Zarko Pinkas |
Estoy sentado frente a un escritorio que no reconozco, aunque sé que es mío. La madera está húmeda, como si hubiese sido arrastrada desde un sótano inundado. Al otro lado está él: el padre de ella. Lo sé desde el primer segundo, aunque su rostro parece hecho de una materia equivocada, como una copia mal lograda de algo que alguna vez fue humano.
Está muerto. Lleva un año muerto. En el sueño eso no importa.
—Déjala tranquila —me dice, sin levantar la voz.
No me acusa. No grita. Eso es lo peor. Habla como quien cobra una deuda antigua, inevitable. Sus ojos no parpadean. No están enojados. Están cansados.
Intento responder, pero siento un peso en el pecho, como si alguien hubiera puesto una piedra sobre mis pulmones. El aire no entra bien. Él sonríe apenas, una mueca torcida, y apoya las manos sobre el escritorio. Las uñas están negras, carcomidas.
—No sabes dónde te metiste —dice—. Nunca lo supiste.
Quiero decirle que su hija ya no está en mi vida. Que el daño no fue solo de un lado. Que yo también quedé roto. Pero las palabras no salen. Solo siento vergüenza, una vergüenza espesa, antigua, que no tiene forma.
—¿Existe el más allá? —logro preguntar, llorando.
El hombre se ríe. No es una risa fuerte. Es un sonido seco, como ramas quebrándose. La habitación se oscurece, y entonces despierto.
Despierto con el pecho apretado, empapado en sudor, con la sensación de que algo se quedó conmigo.
Desde esa noche, no vuelvo a estar solo.
No lo veo, pero lo siento. En las tiendas, en la calle, en los pasillos estrechos. La gente me habla y sus voces se deforman, como si pasaran por un túnel. Me pongo irritable, histérico. Discuto por cosas mínimas. Una mujer me mira de más en la fila del supermercado y le grito. Un hombre me roza el hombro y siento ganas de golpearlo.
Por las noches, la figura vuelve. Ya no se sienta frente a mí. Ahora me sigue. A veces adopta el rostro del padre. Otras veces es solo una sombra alta, mal recortada, con algo que late donde debería haber un rostro.
—Déjala —susurra—. Déjala.
Empiezo a investigar. No por fe, sino por desesperación. Libros viejos, foros olvidados, nombres que no deberían pronunciarse. Aprendo que hay entidades que usan recuerdos ajenos para abrirse paso. Parásitos de la culpa. Demonios que no inventan rostros: los roban.
Encuentro una fórmula. No un ritual elegante. Algo sucio, primitivo. Una poción hecha con gargantúa seca, raíz de boma, semillas de krall y una resina negra que huele a óxido. El texto dice que solo así se puede llegar a donde ellos dicen no estar.
Bebo.
El mundo se rompe.
Despierto —o caigo— en un lugar imposible. Un paisaje como el Triunfo de la Muerte de Brueghel: colinas de huesos, ciudades ardiendo, cuerpos colgados de ruedas oxidadas. El cielo es bajo, aplastante, de un rojo enfermo. Los gritos no vienen de bocas, vienen de las piedras.
Él está ahí.
Ya no finge ser humano. Su cabeza es una masa blanda, palpitante, con restos del rostro que conocí flotando como máscaras mal cosidas. Me habla con muchas voces.
—Siempre estuviste aquí —dice.
No respondo. Me lanzo sobre él.
Hundo los dedos en esa cabeza viva. No es carne, es algo tibio y viscoso, como barro caliente mezclado con nervios. Grita. El sonido es tan fuerte que las rocas se parten, que los cuerpos del paisaje se levantan y vuelven a caer.
Aprieto. Mis manos atraviesan capas de memoria podrida. Veo escenas que no son mías: infancias rotas, deudas impagas, odios heredados. Él se retuerce, y por un momento creo que lo estoy venciendo.
Entonces ríe.
—Nunca fue sobre ganar —dice—. Era sobre traerte.
El suelo se abre. Quiero huir. Darme vuelta. Volver. Pero no hay camino de regreso. La poción no era una llave: era una invitación.
Miro alrededor y los veo. Cientos. Figuras que avanzan despacio, deformes, expectantes. Algunos tienen rostros conocidos. Otros no deberían existir.
El demonio —o el padre, o lo que sea— se recompone frente a mí. Su rostro vuelve a parecer humano por un segundo y siento su mirada sobre mis huesos.
—Ahora sí —dice—. Déjala tranquila.
Entiendo, al fin, que no hablaba de ella.
Hablaba del mundo.
Y entonces me río. Una risa seca, rota, que no me pertenece, mientras las voces del infierno se acercan y el cielo desciende un poco más sobre mi mirada.


