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miércoles, 3 junio 2026

El roba almas

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Zarko Pinkas |

Cuando la ciudad empezó a oxidarse de verdad —no en los edificios, sino en la gente—, él ya llevaba décadas fotografiando. Nadie recordaba su nombre. Ni siquiera él estaba seguro de haberlo tenido alguna vez. En los basurales del sur, donde la neblina se mezclaba con el humo químico y los restos de la ciudad que caía desde arriba, lo conocían como El Roba Almas, aunque jamás robó nada con violencia.

Decía buscar la belleza. No la evidente, no la carne ni el gesto aprendido frente a una lente, sino esa vibración interna que solo aparece cuando alguien se olvida de sí mismo. Fotografiar era, para él, una forma de escucha.

El pacto ocurrió una noche sin luna, cuando la basura parecía respirar. El homúnculo emergió de un charco de desechos industriales: pequeño, mal proporcionado, con ojos demasiado viejos para su cuerpo recién nacido. No gritó. No amenazó. Negoció.

—La cámara puede abrirse —dijo—. Pero no volverá a cerrarse sola.

Él aceptó sin preguntas. Siempre aceptaba sin preguntas.

Desde entonces, la cámara pesó distinto. No en las manos, sino en el tiempo. Cada mujer que fotografiaba dejaba algo atrás: un silencio más denso, una mirada vacía, un cuerpo que seguía viviendo pero sin eco. Las almas no desaparecían; quedaban atrapadas en la mecánica interna del aparato, comprimidas como negativos imposibles.

Nunca sintió culpa. ¿Por qué habría de sentirla? No destruía: preservaba. Guardaba aquello que el mundo desperdiciaba.

Veinte años pasaron así. La ciudad creció hacia arriba, olvidándose de lo que caía. Él envejeció poco; la obsesión conserva mejor que el amor. La cámara comenzó a cambiar: la madera del cuerpo se volvió orgánica, como un hueso pulido; el trípode crujía como una articulación antigua; el obturador respiraba.

La última mujer apareció una tarde de lluvia ácida. No posó. No preguntó. Cuando él levantó la cámara, ella sonrió con reconocimiento.

—Yo también fotografío —dijo—. Pero no con máquinas.

Él dudó por primera vez. No por miedo. Por espejo.

Cuando disparó, el mundo se plegó hacia adentro. La mujer no gritó: se deshizo en luz oscura, absorbida por la cámara como todas las demás… solo que esta vez algo falló. Las almas acumuladas durante veinte años empujaron desde dentro, reclamando forma, salida, venganza o descanso.

La cámara estalló sin ruido. No hubo fuego. No hubo restos. Solo un golpe seco de realidad.

Él quedó inmóvil frente a la pared blanca de un edificio antiguo, uno de los pocos que aún tocaban el suelo. Su cuerpo se vació de volumen, de intención, de historia. Lo último que quedó fue su sombra, adherida al muro como una fotografía mal revelada.

Allí sigue.

Mientras arriba las ciudades brillan, y abajo la basura sueña,
la pared conserva su silueta: un hombre sosteniendo una cámara que ya no existe, mirando para siempre una belleza que jamás pudo salvar.


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Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

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