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sábado, 23 de octubre del 2021

En el paí­s del miedo

«El miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son»

                                                                                                                                        Tito Livio


El miedo vende. El miedo nos vence. El miedo nos evapora la esperanza.

Inicialmente habí­a titulado esta reflexión como “No hay que tapar el pozo después que se ahogó el niño” en referencia a que nos hemos acostumbrado a, como dice aquella canción, pedir perdón en lugar de pedir permiso. Somos reactivos, no proactivos. Queremos que otros denuncien la delincuencia, mientras estamos viendo las noticias en la tele. Mi tema iba encaminado a que como salvadoreños deberí­amos pensar “antes” de actuar para no tener que ponernos en una situación vulnerable a merced de los demás “después” de algo. Por ejemplo, muchas veces vamos al zapatero a que nos repare un zapato y no preguntamos cuánto nos va a costar. El zapatero deshonesto al ver que nos tiene sentados, descalzos, nos cobrará lo que sea y estaremos a merced de su precio por no informarnos. Y por miedo no preguntamos antes. Miedo al bochorno, miedo al rechazo, miedo a todo.

Aún mantengo que no hay que tapar el pozo después que se ahogó el niño.

Sin embargo, mi última visita a El Salvador me hizo ver que todo el mundo anda con miedo. Y antes que el estimado lector piense que no tengo derecho de opinar porque vivo fuera y he vivido en forma privilegiada durante mi estadí­a en El Salvador, déjenme hacer unas observaciones: 1. Nací­ y crecí­ en el centro de San Salvador, junto a delincuentes, prostitutas y todo lo que acarrea vivir en el centro; 2. Me gradué de la ENCO sorteando las pedradas de los mareros escolares de ese entonces; 3. Me gradué dos veces de la UES, trabajando para pagarme los estudios; 4. Me quedo en la casa de mi hermano en Santo Tomás donde uno se baña con huacal. Entonces, tengo todo el derecho de observar, analizar y comentar la situación que atraviesa el paí­s en primera persona.

He viajado en buses y micros. He andado a pie por el centro y por la Tutunichapa. He tomado el SITRAMSS y uno que otro taxi o Uber. Se me ha quedado el carro y lo he empujado ante la mirada desconfiada de algún vigilante. El miedo se refleja en todo el mundo. Cuando alguien se sube al bus, toda la gente observa cuidadosamente quién es y al ver que es tan solo un pasajero más, descansan su mirada. Pero la zozobra continúa parada tras parada. De igual forma veí­a cómo la gente andaba con un ojo en la espalda al caminar pensando que algo podrí­a pasar. Y pasó. En las cercaní­as del Mercado Central se rumoraba un muerto. Un motorista de una interdepartamental que según dicen no pagó la renta establecida por los mareros. Tomo un taxi cerca de la Terminal de Occidente para Ciudad Delgado y el motorista me cuenta que solí­a tener un punto ahí­ pero que los renteros le cobraban $20 a cada taxista… ¡y eran 30 taxistas! Le pregunté si siendo tantos taxistas no podí­an hacer nada al respecto. Me dijo que una vez lo denunciaron pero que salió libre y comenzó a cobrar $30.

Mi amiga que creció en la Málaga me cuenta que se siente insegura. Y con sarcasmo le respondí­ que la Málaga “siempre” habí­a sido insegura. Pero me dice que es un miedo diferente. Que ahora que hay un puesto de la PNC los mareros se han alborotado y que hasta mataron en una balacera a un señor que reparaba un carro cerca del puesto policial.

Y escuchaba a mis amistades y familiares hablar de las noticias que veí­an y de las cosas que experimentaban y me sentí­a que no concordaba con la realidad que experimentaba mientras caminaba por San Salvador. Yo no veo noticias, pero uno nunca está a salvo de lo que la gente publica en Facebook o de los periódicos en los restaurantes.

Tenemos miedo. Todo nos da miedo. No salimos por miedo. Los parques están vací­os por miedo. Vamos a tomarnos un café a lugares “seguros”, donde los guardias con armamento pesado nos “garantizan” que la chusma que son los niños huelepega y los mareros no nos molestarán. Los centros comerciales nos cobran por sacarnos el dinero. Y pagamos por eso. Y eso, el miedo, es un negocio redondo. Y nosotros, los “con miedo” financiamos los negocios seguros.

No hay que dejarse ganar por la delincuencia. Si todos nos encerramos, ellos ganan. Hay que denunciar a través de tantos medios. Hay que comenzar una red de vecinos que se interesen por los demás y no que se encierren y se preocupen por sí­ mismos. La unión nos hará fuertes. El griego Esopo lo decí­a “la unión nos hace tan fuertes como débiles la desunión”. Pero que sea ese nuestro primer paso: unirnos sin egoí­smo.

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