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jueves, 4 junio 2026

Memorias en la Zona Rosa | Bailar pegado bajo luces rosadas | Parte 4

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Zarko Pinkas |

Halloween siempre tuvo algo especial para mí. No por las teorías fanáticas de satanismo ni por la idea de asustar gente ni por salir a tirar huevos podridos , sino por la posibilidad de dejar de ser uno mismo durante unas horas con un disfraz. En 1986, cuando tenía dieciséis, la noche todavía se sentía infinita y la Zona Rosa era un pequeño universo aparte del resto de San Salvador. Ahí estaban las discotecas, los bares, las luces de neón y también maquinitas, que para nosotros eran templos modernos donde se mezclaban música, diversión de mejor calidad que un Atari y nexos sociales con los buenos amigos.

Aquella tarde llegué a Fun House tipo seis de la tarde, en la Zona Rosa, disfrazado de pirata. Camisa blanca floja, collares, unas pulseras, botas oscuras y un pañuelo amarrado al pelo. Nada exagerado. Ya había aprendido que los disfraces con máscara eran un castigo.

Un año antes me había disfrazado de verdugo y pasé toda la noche sudando, respirando mal y sin poder hablar tranquilo con nadie. Además, en un país que vivía una guerra civil, andar con la cara tapada no generaba precisamente simpatía y me gustaban disfraces que me viera bien. Los años de andar pidiendo dulces o tirar huevos pasados como hacian otros todavía ya no me llamaban la atención.

Fun House era distinto a otros lugares de maquinitas.Eso me gustaba. Machiland tenía más juegos y Plaza Alegre era más grande, pero Fun House tenía algo que lo hacía sentirse moderno. El lugar era oscuro, frío por el aire acondicionado y olía a algo que siempre asocié con el primer mundo. Hasta hoy no puedo explicarlo bien. Era el mismo olor que tenían los casetes traídos de Estados Unidos cuando uno abría el plástico por primera vez y lo sacaba. Un olor químico, limpio, extraño, como si viniera de otro país donde todo funcionaba mejor.

Ahí estaba Tron, la máquina azul enorme con aquella palanca gigantesca que parecía el timón de una nave espacial. Me gustaba aunque fuera difícil. Primero estaban las motos de luz, después los tanques y luego la destrucción de la memoria central. Uno podía pasar horas tratando de dominarlo sin lograrlo realmente. También estaba Star Wars, donde había que destruir la Estrella de la Muerte mientras las voces digitales del juego sonaban entre explosiones electrónicas. Yo era mejor en Bosconian, pero Tron tenía algo hipnótico. Me imagino que la relación con la película que me había alucinado.

Ahí estaba Tron, la máquina azul enorme con aquella palanca gigantesca que parecía el timón de una nave espacial. Me gustaba aunque fuera difícil. |

Rodrigo llegó disfrazado del Zorro. Nos tomamos unas cervezas mientras hablábamos y jugábamos maquinitas esperando que se hiciera más tarde para irnos a Marios. A diferencia de muchos amigos míos, yo nunca necesité demasiado el alcohol para sentirme cómodo en la noche ni tampoco Rodrigo.

Tal vez porque veía demasiados papelones alrededor. Gente tomada peleando, tipos armados haciendo escándalos, militares disparando al aire en los alrededores de la Zona Rosa. El ambiente de los ochenta tenía esa mezcla rara entre diversión y peligro. Uno podía estar bailando A-ha y, unas cuadras más allá, escuchar una ráfaga de disparos y eso quedó claro con el atentado a la Zona Rosa un año antes.

Cuando finalmente llegamos a Marios, tipo once el lugar ya estaba lleno. Halloween era una de esas noches donde casi no se podía caminar entre la gente. Había vampiras, piratas, falsas princesas, mujeres disfrazadas de cartas de naipe, tipos vestidos de cardenales, vaqueros, Rambos y otros que parecían salidos de películas de terror baratas. También estaban los disfrazados con todo el cuerpo cubierto. – Se van arrepentir, le decía a Rodrigo.

El aire acondicionado todavía mantenía fresco el ambiente, pero conforme avanzaba la madrugada el calor humano se iba imponiendo. El humo de cigarro flotaba bajo las luces de colores y el pecho vibraba con el sonido de los parlantes.

Sonaba “Take On Me” de A-ha y después aparecían Depeche Mode, Pet Shop Boys, New Order y Bowie. La música era parte de nuestra educación sentimental. Uno escuchaba esas canciones y sentía que la vida iba hacia algún lado, aunque no tuviera idea de cuál. Tenía tres adicciones en ese momento: la vida noctura de discoteca, el cigarro y la música. El segundo era una molestia, las otras dos me hacían sentir que estaba en otra realidad.

Gracias a mi actitud libre del disfraz de pirata y ser otro en una fiesta donde en la oscuridad y los atuendos nos tapan de lo que somos, pude invitar a bailar a una vampira, una princesa, una cavernícola y un payasa. Bailes cortos pero que cubrían la cuota y además de las mejores canciones.

Entonces, cerca de la una de la mañana, la vi.

Estaba sentada junto a otras personas y llevaba un disfraz de cheerleader. Minifalda blanca muy corta, medias altas y una blusa ajustada con una letra grande en el pecho. Un disfraz no muy espectacular , no obstante, cómodo como el de pirata. Tenía el pelo rizado, corto estilo antiguo ( 1950) según yo, apenas arriba de los hombros, y unos ojos medio achinados que contrastaban con una nariz puntiaguda de pájaro y una boca pequeña. No se parecía a las muchachas típicas que veía en la Zona Rosa. Tenía algo distinto, algo más, creía yo, europeo, más cercano a las chicas que aparecían en videos de The Cure o en revistas inglesas de música.

