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jueves, 4 junio 2026

Entre dos patrias: el corazón dividido de una jubilación

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Por Francisco de Asís López Sanz

Hay decisiones que no caben en un mapamundi ni se resuelven con una simple mudanza. Son elecciones que nacen en lo más hondo de la vida compartida, allí donde afectos, costumbres y recuerdos tejen, con los años, una red invisible y resistente.

Intenté seguir el consejo del pintor y escultor hispano-mexicano Don Pedro Zubizarreta: “Hijo, has escrito un relato plano. Si quieres llegar a un latinoamericano, escribe con los sentidos: ponle colores, olores, texturas”.

Empecemos, pues, en el ahora. En ese tema recurrente de este matrimonio mío: ella, salvadoreña de Sivar —dulce como la guayaba cuando quiere, pero siempre enérgica como un café doble— sueña con una jubilación serena en España; él, “eshpañol” de origen, anhela regresar a El Salvador, ese “paisito” que siente, sin reservas, como propio.

Ella invoca la estabilidad, la sanidad, la cercanía de los servicios: la tranquilidad tangible de lo cotidiano. Él, en cambio —algo Bradomín: feo, católico y sentimental— imagina un ranchito humilde, quizá escondido entre los túneles 3 y 5 de la carretera litoral, con Uruata-Salaverría encaramada a la cima de su paraíso terrenal. Allí, la tierra volcánica late junto al mar con la misma intensidad que sus recuerdos. Como late el amor al salir de un baño salado, entre risas y el qué dirán, cuando la piel aún guarda el hervor del agua y el deseo se cocina —a medio camino entre Dante y al dente— sobre el comal compartido de dos cuerpos.

Paisaje de España

En ese paisaje de lava y horizontes abiertos, el joven al que llamaban el chele de Torres del Bosque se volvió Don Paco. Y aún hoy se permite creer que podría cerrar allí un relato de vida y de amor que empezó a cocerse, lentamente, en el comal “halvadoreño” desde 2001. Aunque conviene decirlo: aguanté el tirón del corazón hasta mayo de 2005, cuando rompí aguas de amor y pedí la mano —a la madre de quien ya era mi destino— antes de marchar destinado a Afganistán durante dos años.

Porque lo mío con El Salvador no es un capricho ni una fantasía exótica. Es una conquista lenta, áspera, ganada a pulso. Allí he querido y he llorado. He cantado y también he sufrido. Me libré de una multa de tránsito recitando el himno patrio. Y, ya puestos a las confidencias: ¿cuántos pueden decir que han visto a un embajador y a un ministro cruzar en paños menores el río Sapo?

He saboreado tamales, yuca frita y pupusas sin pedir permiso al calendario. Probé el muñeco, me llamaron papasito, y el señor de la isla —con los suyos— me regaló algo más valioso que la hospitalidad: su amistad.

Incluso fui más allá: viví un año como “mojado” en la patria de los brincaderos, empujado por el miedo y las circunstancias. Miedo a las agujas. Miedo a un certificado médico que me exigía la legalidad. Y, sin embargo, allí seguí, aprendiendo otra forma de pertenecer.

Creo haber alcanzado, sin darme cuenta, una suerte de “triple corona” del afecto: estuve en bautizos, fui testigo —ixpantilia— de bodas, y lloré despedidas en funerales, cerca y lejos. Tres umbrales de la vida que, juntos, construyen una patria íntima. Una querencia que quizá explique mejor que nada lo que escribió Salarrué al atrapar el alma salvadoreña.

Playa salvadoreña – El Balsamar (jjdalton)

Y sin embargo, todo empezó de forma casi banal. Un martes, 16 de enero de 2001. La Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo me envió desde Madrid a El Salvador, vía Guatemala, para organizar ayuda humanitaria tras el terremoto del día 13. Aquella primera ayuda —lo recuerdo con gratitud— se canalizó desde unas instalaciones deportivas cercanas al Centro Español, gracias al apoyo del entonces presidente de la federación salvadoreña de fútbol.

Pero fue en el aeropuerto de Comalapa donde algo cambió.

El agente de migración miró mi pasaporte, alzó la vista y dijo con media sonrisa:
—Ajá, pues, se llama usted Francisco de Asís, como el santo.

El silencio alrededor amplificó la escena. Respondí:
—Sí, señor… pero santo a medias. Solo hago milagros a domicilio.

La risa fue inmediata, coral, contagiosa. Más tarde supe —por el chófer de la embajada— que “milagritos”, en El Salvador, significa bebés.

Aquel instante, tan leve, dejó un poso profundo. En medio del dolor, la incertidumbre y la pérdida, descubrí algo esencial: la capacidad salvadoreña de sobreponerse —de “sivarponerse”— a la catástrofe. Saltar por encima del dolor, pero sin perder el suelo de la fe ni el calor de los afectos. “Primero Dios”. Y luego, siempre, los buenos días.

“Caramba —pensé—, yo quiero vivir en un país donde la migra tenga esta sonrisa”.

Y así seguimos: entre España y El Salvador, entre la razón y la devoción, trazando —a veces en voz alta— los contornos de nuestra geografía emocional. Porque jubilarse no será solo dejar de trabajar. Será, finalmente, decidir juntos dónde aprender a descansar. Dónde dejar en barbecho, Primero Dios, dos corazones que nunca han sabido latir del todo, ni separados ni en un solo lugar.

Aunque bien pensado, tal vez jubilarse no consista en detener la vida, sino en comprenderla.
Y aceptar, sin nostalgia ni renuncia, que hay corazones que no pertenecen a un lugar, sino al viaje que los une.

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Francisco de Asis López Sanz
Francisco de Asis López Sanz
Especialista senior en cooperación internacional con más de 30 años de experiencia dirigiendo equipos y trabajando en países en conflicto o post conflicto. Licenciado en Derecho y especializado en derecho de la UE. Trabajó en El Salvador con AECID.

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