miércoles, 11 de mayo del 2022
spot_img

La falacia de la educación de calidad

¡Sigue nuestras redes sociales!

spot_img

Por Nelson López Rojas

Un nuevo año escolar ha iniciado y la alegría de años anteriores se ha esfumado. Los alumnos, quienes antes llegaban animados y emocionados por conocer a sus nuevos compañeros y maestros, ahora llegan con rostros sombríos y caminan tal cual zombies al lugar de tortura alegando que no han aprendido nada en estos dos años de tomar clases virtuales. Yo concuerdo con ellos.

Estoy en el negocio de la educación. Sí, estimado lector, leyó bien. Dije “el negocio” y no el “área” pues hay que llamar las cosas como son. Conozco de primera mano maestros que trabajan en el sector privado, que ganan una miseria por turno, quienes anhelan que les salga una plaza con el Ministerio de Educación para “no hacer nada”. El ideal es ese, no hacer nada, ni siquiera es que van a ganar más. Y los profesores en las escuelas públicas como saben que no los pueden echar, tampoco hacen nada por ni para la escuela y se limitan a ser niñeros de los educandos.

Muchos hablan de educación de calidad pero no hacen ni un esfuerzo por entender lo que significa eso. Hablan de educación por competencias pero no tienen las competencias, el entendimiento ni los recursos para ofrecerla. Hablan de docentes altamente capacitados, pero no les dan el acompañamiento ni el seguimiento necesario para tal fin.

Es complejo y lo sé. También lo saben las autoridades del MINEDYC y los de la UCA que dieron las capacitaciones. Es decir, también conozco a capacitadores que iban a lugares remotos a “capacitar” a los maestros simplemente porque las capacitaciones las pagaban bien. Hay quienes tienen su empleo en alguna universidad del país y andan siempre buscando esas oportunidades para capacitar, pues es dinerito extra bien ganado. Es bien sabido que hay aquellos que han encontrado en las capacitaciones el emprendimiento que andaban buscando y usan recursos y tiempo de sus instituciones para ello. Sus supervisores prefieren mirar para el otro lado porque, pues, también tienen sus proyectos aparte.

Las clases en línea son una farsa y todos lo sabemos. Lo saben los padres que saben que sus hijos fingen estar en clase con el teléfono en la otra mano. Lo saben los alumnos que no encienden sus cámaras para que los maestros no se enteren que están haciendo otras actividades más gratificantes que estar en una clase donde la maestra les lee el material de cada una de sus Google Slides que bajó del internet y que quizás pudo quitarle el nombre del maestro que se esforzó para elaborarlo.

No nos hagamos los ingenuos: después de dos años con clases virtuales, los alumnos no quieren aprender ni los maestros quieren enseñar y punto. Ambos estaban acostumbrados a pasar por pasar pues todos estamos estresados. Pasar o aprobar no es aprender. Hay alumnos que andan haciendo peticiones para quedarse en casa pues “temen” contagiarse de COVID, pero van al estadio y a los aglutinados centros comerciales. No, no le temen al COVID. Le temen a levantarse temprano y alistarse para verse presentables en la escuela o en la universidad. Conozco de universitarios a quienes se les notificó que este semestre tendrían clases virtuales, pero con evaluaciones presenciales, que andan una petición en la plataforma Change para que su centro de estudios no les obligue a llegar a la universidad a hacer los exámenes pues temen contagiarse. No, no temen contagiarse, temen estudiar para el examen, temen no tener los recursos electrónicos disponibles para ir aprobando cada curso sin saber.

El sistema educativo sigue en crisis. Se debe cambiar la percepción de que estudiar un profesorado, carrera de 3 años, es el camino más rápido y fácil para conseguir un empleo. Se debe implementar un sistema de inspectores en las clases virtuales y presenciales que evalúen el desempeño docente no para despedirlo, sino para determinar las áreas a mejorar. Se necesita que los docentes ganen mejor para que no tengan que perder sus energías dando clases en otros lugares o buscando capacitaciones. Se debe tener una oficina permanente para identificar, abordar y satisfacer las necesidades educativas tanto de los educadores como de los educandos. ¿Una capacitación cada año? ¿No será mejor tener cursos abiertos y permanentes sobre pedagogía, disciplina, sexualidad, estabilidad emocional o, por qué no, sobre música o educación especial?

Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

spot_img

También te puede interesar

spot_img

Últimas noticias