Recuerdo perfectamente el miedo antes de acercarme. La timidez siempre fue una cárcel incómoda para mí. Pero esa noche pensé que daba igual. Estaba disfrazado, ella no me conocía y probablemente nunca volveríamos a vernos.

La saqué a bailar.

Y ahí ocurrió esa sensación extraña que solo existe cuando uno le gusta de verdad a otra persona. No era imaginación. Se sentía en la forma de acercarse, en cómo las manos permanecían más tiempo del necesario sobre los hombros, en la sonrisa pequeña después de decir como fue la elección de su disfraz.

Bailamos durante horas. Calculo que desde la una hasta las cinco de la mañana. La discoteca estaba ya casi vacía.

En los ochenta, las discotecas tenían un ritual importante: después de la música rápida venía el momento de bailar pegado. Las luces bajaban un poco y comenzaban canciones más suaves. “True Colors”, “Words”, alguna balada melancólica que obligaba a acercarse mucho. Ahí desaparecía el ruido del mundo. El baile dejaba de ser movimiento y se convertía en respiración, olores y sudores compartidos.

Con Sofía pasó exactamente eso.

Sentí sus piernas rozándome mientras bailábamos y la suavidad de sus manos detrás de mi cuello. Yo apretaba su cintura y mis dedos tocaban su piel. Su perfume se mezclaba con el olor del humo y del ambiente caliente de la discoteca. Había momentos donde uno ya no sabía qué canción estaba sonando porque la atención estaba completamente concentrada en la otra persona. En la excitación que solo dos cuerpos tan cerca pueden producir.

Nos sentamos después cerca de la barra. Miguelito, el bartender, me consiguió unas gaseosas y se puso a contar uno de sus interminables chistes mientras nosotros apenas le prestábamos atención. Sofía me habló de que se acababa de graduar del colegio , que estudiaba inglés y que quería irse a Estados Unidos algún día. Vivía en una casa de pupilaje porque no era de San Salvador, sino de Sonsonate. Yo la escuchaba atentamente, aunque probablemente me hubiera fascinado hasta escucharla hablar del tema más aburrido sin molestarme, pues había nacido algo llamado atracción física. Hoy sé que esa atracción es más fuerte que cualquier cosa a esa edad y me encantaba sentirlo. Era la atracción de lo que pienso que era un amor básico , pero esencial donde la edad se suma a las sensaciones exaltadas de adolescentes.

Cuando me di cuenta, eran casi las cinco y media de la mañana y Rodrigo había desaparecido con el carro. No me importó.

Vivía cerca y sentía esa euforia de la edad que hace creer que nada malo puede pasar. Seguimos bailando, hablando y riéndonos hasta que finalmente le pedí el teléfono. Ese momento siempre era la verdadera prueba. Que alguien te diera el número no significaba nada todavía, pero al menos abría una puerta.

Nos despedimos afuera de la discoteca y sentí esa tristeza rara de no querer que termine la noche. Caminé de regreso a mi casa mientras el cielo comenzaba a aclararse sobre San Salvador. Me senté frente al televisor y puse un casete de VHS y el primer video que se vio fue Sun Always Shine On TV de A-ha, la que acababa de bailar con Sofía. – ¿ Qué estará pensando en este momento? ¿ Me responderá mañana?, me preguntaba y me dormí en el sofá.

Me senté frente al televisor y puse un casete de VHS y el primer video que se vio fue Sun Always Shine On TV de A-ha |

La llamé al día siguiente apenas desperté.

Tiempo después terminé yendo a verla al pupilaje. Recuerdo que se fue la luz durante la visita y ella me besó en la oscuridad. Ya eramos novios. Afuera se hablaba de bombas en unos postes eléctricos y de apagones provocados por sabotajes, pero dentro de aquel lugar solo existía el sabor de su boca y la sensación de mis manos sobre sus piernas.

Salimos más de un año. Íbamos al cine, bailábamos y pasábamos tardes enteras hablando. Sofía no era perfecta ni tampoco la gran intelectual. Era como un personaje de película al estilo “Pretty in Pink” y “The Breakfast Club” : Molly Ringwald, pero sin ser pelliroja . Era hermosa y me hacía feliz verla aparecer manejando su carro de su finado papá para recogerme mientras yo todavía dependía de que el mío quisiera prestarme uno de los dos autos que estaban en la casa.

Era como un personaje de película al estilo “Pretty in Pink” y “The Breakfast Club” : Molly Ringwald, pero sin ser pelliroja|

Con el tiempo nuestra historia terminó. Ya ni siquiera recuerdo exactamente cómo. Y sinceramente no importa. Al contarle a Pepe sobre el tema cuando regreso de Guatemala me dijo: Le hubieras pegado un bicho si tanto te enamoraste. Guarde silencio. Y remató: estamos jóvenes. Siempre vendrán otras. Yo seguía en silencio. Sentía que dudaba que alguien como ella , en lo físico, podría aparecer en los lares humaentes de las noches de discoteca.

Y por un tiempo , cada Halloween al entrar a una fiesta o discoteca todavía pensaba por un instante que podría encontrarme a Sofía otra vez entre las luces, los disfraces y alguna canción vieja sonando demasiado fuerte. Y durante unos segundos vuelvo a sentir el mismo entusiasmo absurdo de aquella madrugada en Marios, cuando bailar pegado con alguien parecía suficiente para que el mundo entero tuviera sentido aunque la conversación sea lo más insulsa y hueca. Eso debe ser el amor verdadero.


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Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

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