Tengo la impresión de que esta noche no voy a salir. Es una sensación extraña porque durante años salir de noche había sido casi una necesidad. Sin embargo, en algún momento de 1989 la vida nocturna comenzó a perder algo que antes tenía. No sé si cambió la noche o cambié yo. Quizá fueron ambas cosas.
A principios de los ochenta, cuando empecé a frecuentar la Zona Rosa, el ambiente era diferente. Había menos gente, menos ruido y menos pose. Con el tiempo todo comenzó a ponerse de moda. Y cuando algo se pone demasiado de moda termina perdiendo una parte de su encanto. Comenzó a llegar más gente del colegio, más adolescentes, más grupos que parecían repetir los mismos comportamientos y las mismas conversaciones. No tengo nada contra ellos porque yo era exactamente de la misma edad, pero empecé a sentirme fuera de foco, como si de repente me hubiera vuelto más viejo sin haber envejecido realmente.
Siempre culpé un poco a Infinito.
Infinito era una buena discoteca. Estaba cerca de Marios y tenía algo atractivo en aquella entrada que descendía hacia un sótano oscuro donde parecía que la tarde desaparecía de golpe. El problema fue cuando comenzaron las famosas Coca-Coladas. La idea era sencilla: adolescentes entrando el sábado desde las dos de la tarde a bailar en una discoteca donde no se vendía licor. Era como una fiesta de quince años permanente, solo que dentro de un local nocturno. A mí, para ser sincero, me encantaban. Entrabas cuando todavía había sol y salías cuando comenzaba a oscurecer. Era una forma absurda y maravillosa de estirar el día. El problema era que cuando terminaban, toda aquella multitud se quedaba en la Zona Rosa y migraba hacia los demás lugares. Poco a poco el ambiente fue cambiando.
Recuerdo especialmente una tarde en que fui con Roberto Machuca a ver a las Flans. El concierto se realizó frente a la Feria Internacional, sobre una zona de césped donde habían levantado una tarima improvisada. Uno pagaba en la entrada y adentro vendían fotografías de las integrantes del grupo. No eran oficiales, por supuesto, pero igual se vendían como pan caliente. Recuerdo a Mimi, a Ilse y a Ivonne. Las Flans tenían algo que recordaba a Bananarama. No tanto por la música como por la estética, las coreografías y aquella forma sincronizada de moverse sobre el escenario. No era una música profunda, pero para pasar el rato era una opción aceptable.
Yo veía el espectáculo con Roberto mientras alrededor se mezclaban grupos enteros de estudiantes del San Francisco. Había muchachas por todas partes. También había cerveza. Y, como en casi todos los conciertos de aquella época, en algún momento comenzó a sentirse el olor inconfundible de la marihuana. Siempre me pareció extraño. Entendía aquel ambiente en un concierto de rock pesado, pero me hacía gracia encontrarlo en un concierto de Flans, que eran algo así como una versión femenina de Menudo.
Después del concierto fuimos a una Coca-Colada y más tarde terminamos en El Ciervo, un pequeño restaurante donde servían cómida alemana y cerveza. Allí nos quedamos conversando durante horas. Roberto era una de esas personas con las que era fácil hablar. Tenía sentido del humor. Hablábamos de mujeres, de música, de las salidas nocturnas, de la vida en general. También aparecían Julio Miranda, su primo y Manolo.
Hoy Roberto ya no está. Murió hace poco tiempo y cada vez que recuerdo esa conversación en El Ciervo pienso que entonces ninguno de los dos tenía idea de lo rápido que pasa la vida.
Mientras hablábamos, yo sentía algo difícil de explicar. Una sensación persistente de que algo iba a ocurrir. No sabía qué. Tampoco sabía cuándo. Era simplemente una intuición. Tal vez esa sensación tenía relación con Helen.
Ella seguía apareciendo en Marios con la regularidad de quien convierte un lugar en su territorio habitual. En Chile, existe una expresión para eso: convertirse en una cucaracha del lugar. Alguien que siempre está ahí. Helen se había convertido en parte del paisaje nocturno. La veía entrar, la veía bailar y muchas veces la veía acompañada por su novio.
Durante años me convencí de que aquello no me molestaba.
Mentira. Claro que me molestaba.
