Por Juan de Dios Maya
Desde hace décadas, la literatura latinoamericana parece estar supeditada a la voluntad de las grandes trasnacionales europeas, quienes imponen su...
El puente de concreto agrietado, suspendido sobre un río que hacía décadas se había convertido en un hilo de lodo negro, era el único paso firme hacia la costa firme tras dejar la isla atrás. Andrés caminaba despacio, sintiendo el peso del maletín de lona gastada que llevaba cruzado en el pecho; allí dentro, resguardada en una caja metálica, latía la Flor de la Higuera, el único testimonio de su encuentro con la inmensa cabeza cósmica en el corazón del laberinto.
La lluvia había comenzado tres días antes de las 12:00 a.m. del 24 de junio, la noche de San Juan, y no parecía tener intención de detenerse. Caía sobre las ruinas de los caminos antiguos, sobre las ciudades-estado que aún resistían entre murallas levantadas con concreto rescatado de otro siglo y sobre los bosques deformes que crecían en los territorios donde la penumbra había echado raíces. Aquel año la lluvia tenía algo enfermizo. Los viajeros que llegaban desde el norte aseguraban que el agua desprendía un olor semejante al de las flores marchitas; los pescadores hablaban de peces encontrados muertos junto a las orillas, con las escamas cubiertas por una película gris; los más supersticiosos afirmaban que era una señal, porque cada vez que la noche de San Juan coincidía con lluvias prolongadas ocurrían cosas que más tarde nadie era capaz de explicar.
Últimamente, pensaba, el mundo se había puesto extraño. No era una exageración ni una frase hecha; era una sensación constante, como una corriente subterránea que lo atravesaba todo. Bastaba encender la radio, abrir un diario o simplemente escuchar a la gente en la calle para notar que algo ya no encajaba. Las noticias habían dejado de parecer excepcionales y empezaban a acumularse con una lógica inquietante, como si respondieran a un orden que nadie terminaba de comprender.
El gato se mueve mejor que yo en este lugar. Lo dejo hacer. A veces le tiro ratones vivos que encuentro en las trampas del sótano, y lo observo mientras juega con ellos antes de matarlos. No lo hace por hambre. Lo hace porque puede. Yo tampoco intervengo. Hace tiempo dejé de pensar en esas cosas como algo que deba corregirse.
En la poesía, a veces basta una imagen para abrir un mundo. Un gallo que canta al amanecer, un cenzontle que repite voces ajenas, un torogoz suspendido sobre el paisaje. De esas imágenes —y de muchas otras que nacen del territorio íntimo de la memoria y la resistencia— surgieron las 17 propuestas poéticas que este año llegaron al certamen “Voces de Contrapunto”, una convocatoria que reunió autores de El Salvador, México y Ecuador.
Zarko Pinkas | No todos los escritores describen el miedo. Algunos lo construyen desde dentro, pieza por pieza, hasta que deja de ser una emoción y se convierte en una lógica.
La noche de San Juan siempre fue mencionada en el campo con una mezcla de fe y miedo. Los viejos decían que esa madrugada el mundo se abría apenas un instante, como una puerta mal cerrada entre lo visible y lo que permanece oculto. Yo había escuchado esas historias toda mi vida, pero nunca las había tomado en serio. Hasta aquella noche en que corrí entre las sandías y sentí la respiración de la criatura detrás de mí. Desde entonces algo cambió.
La criatura estaba cubierta de escamas oscuras, tenía cuernos retorcidos y un solo ojo enorme que brillaba en la noche. Sobre su lomo no iba un jinete como los hombres montan caballos .|
El Museo de la Palabra y la Imagen recibió en custodia un conjunto de documentos del escritor salvadoreño, un acervo que permitirá resguardar y estudiar parte de su legado intelectual.
Contrapunto informa a sus lectores y a la comunidad literaria que el pasado 14 de febrero se cerró oficialmente la convocatoria para participar en el certamen “Voces de Contrapunto Poesía”.
Tras la publicación de una reseña sobre Alma de Gallo, conversamos con su autor acerca del poder casi vivo de los libros, la lectura como acto de transformación y el realismo mágico como lenguaje indispensable para narrar América Latina.
Una noche, mientras intentaba dormir en el sofá, un olor húmedo, mineral, como tierra removida después de la lluvia, la despertó. Abrió los ojos y vio el ave demasiado cerca, de pie en el suelo, el cuello ligeramente inclinado
El 19 de febrero de 1937, el gran cuentista rioplatense se suicidó en Buenos Aires tras ser diagnosticado con cáncer. Su vida, atravesada por tragedias, terminó de sellar una obra donde la muerte no era un recurso literario, sino una presencia constante y brutal.
René Mauricio Valdez |
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Flor de favor nos hizo a los salvadoreños el profesor Lara-Martínez al imposibilitar que siguiéramos presumiendo alegremente por el mundo...