Por Nelson López Rojas.
En el 2019, cuando hubo cambio de gobierno me preguntaba si habría un cambio de actitud respecto a la cultura y la educación. Los cambios deben empezar desde abajo, pero quienes dictan políticas deben mostrar voluntad real de cambio. ¿Dónde están las artes? ¿La educación musical? ¿Los idiomas? ¿La historia? ¿El rescate ancestral? ¿Las investigaciones? ¿Las publicaciones científicas?
En el 2025, cuando se estrena Ministra de Educación me pregunto lo mismo.
La ministra es joven, bonita, doctora, militar y con manual de disciplina bajo el brazo. En su primera circular ordena que los niños deben andar con corte tipo recluta, las niñas con faldas abajo de la rodilla, cero maquillaje y aretes diminutos. Más de alguno ya siente la urticaria: “¡la militarización de la educación!” gritan en redes. Una señora hasta se indignó porque, en plena reunión de padres, pusieron a su niño a hacer ejercicios. Doñita, con todo respeto: un par de lagartijas no le caen mal al gordo de su hijo.
Pero conviene recordar que la educación no se resuelve con tijeras. El corte de pelo no enseña álgebra. Lo que sí urge es meter disciplina en las actitudes, en el pensamiento de todos los involucrados y no solo en las cabezas rapadas. Y aquí los maestros también deben pasar lista. He visto maestras que distraen más que cualquier TikTok; en bachillerato las hormonas no estudian historia, estudian anatomía.
Los críticos esperaban que la ministra iniciara con una reforma educativa. ¿Reforma para qué? Todos sabemos que las reformas son falacias, y que muchos terminan dando clases porque no había de otra. “Yo soy ingeniero, pero si no hay plazas, aunque sea de maestro la hago”. Así como la pandemia hizo que de la noche a la mañana los profesores dieran un brusco salto del salón de clases al internet para dar clases en línea sin capacitación, igualmente los maestros nuevos o de menor rango tienen que dar las clases que nadie más quiere dar, es decir, matemática e inglés, aunque no sepan la raíz cuadrada ni un jelou. Así estamos: alumnos sin rumbo y maestros improvisando, desvirtuando y pervirtiendo aún más lo que nos queda del sistema.
La inteligencia emocional dice que uno no puede controlar cómo actúan los demás, pero sí cómo reaccionar ante dichas acciones. Menos de un mes en el cargo y ya todos somos expertos en criticar a la ministra, aunque de soluciones, ni una. Pues bien, como educador, yo sí propongo: la educación no se mejora con uniformes; se mejora con maestros capacitados, pensamiento crítico, inteligencia emocional y cultura.
Primero: profesionalizar a los docentes. Se debe pagar más a quien se capacite más. Talleres, especializaciones, conferencias, que sea ese el verdadero escalafón. Porque, puesí, por la plata va el mono.
Segundo: un segundo idioma. Cualquiera. Inglés, portugués, mandarín. Pero bien enseñado. No por el profe de matemáticas con un “jaguaryú” oxidado, ni por charlatanes que te prometen hablar con fluidez en tres meses. He visto maestros de inglés que hablan peor que la embajadora, pero que al más no haber tienen que asumir su cátedra a la brava.
Tercero: lectura. Y no me refiero solo a los alumnos, sino también a los maestros. Una vez en una conferencia de lecto-escritura cité mal a propósito a Espino, Dalton, Benedetti y Cervantes, y todos aplaudieron como focas. Si el profe no lee, ¿cómo obligará a leer al alumno? Como dijo la argelina Zaho: “No te puedo enseñar lo que yo no sé”. Si uno no lee, se nota en la forma que habla y mucho en la forma que escribe.
Cuarto: pensamiento crítico. Moral y cívica no es recitar la oración a la bandera ni cantar el himno en automático. Es enseñar lógica, razonamiento, debate. Que los estudiantes aprendan a pensar, no solo a quejarse; que sepan mirar a ambos lados antes de cruzar la calle. Ya lo dijeron Los Fabulosos Cadillacs: “En la escuela nos enseñan a memorizar fechas de batalla, pero poco nos enseñan de amor”. Y de pensamiento crítico, ni hablar.
Quinto: inteligencia emocional. De nada sirve tener niños bien peinados o maestros bien capacitados que no saben decir “gracias” ni tratar a los demás con respeto, no saben empatizar ni manejar un berrinche sin desbordarse como volcán en erupción.
Sexto: las artes. Estudiar artes no es un lujo ni una afición inútil. Las artes entrenan la mente, el corazón y el ingenio. No solo enseña a pintar, tocar o actuar, sino a pensar diferente, abrir ventanas a otros mundos, cuestionar lo establecido y resolver problemas con creatividad; desarrolla inteligencia emocional, empatía y capacidad de expresión, además de preservar identidad, cultura y memoria histórica. Y aunque los empleadores no verán la utilidad capitalista en esto, hay que entender que las artes también habilidades transferibles a cualquier ámbito desde trabajo en equipo, liderazgo, análisis, comunicación hasta tolerancia a la crítica, mientras nutre la innovación y la economía creativa, desde teatro y música hasta videojuegos y diseño gráfico.
Llevamos décadas sin cambios sustanciales, un currículo diseñado para criar emigrantes y empleados obedientes, estereotipos que limitan a niños y jóvenes: esa es la realidad. Los maestros mal pagados luchan solos, los alumnos aprenden a memorizar sin pensar, y los padres y el Estado miran hacia otro lado.
La solución no está en fotos bonitas ni lagartijas en reuniones de padres. Está en profesionalizar a los docentes, enseñar idiomas y lectura de calidad, fomentar pensamiento crítico, investigación, artes, memoria histórica y cultura. Solo así se puede frenar la migración, formar ciudadanos y dejar de exportar cerebros.



