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jueves, 2 julio 2026

Historias de UBER en San Salvador

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Por Max Herrador

Opinión sobre el régimen de excepción de tres emprendedores que se dedican a brindar servicios de transporte.

Por diferentes razones del destino me he convertido en los últimos años en un usuario frecuente de la aplicación UBER, pero más que eso lo que me motiva esta mañana a escribir son los relatos de las personas que manejan, es decir, los chóferes.

La mayoría son jóvenes emprendedores que hacen en su tiempo extra un dinero adicional, o bien, toman la aplicación de servicios de movilidad como verdaderos empleos.

Como soy periodista, es mi naturaleza preguntar, entablar comunicación con personas que intuyo que saben más de la realidad que yo, es decir, sé que esta gente que son conductores de diario ven más cosas de las que nos imaginamos, en especial sobre la otrora guerra contra las pandillas.

Después de algunas preguntas de amortiguamiento muchas de estas personas me terminan confesando sus más peculiares viajes, o “carreras” como coloquialmente se conoce a este servicio; algunas anécdotas jocosas y otras peligrosas, imagínense pues… San Salvador, la que fue hasta hace pocos años, una de las ciudades más peligrosas del mundo.

Por razones de su tiempo, de mi tinta y de mi papel, les voy a contar solo tres, aunque consideraría en algún momento escribir un libro al respecto. En fin… ahí les va. No omito mencionar que los tres nombres de los protagonistas de estos breves relatos les he cambiado su identidad.

Lissette

Ella me llegó a traer al centro comercial Metrópolis que está en el municipio de San Salvador Centro, era una muchachona bonachona, de tez blanca, alta y cachetona; no obstante, a pesar de su porte contrastaba con su voz aguda, tierna, como si fuera de adolescente púbera.
Como iba con mi papá (don Ovidio Publio), quien es un señor de tercera edad, ella decidió entrar al centro comercial y pagar su ingreso, para evitar que él caminara más, hecho que encontré de mucha amabilidad de su parte, por lo que de entrada me cayó bien la jovencita.
Seguido pude ver de reojo que en el asiento del copiloto llevaba una jaba repleta de confites y semillas secas, y en seguida le pregunté que, si los vendía o los daba de cortesía a sus pasajeros. Ella sonrió y me dijo afable que, cómo yo quisiera… Me cayó aún más en gracia su forma de ser. Le pedí entonces dos bolsas: una de semillas de marañón bien tostadas para mi padre y otra de dulce de coco rallado para mí.
Al tomarlas bolsas vi que tenían una viñeta un tanto hechiza y le pregunté, si esa era su marca, a lo que ella muy orgullosa me afirmó que sí, explicándome que aprovechaba a vender algunos aperitivos a los usuarios de UBER, pero que también llevaba algunos de estas bolsas a tiendas de conveniencia donde las distribuían.
― ¡Caramba! ―le dije― en verdad es usted emprendedora.
Sonrió por mi comentario expresivo y sin que le preguntara me dijo que hacía todo eso porque se había quedado sin empleo hace varios años. Me contó que trabajó como vendedora en una distribuidora de pinturas, seguido me continúo diciendo que en una ocasión (antes del régimen de excepción) fue a dejar un pedido de 8 cubetas cerca de la zona franca de San Bartolo en el municipio de Ilopango, pero cuando llegó la estaban esperando unos fulanos pandilleros, quienes le quitaron el producto, pero la dejaron ir, no sin antes despojarla de su celular.
Debido al incidente, decidió renunciar a ese trabajo y dedicarse a ser chófer de UBER y, le agregué como último comentario, que además había desarrollado su propia marca de confites, a lo que me respondió de manera orgánica:
―Ah… sí, aunque eso ha sido hace poco.
De pronto, como era un viaje corto, ya estábamos frente a mi apartamento y dispuse a cancelarle, e hicimos cuentas…
―Veamos ―me dijo― fueron uno cincuenta del dulce de coco, más tres de las semillas de marañón, más uno setenta y cinco del viaje, total: cinco veinticinco.
Me saqué un billete de 10 y se me quedó viendo, mientras buscaba vuelto, diciéndome:
―No me alcanza, solo tengo dos cincuenta, pero tengo sándwiches, a uno veinticinco cada uno ―ofreciéndome dos―, hay de pollo y de jamón con queso.
―Deme tres mejor, y el resto es su propina.
Ella sonrió, dejando ver un tremendo camanance en el cachete izquierdo, a lo que seguido se despidió dándome las gracias.
Tomé uno de los sándwiches y se lo di al vigilante que nos esperaba y le dije a don Ovidio:
―Ya tenemos merienda para acompañar el café de mas tarde.

