Por Juan de Dios Maya
Desde hace décadas, la literatura latinoamericana parece estar supeditada a la voluntad de las grandes trasnacionales europeas, quienes imponen su...
El puente de concreto agrietado, suspendido sobre un río que hacía décadas se había convertido en un hilo de lodo negro, era el único paso firme hacia la costa firme tras dejar la isla atrás. Andrés caminaba despacio, sintiendo el peso del maletín de lona gastada que llevaba cruzado en el pecho; allí dentro, resguardada en una caja metálica, latía la Flor de la Higuera, el único testimonio de su encuentro con la inmensa cabeza cósmica en el corazón del laberinto.
La lluvia había comenzado tres días antes de las 12:00 a.m. del 24 de junio, la noche de San Juan, y no parecía tener intención de detenerse. Caía sobre las ruinas de los caminos antiguos, sobre las ciudades-estado que aún resistían entre murallas levantadas con concreto rescatado de otro siglo y sobre los bosques deformes que crecían en los territorios donde la penumbra había echado raíces. Aquel año la lluvia tenía algo enfermizo. Los viajeros que llegaban desde el norte aseguraban que el agua desprendía un olor semejante al de las flores marchitas; los pescadores hablaban de peces encontrados muertos junto a las orillas, con las escamas cubiertas por una película gris; los más supersticiosos afirmaban que era una señal, porque cada vez que la noche de San Juan coincidía con lluvias prolongadas ocurrían cosas que más tarde nadie era capaz de explicar.
Las actividades serán los días 18 y 19 de abril en la Biblioteca Nacional, y continúan el 20 del corriente mes en la Biblioteca Pública de Santiago Texacuangos
La Biblioteca Nacional expone una muestra literaria creada por mujeres salvadoreñas a partir de 1930, y busca visibilizar a la mujer como inventora de letras