Zarko Pinkas |
Llegar temprano a la Zona Rosa no era una opción, era parte del ritual. No se trataba solo de salir, se trataba de escapar. Yo ya venía arrastrando una inquietud difícil de explicar a esa edad, una especie de ansiedad constante que tenía forma de amenaza invisible, como si el mundo pudiera romperse en cualquier momento. No sabía bien de dónde venía esa sensación, pero estaba ahí, instalada, empujándome hacia afuera. Salir de la casa no era ocio, era alivio, y la Zona Rosa, a dos cuadras, se convirtió en ese lugar donde el ruido tapaba lo que no podía entender.
Dos cuadras que, sin embargo, no se caminaban. Había códigos, incluso absurdos, que uno aprendía rápido. Caminar era casi una falta de estatus, así que rodeábamos, aparecíamos por detrás, evitábamos ser vistos. Era parte del juego, de una estética social que en ese momento parecía importante. Yo venía de otro contexto, de otra forma de mirar el mundo, de una casa donde se hablaba de política, de justicia, de tratar a las personas como iguales.
Había crecido entre conversaciones que no eran propias de un niño, sumadas a recuerdos de otro país, de otro sistema, de otras tensiones que uno no termina de procesar pero que se quedan adentro. Y a eso se le mezclaban las caricaturas, esas historias donde siempre había una lucha entre el bien y el mal, donde alguien defendía algo, donde existía una idea de justicia. Todo eso, sin darme cuenta, ya estaba trabajando en mí.
Con Pepe llegábamos temprano, a eso de las dos o tres de la tarde, y nos instalábamos en “Las Pizzas”, un local pequeño, casi comprimido entre Chili’s y otro bar cuyo nombre se perdió con los años. Era un lugar mínimo, con sillas de madera y mesas apretadas, pero ahí comenzaba todo. El tipo que atendía, un muchacho joven, ya nos conocía y tenía un sistema que hoy suena absurdo pero en ese momento era perfecto: le llevábamos ropa y nos daba cerveza y pizza.
—¿Qué traen hoy? —preguntaba.
—Esto —decíamos, dejando la bolsa—. ¿alcanza?
—Siempre alcanza —respondía, y destapaba las botellas.
Nos quedábamos ahí, tomando dos, tres cervezas, sin apuro, viendo cómo la tarde se iba transformando lentamente en noche. No se trataba de embriagarse, se trataba de entrar en un estado, de ir cruzando una frontera invisible. Afuera la calle empezaba a llenarse, las mesas se ocupaban, las voces subían, y uno sentía que algo estaba por comenzar.
Después pasábamos a Chili’s, donde ya se armaban los grupos, las conversaciones, las risas. Yo había empezado a contar en el colegio lo que era ese lugar, tratando de explicar una sensación que no cabía en palabras. Ellos seguían en su circuito: cine a las 3:45, hamburguesas en Hardee’s , autos prestados, salidas que terminaban temprano. Yo ya no encajaba ahí. No porque fuera mejor o peor, sino porque había descubierto otra cosa, algo que tenía continuidad, que no se apagaba a medianoche.
Con el tiempo, empecé a conocer a la gente de la noche. No por nombre, sino por repetición. Sabías quién era quién, quién siempre estaba, quién desaparecía, quién se excedía. Y en ese mapa apareció Román, el portero de la discoteca Marios. Alto, serio, con una presencia que imponía algo de miedo, pero con quien se podía hablar si uno sabía cómo hacerlo.
—Otra vez por acá —me dijo una noche.
—Siempre —le respondí.
—Bienvenido, señor Pinkas.
No le hablaba desde la sumisión, sino desde la costumbre de tratar a todos como iguales. Quizá por eso me abrió la puerta. Con el tiempo, por recomendación suya, me hice socio. Quinientos colones que en ese momento eran una inversión seria, pero que me daban algo más que acceso: me daban pertenencia. Podía entrar y podía hacer entrar a alguien más. Ese día, con Manolo, lo comprobé frente a otros amigos que no podían creerlo.
