territorio íntimo de la memoria y la resistencia— surgieron las 17 propuestas poéticas que este año llegaron al certamen “Voces de Contrapunto”, una convocatoria que reunió autores de El Salvador, México y Ecuador.
Zarko Pinkas | No todos los escritores describen el miedo. Algunos lo construyen desde dentro, pieza por pieza, hasta que deja de ser una emoción y se convierte en una lógica.