Eugenia

Era un viernes por la tarde y decidimos ir con don Ovidio al Teatro Presidente a escuchar la Orquesta Sinfónica de El Salvador, acá en San Salvador, evento que comenzaría a la 7:00 pm. Procedimos entonces a solicitar un servicio de trasporte por la aplicación UBER.
A pesar de decidir movilizarnos una hora antes, nos costó que nos llegaran a traer, al parecer el asunto estaba saturado, al final llegó una jovencita menudita, muy seria y de pocas palabras; sin embargo, como mi oficio puede más que el hermetismo de alguien, al cabo de algunas preguntas de amortiguamiento y un par de comentarios amistosos, la joven Eugenia comenzó a ser más suelta en sus acotaciones. Después de todo el tráfico estaba pesado y lo que debería ser un viaje de unos 20 minutos terminó demorándose más de una hora.
A los pocos intercambios expresivos, noté que su acento no era capitalino, por lo que le pregunté de dónde era, me afirmó categórica que era de San Salvador, pero como mi oído es agudo en ese aspecto le insistí que me parecía que no lo era, al ver mi insistencia me explicó que sí, en efecto, era sonsonateca, pero vivía en Lourdes Colón (municipio del departamento de La Libertad). Me contó que suele trabajar en UBER los fines de semana en la capital, porque le era más rentable que hacerlo en los departamentos de La Libertad o Sonsonate.
Ya una vez en confianza decidió platicarme más de su vida y sus emprendimientos. Me confesó que ella posee varios automóviles que los sub alquila para que otras personas los usen como UBER, aunque dejó de hacerlo, había sufrido hace poco tiempo un percance al respecto. Había alquilado uno de sus vehículos, pero el usuario se le había desaparecido, luego de localizarlo con el GPS se lo devolvió, y cuando lo hizo, a los pocos minutos la policía la interceptó en un operativo de las fuerzas especiales y le requisaron el auto. Entonces los agentes al revisar el baúl pudieron ver vestigios de sangre humana, e inmediatamente la apresaron y, aun cuando el país está en régimen de excepción, logró por medio de unas amistades salir librada del asunto.
―Tuve suerte, ―me dijo― porque por menos termina la gente en la cárcel, más aún hoy que hay régimen de excepción.
Sin embargo, como los embotellamientos en la Zona Rosa de la colonia San Benito estaban hasta el tope, Eugenia, la chica cohibida, me siguió platicando de las vicisitudes que le habían sucedido en la zona del Valle de Zapotitán, en el municipio de Lourdes Colón, donde suele trabajar.
Me contó que, en cierta ocasión, hace varios años (antes del régimen de excepción), le solicitaron en una ocasión un viaje de noche a uno de esos municipios recónditos, a Jayaque, a un principio no sospechó, ya que los pasajeros eran un niño y una señora de apariencia bastante humildes, pero en la medida que se acercaba a su destino y que la carretera estaba cada vez más desolada notó que la señora y el niño se pusieron nerviosos, entonces comenzó a sospechar que algo no estaba bien.
Y en efecto, al dejar a sus pasajeros y emprender el retorno, a pocos metros, ya estaban colocando una barricada unos pandilleros, a manera de un punto de asalto. Entonces antes que atajaran por completo el camino ella aceleró e hizo como que atropellaría a uno de los fulanos, eso según sus palabras, evitó que les diera tiempo de reacción a los cacos para que le dispararan.
Cuenta la jovencita que era un manojo de nervios durante el regreso; la carretera sola, y ella recién librada de una clica de pandilleros.
En lo personal, al escuchar semejante anécdota, me quité el sombrero ante Eugenia por el coraje y valentía de seguir adelante en este negocio ante las incidencias del peligro.
De repente, por fin llegamos frente al Teatro Presidente, media hora más tarde de iniciada la función, por lo que le dije a la joven chófer que si me permitía ir a ver si aún había boletos, ni había dado cuatro pasos y el vigilante de la entrada del parqueo me confirmó que la taquilla ya estaba agotada. Regresé al automóvil y dispuse con don Ovidio cambiar los planes para esa noche, decidimos ir al restaurante donde solemos comer unos camarones empanizados bien agasajados, junto con una botella de ron de 7 años y otras botanas variadas. Tomamos el mismo UBER de Eugenia y, con paciencia y mesura, llegamos a nuestro nuevo destino mientras cruzábamos el saturado y luminoso San Salvador de fin de semana.

