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jueves, 4 junio 2026

Memorias en la Zona Rosa: la noche en que la burbuja se rompió | Parte 3

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Zarko Pinkas |

En San Salvador de los años 80, la Zona Rosa parecía un refugio ajeno a la guerra civil: música, luces y juventud contenidas en una ilusión de normalidad. Pero una noche de 1985, esa burbuja se rompió de forma violenta, dejando al descubierto que ningún espacio estaba realmente a salvo.


Mi casa se había convertido, sin planearlo, en el punto de partida de muchas noches. Vivíamos a dos cuadras de la Zona Rosa y eso bastaba para que todo terminara pasando ahí antes de salir. Era un departamento , con piscina y patio con muchos árboles, lo suficientemente cómodo como para que llegaran amigos, amigos de amigos y, muchas veces, gente que yo no tenía idea quién era, los cuales, una minoría, podría decir que eran , como se les dice en Chile bolseros y , en El Salvador, gorrones.

Había noches en que éramos diez, otras veinte, y fácilmente la mitad eran completos desconocidos. Se armaban grupos alrededor de la piscina, cerveza en mano, conversaciones cruzadas y risas que no necesariamente llevaban a nada, pero que formaban parte del ambiente.

Mis padres eran jóvenes de espíritu, abiertos, y eso hacía que todo fluyera con naturalidad. Su edad era menor a la que hoy tengo yo lo cual me hace reflexionar como estamos conectados con dos generaciones que tenían gustos casi en la misma música y misma forma de interactuar socialamente.

A veces llegaban amigos de ellos, incluso chilenos, y se mezclaban con nuestros grupos sin ningún problema. Dos generaciones conviviendo bajo el mismo ruido, bajo la misma noche que todavía no comenzaba del todo. Sin embargo, con el tiempo, ese preámbulo empezó a cansarme. No era rechazo hacia la gente ni hacia el ambiente, sino una sensación más sutil, como una saturación. El exceso de licor, el ruido sin dirección, la idea de estar perdiendo tiempo antes de lo que realmente quería hacer.

Yo quería salir. Quería estar en la noche, en la música, en el movimiento. Ese día me arreglaba frente al espejo, con el pelo húmedo, echándome mousse para levantar el copete como se usaba en esos años, sosteniendo un cigarro mientras me observaba como si ese pequeño ritual fuera parte de algo más importante que simplemente salir.

No lo decía en voz alta, pero lo tenía claro: no salía solo a divertirme. Salía a buscar algo, aunque no supiera exactamente qué era. No era una persona específica, sino una sensación, la posibilidad de encontrar a alguien con quien conectar en medio de la música, alguien con quien el baile tuviera sentido más allá del movimiento.

Había en mí dos líneas que nunca chocaban, pero tampoco se mezclaban del todo. Por un lado, la conciencia que venía de mi entorno, de conversaciones familiares, de haber crecido escuchando sobre política, justicia y desigualdad. Por otro, una necesidad genuina de vivir la adolescencia sin peso, sin convertir cada momento en un análisis. Nunca sentí que una cosa invalidara la otra. Podía escuchar a Silvio Rodríguez o a grupos chilenos con contenido social y, al mismo tiempo, disfrutar sin problema la música que sonaba en la discoteca. No necesitaba coherencia ideológica en la pista de baile; necesitaba sentirme vivo.

Esa noche decidimos salir más temprano con Pepe y Ricardo. Algunos se quedaron en la casa, bebiendo y conversando, pero nosotros nos fuimos. Íbamos en el auto relajados, sin ninguna expectativa fuera de lo habitual. La Zona Rosa prometía lo mismo de siempre: luces, música, gente, movimiento, no obstante “lo mismo de siempre” era mejor a nada.

Sin embargo, en medio de ese trayecto, el sonido rompió todo de golpe. No hubo duda ni confusión: no eran cohetes. Era una ráfaga clara, seca, repetida, que nos dejó inmóviles por un instante antes de reaccionar y cometer el error de bajarnos del auto una cuadra antes.

Nos cubrimos como pudimos, detrás del vehículo, buscando protegernos sin entender del todo de dónde venía el peligro. – Mierda- dijo, Pepe- . – Debemos meternos debajo del auto pues silvan las balas-

Solo eso pudo decir y antes de terminar la oración ya estabamos debajo del Fiat 147 de Ricardo. Los disparos se escuchaban cada momento más cerca y despues: silencio.

No vimos el origen de los disparos, pero el sonido bastaba para comprender la gravedad. Después vino ese silencio extraño que sigue a la violencia, un silencio que no tranquiliza, sino que alerta aún más. Poco después comenzaron a pasar patrullas, luego más, y finalmente soldados. La escena se llenó de urgencia, de movimientos rápidos, de órdenes que no alcanzábamos a procesar.

– Capaz no es nada y podemos ir todavía a la Zona Rosa, dije de la forma fría.

– ¿ Estás loco?, me respondió Pepe mirando a Ricardo como si yo hubiera dicho una locura. No era una locura solo un razonamiento . El viernes y el sábado eran para congear según esa parte de mí que solo deseaba vivir la adicción de la noche. Al final no importaba nada más, pues la guerra siempre estaría ahí, la juventud no.

En ese tiempo no había celulares, así que la única forma de entender lo que había pasado era esperar o encender la radio. Cuando lo hicimos, la noticia confirmó lo evidente: un atentado en la Zona Rosa, con heridos y muertos. No dieron demasiados detalles en ese momento, pero el tono era suficiente para entender la magnitud. Yo ya sabía que el país estaba en guerra.

No era algo abstracto para mí. Mi padre era periodista y mi tío había trabajado como camarógrafo de guerra, incluso en lugares como Beirut, por lo que había crecido con una noción bastante clara de la violencia y sus alcances. Sabía también de los llamados comandos urbanos y de las operaciones dentro de la ciudad.

Lo que cambió esa noche no fue el conocimiento de la guerra, sino el lugar donde se manifestó. La Zona Rosa funcionaba, hasta entonces, como una burbuja. Era el espacio donde uno podía convencerse de que la guerra no entraba, donde la noche tenía sus propias reglas y parecía desconectada del resto del país. Ese atentado rompió esa ilusión de forma definitiva. No fue solo el hecho en sí, sino lo que dejó después: durante semanas el lugar quedó vacío, el impacto psicológico fue total y el miedo se instaló sin necesidad de explicaciones.

Con el tiempo, la vida nocturna volvió, como siempre ocurre, pero ya no era lo mismo. Algo se había desplazado en la forma de percibir ese espacio. Porque cuando uno entiende que la burbuja no existe, ya no puede volver a habitarla con la misma inocencia. Y aunque seguíamos saliendo, bailando y buscando lo mismo de siempre, en el fondo sabíamos que todo eso podía desaparecer en segundos, que ese mundo que parecía tan estable era, en realidad, profundamente frágil.


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Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

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