André lo encontró en la parte más alta del cerro, donde el viento parecía llegar desde todos los lugares al mismo tiempo. A esa hora de la tarde, la hierba estaba húmeda y tenía un olor áspero, mezclado con el de la tierra removida y unas flores pequeñas que crecían entre las piedras. Desde allí arriba podía verse el valle casi completo, aunque una bruma gris comenzaba a extenderse sobre las partes más bajas. Al principio Andrés pensó que aquello que permanecía inmóvil junto a una roca era una formación extraña del terreno, una especie de tronco cubierto de musgo. Después vio que respiraba.
Aquello había sido una mujer alguna vez, o al menos conservaba algo de una mujer en la estructura de la cara, en la manera de sostener la cabeza y en ciertos restos de coquetería que todavía parecían adheridos a su cuerpo como recuerdos de una vida anterior. Sin embargo, todo lo demás estaba deformado de una manera difícil de describir sin caer en palabras demasiado sencillas.
Aquel hombre también caminaba. Regresaba del trabajo cuando vio una pequeña mosca sobre la acera rodeada de la caca. Estaba inmóvil y cualquier descuido habría bastado para aplastarla. El hombre levantó el pie, la observó apenas un instante y decidió rodearla. Continuó su camino sin volver la vista atrás.
Una noche, mientras intentaba dormir en el sofá, un olor húmedo, mineral, como tierra removida después de la lluvia, la despertó. Abrió los ojos y vio el ave demasiado cerca, de pie en el suelo, el cuello ligeramente inclinado
El 19 de febrero de 1937, el gran cuentista rioplatense se suicidó en Buenos Aires tras ser diagnosticado con cáncer. Su vida, atravesada por tragedias, terminó de sellar una obra donde la muerte no era un recurso literario, sino una presencia constante y brutal.
René Mauricio Valdez |
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Redacción ContraPunto |
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