Alonso

Estábamos en la colonia Escalón con don Ovidio, salíamos de una cita médica y solicitamos los servicios de transporte de un UBER, era un jueves por la tarde y nos dirigíamos a nuestro apartamento.
Llegó así Alonso en un auto tipo “confort”, nos subimos y como siempre hice mis preguntas para romper el hielo y generar conversación.
Como la mayoría de chóferes él era suelto en la palabra, aun así, guardó un profundo silencio cuando le pregunté sobre qué pensaba del régimen de excepción, a lo que me contestó, no sin antes dar un profundo suspiro:
―Mirá “chele”… ―me dijo, como en un tono de sinceramiento― lo que pasa es que uno no sabe con quién está hablando, la semana pasada me preguntó eso mismo una señora que fui a dejar al centro de gobierno, de seguro era rojita del FMLN, porque cuando le dije que sí estaba de acuerdo con lo que estaba haciendo tío Nayib me dijo casi de todo, solo ofenderme le faltó. Me dijo que esto que estamos viviendo (el régimen de excepción) es el principio del fin, es el robo de nuestras libertades, por lo que tanta gente murió en la guerra, me mandó a leer historia, mencionándome varios libros, me dijo en pocas palabras que era un ignorante.
―Aunque me imagino que lo que ignora esta señora ―continuó platicándome― es que antes del régimen de excepción yo no podía ir a traer o dejar a nadie a Soyapango, o ningunas otras zonas “calientes” de San Salvador, ―refiriéndose a tantas colonias y barrios donde las pandillas controlaban el territorio― y ahora después de instalado el régimen, la cosa es bien tranquila y ojalá que así se mantenga. La clientela se me ha duplicado.
―¿Usted cree que se acabaron a las maras? ―le pregunté refiriéndome al fenómeno pandilleril.
―Naaa… aún falta. Le voy a contar lo que me sucedió el año pasado. La otra noche fui a traer a “un chamaco” allí por la colonia Layco, ―contándome en su tono de confianza y en su jerga.
A un principio cuando lo vi nada sospeché, porque estaba bien vestido, formal, hasta de camisa manga larga bien planchada usaba. Sin embargo, me dijo que hiciera un poco para atrás el auto y que me parqueara porque íbamos a llevar también a unas amigas de él, esperé un minuto o dos quizás, cuando de repente se subieron dos muchachonas de la vida alegre, en realidad no había nada que las delatara, pero uno no es tonto y sabe quién es quién, luego al segundo él se subió en el asiento del copiloto y me dijo que no me preocupara, nada más que le hiciera caso, diciéndome:
―Mirá perro… ves aquel, el de la moto allí adelante, ―señalando a la siguiente esquina, a lo que le afirmé que sí, ―seguilo, y no importa por donde te marque la aplicación, vos hite atrás de él, ese es mi escolta… no lo llevés tan pegado, dale una cuadra de distancia por lo menos.
Me contó Alonso que a un principio se asustó, pero el mismo fulano le insistió que no se pusiera nervioso, que nada le iba a pasar. Lo único que le pidió el DUI, le tomó foto y, además, cuando vio un encendedor de metal que tenía en uno de los compartimientos del auto cerca de la palanca de velocidades, lo tomó y se lo guardó en la bolsa de la camisa. Me dijo Alonso que era un suvenir que le había regalado su hermano quien vive en Houston Texas.
Luego me confesó que había ido a dejar a ese señor a una mansión (a la que preferí no preguntar su ubicación). Al final, me dijo que le pagó con un billete de 50 dólares y, al entregárselo, le acotó a que guardara el cambio, en un claro gesto que le estaba regalando el resto.
Iba a preguntarle otros detalles, pero de repente ya estábamos frente a mi apartamento, me bajé junto con mi papá, don Ovidio, y le pagué. Como siempre me aseguré de dejarle al menos un dólar más de lo que marca el precio de la aplicación en concepto de propina, pues… por si no saben, UBER, les descuenta el 25 % de la tarifa a estos jóvenes emprendedores que se arriesgan día a día, incluso, estas comisiones son variantes las cuales llegan a rozar a veces el 40 %, lo cual me parece injusto.

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Max Herrador
Max Herrador
Periodista y escritor salvadoreño, columnista y colaborador de ContraPunto

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