Había algo profundamente ridículo en aquellos celos porque ni siquiera existía ni existió una relación entre nosotros. Era más bien una historia construida dentro de mi cabeza. Sin embargo, cada vez que la veía con él sentía esa absurda sensación adolescente de que alguien me había quitado algo que me pertenecía.
Lo más extraño era que ni siquiera encontraba extraordinario al muchacho. Le preguntaba a mis amigas si les parecía especialmente atractivo y todas coincidían en que era un tipo normal. Esa respuesta, lejos de tranquilizarme, alimentaba todavía más mis fantasías.
Así funciona la juventud. Uno vive dentro de películas que nunca ocurrieron. Consume historias románticas, canciones de amor y argumentos imposibles hasta terminar creyendo que el mundo funciona de la misma manera. Yo tampoco era inmune a eso. Había crecido escuchando baladas, Roxette, Mecano, Heart y toda esa música capaz de convencer a cualquiera de que el amor siempre está a punto de resolver la existencia.
Quizá por eso seguía pensando en Helen incluso cuando salía con otra persona.
A principios de 1989 ella preguntó por mí. Hablamos por teléfono. Comentó que había descubierto una antigua mentira relacionada con mi nombre y terminamos conversando durante bastante tiempo. Me dijo algo curioso: que en ocasiones confundía a su novio conmigo. Irónicamente, alguna vez me habían confundido con él en los baños de Marios. Aquella coincidencia me pareció una señal. Hoy me parece una tontería.
Pero entonces yo todavía quería creer.
Creía que ella terminaría su relación. Creía que yo aparecería en el momento adecuado. Creía que podía convertirme en una especie de héroe romántico que llegaría a rescatar una historia destinada a existir. La realidad rara vez funciona de esa manera.
Volvía al departamento de madrugada, encendía el televisor y pasaba horas viendo casete VHS musicales grabados en mi equipo. Fumaba demasiado. Muchísimo. A veces más de una cajetilla diaria. Veía videos de David Bowie, The Cure, Depeche Mode, Erasure y tantas otras bandas que comenzaron a desplazar el entusiasmo que años atrás me había provocado el heavy metal.
Y, sin embargo, había una canción que siempre me producía una tristeza difícil de explicar: Take On Me. Nunca entendí por qué. Era una canción luminosa, optimista, incluso alegre. Pero cada vez que la escuchaba y veía ese video sentía una melancolía profunda. Una especie de nostalgia por algo que todavía no había perdido.
Por aquellos mismos años ocurrieron cosas que comenzaron a cambiar mi manera de mirar el mundo. Una compañera del colegio se suicidó. Tiempo antes otro estudiante había hecho lo mismo. Recuerdo haber pensado durante semanas en aquella pregunta imposible: ¿qué lleva a una persona tan joven a querer desaparecer?
La guerra también seguía ahí. No escribo esto como una oda nostálgica a los años ochenta. Mucha gente habla de aquella década como una época maravillosa. No lo fue para todos. Había guerra, había miedo, había injusticias y había personas que perdían seres queridos. Yo observaba todo aquello desde una posición extraña. Vivía en El Salvador, pero seguía sintiéndome chileno. Había sido arrancado de Santiago para crecer en otro país, entre otras costumbres, otros códigos y otra historia. Nunca terminé de sentirme completamente cómodo con eso.
Quizá por eso me refugiaba tanto en la música, los videos y en los libros.
Recuerdo especialmente el día en que una profesora me prestó Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe. Leí El corazón delator, El gato negro, La máscara de la muerte roja y El pozo y el péndulo. Aquellas historias me impactaron profundamente. No porque me convirtieran en una persona oscura, sino porque me mostraron que existían escritores capaces de explorar regiones de la mente que la mayoría prefería ignorar.
A veces pienso que aquella sensación que me acompañó durante todo 1989 nació allí, entre las noches de la Zona Rosa, los cigarrillos, los videos musicales, la guerra que se acercaba, los recuerdos de Chile, los celos absurdos por Helen y las páginas de Poe.
Era la sensación de que algo estaba cambiando. Y esta vez no se trataba de una discoteca, ni de una mujer, ni de una canción ni un video de VHS. Se trataba de mí y de la pesadilla que pronto vendría.


