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lunes, 17 de mayo del 2021

Roque, los derechos humanos y sus violadores

(El) dedo flamí­gero de Dalton les impide el "buen vivir", al señalarlos siempre para reivindicar la dignidad propia y la de esas mayorí­as populares desatendidas por los poderes intocables, formales, ocultos y "celestiales", les dijo Cuéllar en 2010 a los asesinos del poeta y a sus encubridores

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En sus inicios, la década de 1960 no era la mejor época para el reconocimiento positivo interno e internacional de los derechos humanos. Pero durante el transcurso de la misma, se aprobaron importantes instrumentos normativos que contribuyeron decisivamente al avance y la consolidación de dicha “positivización”. Eso costó enormes sacrificios, sobre todo humanos; pero es indiscutible tal progreso. Sin embargo, en la actualidad ““sino exactamente igual que antes, bastante parecido”“ el respeto de los derechos humanos en el mundo sigue siendo precario. Reconocerlos no significa, automáticamente, respetarlos. Pero la diferencia que deseo reiterar y por ende destacar es que, hace cincuenta años, quienes los defendí­an no contaban con abundantes y fuertes herramientas legales para desarrollar su labor.

Roque fue de esa gente imprescindible e irrepetible, que desplegó como el mejor tales posibilidades. Su vida le fue arrebatada por sus “compañeros” de armas hasta ahora impunes. Él estaba dispuesto a ese sacrificio, en aras de la causa de la dignidad de las personas y los pueblos. Pero se equivocó de verdugos. Esas purgas fueron de las prácticas más infames contra los derechos humanos, que casi nadie se atrevió a denunciar mientras permaneció idealizada la izquierda militarista, vertical y autoritaria. Antes de morir, Roque ““”Julio Dreyfuss” en las filas del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP)”“ se dedicó a escribir tratados humanitarios en prosa y poesí­a. Acusado de “bohemio” y “pequeño burgués”, “miembro de la Agencia Central de Inteligencia” (CIA) y “colaborar del enemigo”, fue cobarde e injustamente ejecutado hace treinta y cinco años junto a Alejandro Arteaga, conocido como “Pancho”. Dos de sus asesinos, hoy son parte ignominiosa del sistema contra el cual se enfrentaron.

A su modo se refirió a los históricamente mancillados derechos económicos, sociales y culturales, cuando soñaba el paí­s por venir. En “El Salvador será”, además de soñarlo “lindo” y “serio”, también lo dibujó sin engañarse ni engañar lo que entonces era: El problema es que hoy El Salvador/ tiene como mil puyas y cien mil desniveles/ quinimil callos y algunas postemillas/ cánceres cáscaras caspas shuquedades/ llagas fracturas tembladeras tufos. He ahí­ las causas estructurales de la injusticia explosiva: la exclusión y la miseria producto del despojo ancestral, los salarios de hambre, la desatención de las mayorí­as populares que morí­an por falta de hospitales y medicinas, su permanencia forzada en el mundo de la ignorancia como recurso para mantenerlas oprimidas en medio del analfabetismo.

También cuando apuntó: Todos nacimos medio muertos en 1932/ sobrevivimos pero medio vivos/ cada uno con una cuenta de treinta mil muertos enteros/ que se puso a engordar sus intereses/ sus réditos/ y que hoy alcanza para untar de muerte a los que siguen naciendo/ medio muertos medio vivos. Y no dejó pasar la impunidad que protegió a los responsables de la masacre, al expresarse así­: Y como todos somos medio muertos/ los asesinos presumen no solamente de estar totalmente vivos/ sino también de ser inmortales./ Pero ellos también están medio muertos/ y sólo vivos a medias.

Con su dedo escrutador, escritor e inculpador se pronunció a favor de las ví­ctimas del sistema abusador: En nombre de quienes lo único que tienen/ es hambre explotación enfermedades/ sed de justicia y de agua/ persecuciones condenas soledad abandono opresión muerte./ Yo acuso a la propiedad privada de privarnos de todo.