—¿Cómo entrás?
—Soy socio.
—¿Socio de verdad?
—Sí. Así funciona.
Mientras algunos intentaban colarse por la terraza, trepando muros peligrosos para saltar desde arriba, yo entraba por la puerta. Y aun así, esas escenas eran parte del espectáculo: cuerpos agachados, saltos torpes, risas contenidas, y segundos después, Román apareciendo y sacándolos como si nada. Era casi una coreografía paralela a la pista de baile.
Pero lo que realmente me importaba estaba adentro.
Yo no iba a la Zona Rosa por el alcohol. De hecho, esa noche en que probé el trago “¿Dónde estás que no te veo?” me dejó claro que ese no era el camino. Tres tragos bastaron para descolocarme, para sentir que perdía el control de algo que para mí era esencial: la conciencia. No hice ningún papelón, no me desbordé, pero salí, me senté en una de esas sillas de madera en un local llamado El Ciervo y esperé a que pasara. Ahí entendí que el licor no llenaba nada. Era una ilusión de adultez, un accesorio, una máscara.
Lo que yo buscaba era otra cosa. Yo iba a bailar. Como no recordar la canción de Pet Shop Boys “Tonigt is forever”. Eso refleja lo que exacmente sentía. La emoción de la noche y esperar que nunca termine. Solo que no tenía cerca a la persona exacta para vivir esa canción:
“Puede que esté equivocado, puede que tenga razón. Ni se te ocurra pensar en esas facturas.No pagues el precio, nunca lo haremos. Salimos de nuevo, otra noche.Nunca tendremos suficiente.Será así por siempre. Cuando nos enamoramos . Esta noche es para siempre.”
Esa era la verdad más simple y más profunda. Quería entrar a la discoteca, sentir el golpe de la música en el pecho, esa vibración que no se escucha sino que se siente, y perderme en la pista. Pero no solo eso. Quería encontrar, dentro de ese baile, a alguien. No sabía quién, no sabía cómo, pero tenía la certeza de que esa persona estaba en algún lugar de esa noche.
No era lujuria. Era una forma de amor todavía sin forma.
Había tenido una experiencia en el colegio, algo breve, casi como un esbozo, y después de eso no encontraba a nadie que me generara lo mismo. Miraba, cruzaba miradas, entendía el juego, pero faltaba algo. Y en medio de esa búsqueda, me daba cuenta de algo más: que incluso en ese espacio de libertad aparente, existían estructuras invisibles. Diferencias, códigos, formas de pertenecer y de no pertenecer. No lo pensaba en términos teóricos, pero lo intuía. Había una lectura del mundo que ya se estaba formando en mí, alimentada por lo que había vivido, por lo que había escuchado en mi casa, por lo que empezaba a leer.
La discoteca, la música, la noche… todo eso era real, pero no era ingenuo. Y aun así, ahí quería estar.
Porque entre todo eso, entre el humo, la música y las luces, había momentos en que la sensación era perfecta. Esa mezcla de adrenalina, expectativa y deseo que te hacía sentir que algo importante estaba por pasar. Como si cada noche fuera una antesala de algo más grande.
El 86 pasó así. Entre entradas aseguradas, amistades que se afirmaban, otras que se desbordaban como Pepe, a quien a veces había que cuidar porque se perdía en el exceso, y una rutina nocturna que ya era parte de mí. Paradise, Chili’s, la discoteca, la espera, el baile, la búsqueda.
Pero faltaba algo. Y yo lo sabía. Porque no estaba buscando solo un lugar, ni una noche, ni un grupo. Estaba buscando a alguien. Y esa persona no estaba afuera, en la calle, ni en las mesas, ni en los bares. Estaba adentro, pero todavía no había aparecido.
Llegaría en el 87 y cambiaría todo para bien o para mal. Pues, en algunas ocasiones, el amor puede ser la mayor confusión de la pubertar.


