Zarko Pinkas |
Desde niña, ella aprendió a caminar entre tumbas como quien camina entre habitaciones familiares. Su padre era enterrador, un hombre de manos ásperas y rostro tranquilo, acostumbrado a la paciencia de la tierra. Para ella, el cementerio no era un lugar de miedo, sino un patio inmenso donde el otoño se repetía siempre. Allí, mientras su padre cavaba y rezaba en voz baja, ella observaba. No miraba las cruces, ni las lápidas, ni los nombres. Miraba lo que quedaba debajo. Y un día, sin que nadie lo notara, encontró un hueso pequeño, casi insignificante, como una astilla blanca en el barro. Lo guardó en el bolsillo, como quien guarda un secreto.
Así comenzó su colección. Al principio fueron fragmentos diminutos: falanges, restos perdidos, pedazos que el tiempo había devuelto a la superficie. Ella los limpiaba con cuidado, los envolvía en telas viejas, los escondía en cajones, en cajas de madera, en rincones donde la luz no llegaba. Creció con esa costumbre silenciosa, como si los huesos fueran cartas de un idioma que sólo ella entendía. Con los años, su casa se llenó de pequeñas presencias blancas. Había huesos bajo la cama, detrás de los libros, dentro de frascos cerrados. Nadie preguntaba. Nadie sospechaba. Ella sonreía con una calma extraña, como si supiera algo que los vivos prefieren ignorar.
El tiempo, sin embargo, es un enterrador más paciente que cualquier hombre. Los huesos se multiplicaron, y ya no cabían en escondites discretos. Entonces los apiñó en un cuarto pequeño, una habitación que nadie visitaba, un santuario sin velas ni rezos. Allí se acumulaban como un ejército inmóvil, como ruinas de cuerpos olvidados. El aire olía a polvo antiguo y a humedad. A veces, cuando el viento golpeaba las ventanas, parecía que algo crujía dentro, como si los restos se acomodaran solos, como si esperaran una orden.
Y un día el padre murió.
La muerte del enterrador fue distinta a todas las muertes que él había presenciado. Porque esta vez la tierra no se llevaba a un extraño, sino a su origen. Ella sintió un dolor que no tenía forma, un vacío que no podía llenarse con palabras. Entonces miró su cuarto de huesos y creyó comprender. Pensó que el amor era también una arquitectura, que quizá podía reconstruirse. Que si tenía suficientes piezas, suficientes fragmentos, suficiente blancura, podría devolverlo. Trabajó durante noches enteras, temblando, uniendo huesos que no correspondían, formando un torso imposible, un esqueleto sin historia verdadera. No buscaba perfección. Buscaba presencia.
Lo que levantó no fue su padre.
Fue una aberración.
Un cuerpo rígido, sin forma exacta, un amontonamiento de osamentas que parecía cambiar según las estaciones. En invierno era una figura dura, quebrada por el hielo. En otoño se cubría de barro y hojas podridas. En primavera el agua lo suavizaba, y en verano el polvo lo hacía más liviano, más errante. No tenía rostro, no tenía nombre, pero se movía. Y la seguía. No con pasos, sino con una obstinación muda, como si el duelo hubiera tomado materia y decidiera perseguirla hasta el final.
Ella escapó durante años. Cambió de casa, de ciudad, de vida. Pero siempre, en algún rincón de la noche, escuchaba el crujido. Siempre, en algún camino solitario, veía una blancura imposible entre la niebla. La aberración no quería matarla. No quería salvarla. Sólo quería estar. Era el resto de su obsesión caminando detrás de ella, como una sombra hecha de hueso.
Hasta que un día la encontró.
No hubo gritos. No hubo carrera. Sólo un instante quieto, como si el viento contuviera su respiración. Ella miró aquel montón de restos que alguna vez creyó amor, aquella figura que nunca debió levantarse. Los huesos se detuvieron frente a ella, mudos, esperando quizá un reconocimiento.
Ella los miró.
Y guardó silencio.