Y así­ reivindicó el ejercicio del derecho popular a la insurrección, proclamado en Francia con la nueva Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1793. Premonitorio, reveló lo que vendrí­a por la mezquina tozudez de los poderosos: Que lo piensen mucho/ pero entre tanto/ que no se muestren sorprendidos/ ni mucho menos pongan cara de ofendidos/ hoy que ya algunas balas/ comienzan a llegarles desde este lado/ donde sigue estando el mismo pueblo de siempre/ sólo que a estas alturas ya viene de pecho/ y trae cada vez más fusiles.

Antes compuso, lúcido y adelantado, el poema “Para la paz”. Ese derecho ““hoy en dí­a uno de los más reconocidos globalmente, pero también uno de los más violados”“ lo motivó a escribir lo que en esa época de control militar absoluto era requerido: Nos robaremos todos los fusiles, apresuradamente. Y quizás sin haber leí­do los convenios de Ginebra, en seguida plasmó en el papel su intuitiva poética visión acerca del derecho internacional humanitario: No hay que matar al centinela, el pobre/ sólo es función de un sueño colectivo/ un uniforme repleto de suspiros/ recordando el arado.

La Declaración de derechos del buen pueblo de Virginia, de 1776, entre otros reconoce como tales el gozo de la vida y la búsqueda de la felicidad. Roque fue fiel a estos principios y los defendió para su pueblo con puño y letra, con la vida. Tengo la impresión ““no lo conocí­ personalmente, pero por todo lo que he sabido más que nada conversando con Juan Jos锓 gozó vivir y fue feliz siendo él y haciendo lo que él creí­a que debí­a hacer desde la autenticidad y la coherencia.

Y lo hizo en vida y lo sigue haciendo, riéndose de los sicarios que lo ejecutaron, porque era capaz de burlarse hasta de sí­ mismo en estos términos: No, no siempre fui tan feo./ Lo que pasa es que tengo una fractura en la nariz/ que me causó el tico Lizano con un ladrillo/ porque yo decí­a que evidentemente era penalty/ y él que no y que no y que no/nunca en mi vida le volveré a dar la espalda a un futbolista tico. Quien no disfruta la fiesta y la guasa anda mal, pues son de lo mejor en la vida. Quien no las tiene y las vive, sin ofender a nadie, está jodido. Y a Roque le sobraban hasta para regalar.

A esos polí­ticos acartonados, falsarios y engañadores, polistepesquianos aduladores y deseosos de ser adulados, marrulleros, amigos entre ellos, locos por llegar al poder para “redimirnos”, capaces de regañar pero sin admitir regaños, endiosados y odiosos, deseosos de pasar a la historia sin darse cuenta que la historia pasará encima de ellos, les sienta bien un fragmento de la conversación que Roque incluyó en el “Pobrecito poeta que era yo”; la del “party”, entre poetas arrabaleros y desfachatados igual que él, integrantes de la “generación comprometida” más el “shute” chapí­n de Otto René Castillo:

   Sí­, y lo que más me da en las de ping-pong es la hipocresí­a. Yo no le tengo miedo a las palabras, yo nado en el petróleo carní­voro de las palabras, y a ellas me encomiendo, lo mismo que a San Blas, patrono de las enfermedades de la garganta.

–  Las palabras son [“¦] mi ayúdame-a-vivir, mi caldo de puyas, mis espumillas de a cuis, estoy valí­do con ellas de la tuzquia, del me aparto y revira contra antiparrandal, y de la bolsa izquierda y formamos parte del mismo club de capirucho, del toque y cuarta, de yorta y de pra. Con las palabras juego “˜vamos a la vuelta del toro toro-gil”™ y “˜ladrón librado y `”™esconde el anófeles”™ y “˜aprieta canuto”™.

  Buscá trabajo, cerote, que la paja no da de comer.

Pasarán aquellos especí­menes, porque son “aves de paso”. Mientras, el Roque teórico y práctico defensor de los derechos humanos seguirá inspirándonos bien fresco y desafiante.

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(*) Benjamí­n Cuéllar, en mayo de 2010 era el director del Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA) de El Salvador. Hoy su texto escrito en un suplemento cultural que dirigió Tomás Andreu, continúa vigente.

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