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jueves, 4 junio 2026

Quilombo Fest 2025 en su 3ra Edición y una situación incómoda

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Por Zarko Pinkas

Una noche para redescubrir las raíces afrodescendientes en El Salvador

San Salvador fue testigo el pasado viernes 12 de septiembre de la tercera edición del Quilombo Fest, una celebración que llenó de música, aromas y memoria el Centro Cultural de España en El Salvador. La cita, que comenzó a las 7:00 p. m., buscó poner en el centro la huella africana y afrodescendiente en la cultura salvadoreña, desde un enfoque de derechos y con una mirada que combina arte, historia y espiritualidad.

Como en años anteriores, la gastronomía afromesoamericana y la música de raíz afro fueron protagonistas. Los asistentes degustaron platillos tradicionales mientras la banda El Gruve, pionera del funk en el país, puso a bailar a todos con un repertorio que unió ritmos afro con clásicos de artistas como Stevie Wonder.

El programa también incluyó la participación de la antropóloga Marielba Herrera, quien compartió parte de sus investigaciones sobre la cosmovisión afro en El Salvador y las prácticas culturales y espirituales relacionadas con la búsqueda del amor, uno de los ejes temáticos de esta edición.


La cultura afrodescendiente sigue siendo una de las raíces menos visibilizadas en la historia oficial del país. Con su propuesta, Quilombo Fest busca revertir esta situación: reconocer sus aportes y celebrar su vitalidad como un acto de justicia y como una oportunidad para ampliar la identidad nacional.

Con tambores, sabores y saberes, la edición 2025 de Quilombo Fest demostró que las raíces afrodescendientes están vivas y que tienen mucho que aportar al presente de El Salvador.

Una situación incómoda

La noche prometía ser de celebración. Música de raíz afro, comida que conecta con la memoria colectiva, un público animado y un escenario dispuesto para honrar las raíces afrodescendientes. Hasta ahí, todo bien. Pero hay otra cara de la historia que como persona con movilidad reducida, no puedo dejar de contar.

Llegué con anticipación y pedí una solución para estacionar, explicando que tengo problemas de movilidad. La respuesta fue que todos los espacios reservados estaban ocupados y que debía estacionar en la calle, a varias cuadras, bajo la lluvia. Acepté y lo hice.



Ya dentro del recinto, acompañado de una amiga, decidimos verificar si realmente los espacios estaban ocupados. Bajamos y subimos varias escalinatas hasta llegar al área de estacionamiento. Confirmamos que, en efecto, los lugares reservados estaban ocupados por autos, pero no había muestran que estuvieran  personas usando, muletas,  bastón o silla de ruedas. Es decir, el espacio estaba ocupado, pero no necesariamente por quienes más lo necesitan. No hubo control ni criterio de prioridad, y tampoco se ofreció una alternativa creativa para mi caso, como permitir estacionar tapando un vehículo de forma temporal.

Cuando regresé al área del concierto, la situación se tensó. Me interceptó un vigilante —quizá el mismo, quizá otro— que asumió que yo pretendía volver al estacionamiento y me increpó con tono hostil. No estaba intentando entrar de nuevo, pero fui tratado como si estuviera haciendo algo indebido. Se produjo un cruce de palabras: yo le pregunté cuál era el problema y él respondió que sí había un problema, sin explicarme cuál. Fue un momento innecesariamente tenso y desagradable para un comportamiento de un seguridad de un centro cultural.

Para completar el cuadro, vi que otra persona sí pudo pasar hacia el fondo a tomar fotos sin que nadie la detuviera. Esa desigualdad en la aplicación de las normas evidencia que el problema no es la seguridad en sí misma, sino la forma en que se ejerce: con cero empatía y, en mi caso, con un trato que rozó lo intimidante.

Finalmente entré al evento, pero la experiencia no mejoró. No había rampas ni bajadas adecuadas para personas con bastón o silla de ruedas, y tampoco había suficientes sillas. Nadie del personal se preocupó por ofrecerme un asiento y terminé comiendo en el suelo, con la comida ya fría.

Lo que quedó claro esa noche es que el problema no es sólo de infraestructura, sino de empatía. La organización puede cuidar cada detalle del programa artístico, pero si falla en garantizar condiciones dignas para personas con movilidad reducida, está dejando fuera a parte del público.

Celebrar la cultura afrodescendiente es valioso y necesario. Aplaudo que existan estos eventos que rescatan nuestra historia y nos invitan a reconocerla como parte de nuestra identidad. Pero también debemos preguntarnos: ¿de qué sirve abrir espacios para hablar de diversidad si las prácticas cotidianas reproducen exclusión?

Lo que me pasó esa noche no es sólo mi problema. Es el problema de cualquier persona que viva con una limitación de movilidad, de cualquier adulto mayor, de cualquier persona que un día se enfrente a una fractura, una cirugía o un accidente y necesite facilidades básicas. Si queremos que la cultura sea verdaderamente accesible, necesitamos no sólo música y discursos, sino rampas, sillas, personal capacitado y, sobre todo, empatía.

Porque la cultura se vive de pie, bailando, pero también debe poder vivirse sentado, cómodo y respetado.

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Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

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