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domingo, 25 de julio del 2021

¿Se los dije?

“Cuando usted se coloca frente a un espejo y levanta la mano derecha, ¿qué imagen ve? La misma, solo que con la mano izquierda arriba”. Así inicié el 17 de diciembre del 2010 mi comentario semanal para la emisora de la universidad jesuita salvadoreña, cuando dirigía su instituto de derechos humanos. ¡Hace casi una década! Luego lo recordé en la columna que, desde hace ya once años, me publica generosamente ContraPunto. Entonces, 26 de abril del 2012, aclaré que eché mano del símil del espejo debido al accionar legislativo de los bandos que habían combatido entre sí con las armas y que luego ‒como partidos políticos‒ no dejaban que la paz se instalara en el país porque eran iguales: solo pensaban en sus intereses y no en los de la sociedad salvadoreña.

En ese 2012 administraba el Ejecutivo la exguerrilla y su actuación distaba muchísimo de aquellos ideales que movieron a tanto joven, durante las décadas de 1970 y 1980, a empuñar las armas y entregar sus vidas en aras de hacerlos realidad. Faltaba poco para que cumpliera tres años ese Gobierno que ofreció la “esperanza” y el “cambio”. Mauricio Funes se consideraba y lo consideraban un “semidios”, ungido, mesiánico… Criticarlo era casi una blasfemia, no solo entre los círculos de “izquierda”.

En mi caso desde antes de su elección lo cuestioné, cuando le aseguró a los victimarios que no arremetería contra la amnistía que los protegía. Si traicionaba a las víctimas de las atrocidades ocurridas antes y durante la guerra, también lo haría con las de la exclusión social a las que él también les robó recursos que debían haberse invertido en mejorar sus condiciones de vida. De la misma manera, siempre fustigué a Alfredo Cristiani y a “Armandito” Calderón, los mal llamados presidentes “de la paz” y “de la reconstrucción” respectivamente; igual pasó con el “místico” Francisco Flores y el “popular” Antonio Saca. Esos cuatro tenían el ADN de su partido, fundado por el mayor “escuadronero”.

Tampoco se escapó de los señalamientos el quinquenio encabezado por el último mandatario “efemelenista”: el profesor Salvador Sánchez Cerén, quien además fue denunciado en sede fiscal el 3 de enero del año en curso por su responsabilidad en el cometimiento de graves violaciones de derechos humanos durante el conflicto armado.

Entonces, ¿no ha habido uno que se salve? Pues no, porque son precisamente los derechos humanos los prismáticos más útiles para observar y evaluar el desempeño de quienes por mandato constitucional deben ‒en su calidad de jefes de Estado‒ procurar “la consecución de la justicia, de la seguridad jurídica y del bien común”. Bien lo dijo el peruano Alberto Adrianzén: quienes se comprometen en la batalla por hacer valer los derechos humanos, son “aguafiestas”. “Cuando pensamos que todo va bien ‒aseguró Alberto‒ y que el futuro nos sonríe, ahí están ellos para recordarnos que no es así […] se comportan como los ‘Pepes Grillos’ que todos llevamos dentro. Nos recuerdan que no estamos solos, que somos egoístas y que debemos pronunciarnos sobre temas fuertes. Por eso no es extraño que su imagen sea polémica; que no guste ni al poder y algunas veces tampoco a los ciudadanos”.

Nada más cierto, sin lugar a dudas. Por eso ahora, en tiempos de una pandémica crisis en medio de la cual se desnudan realidades y caen caretas, es imposible ‒sería una falta de coherencia y, sobre todo, de ética‒ dejar de señalar las culpas de quienes le pavimentaron el camino al actual mandatario para hacer lo que está haciendo, pretendiendo justificarse en las animaladas realizadas por sus antecesores: esos que Nayib Bukele llama “los mismos de siempre”, para cubrirse y seguir haciendo lo mismo que ellos.

A lo que queda de los partidos ARENA y FMLN le toca, sin excusas, hacer un verdadero y sincero acto de contrición. Comiencen confesándose culpables de no haberle cumplido a El Salvador, después de acordar al inicio de sus negociaciones para terminar la guerra entre sus ejércitos allá en Ginebra ‒el 6 de abril de 1990‒ que la pacificación consistía en callar los fusiles, democratizar el país, garantizar el respeto irrestricto de los derechos humanos y “reunificar” la sociedad. Casi tres décadas faltaron a su palabra y por eso, ahora, estamos como estamos.

Estas líneas surgen más del dolor de patria que de una mente fría. Porque me sigue doliendo que, entre tantos vejámenes que este país y su gente han sufrido, las escribo conmemorando una de las tantas masacres ocurridas entonces. Hombres, mujeres, jóvenes y adolescentes fueron víctimas mortales ‒el 22 de mayo de 1979 en la capitalina colonia Escalón‒ de un sistema que a 31 años de distancia sigue generando hambre, derramando sangre y garantizándole la impunidad a los culpables de tal estado de cosas. Por eso, no voy a decir “se los dije”; voy a decir que mientras sigamos creyendo en iluminados redentores, seguiremos sufriendo nuestra recurrente y muy dolorosa historia.

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