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domingo, 01 de agosto del 2021

De los acuerdos, ¿quedan siquiera recuerdos?

Hace veinticinco años, el 27 de abril de 1991, se firmó uno de los documentos producidos por el proceso de negociación entre el FMLN –la entonces guerrilla “idealista” y guerrera– y el Gobierno, dentro del cual se incluí­a un ejército responsable de la mayor parte de las atrocidades ocurridas, sobre todo de 1970 en adelante. Los militares tení­an su macabra historia previa en esas prácticas criminales, al menos desde 1932; también la tení­a esa rebeldí­a insurgente a lo largo de su accionar, que no fue del todo idí­lico. Pero bueno, en esa mencionada fecha se firmaron los Acuerdos de México que fueron, sin duda, esenciales en la necesaria refundación teórica de un paí­s con graves fallas de origen: excluyente y desigual desde siempre, plagado de inequidad y desbordante de iniquidad por oponerse estructuralmente a la honorabilidad y el bien común; además, rebalsado de impunidad.

Más allá de lo que sea y de lo que fuera, ese dí­a se logró que las partes beligerantes pactaran en la tierra de Villa y Zapata importantes reformas constitucionales que –de haber sido apreciadas en serio– debieron hecho surgir de a poco un “nuevo El Salvador”. ¿En qué hicieron clic ese par de enemigos acérrimos que, aún armados hasta los dientes y con rabia en la comisura de sus labios, estaban frente a frente buscando cómo terminar la confrontación armada para iniciar el camino hacia la paz? Formalmente, en mucho.

Hace cinco lustros reformaron la Constitución. Le metieron mano al sistema judicial. Pactaron la nueva organización de la Corte Suprema de Justicia, reformaron cómo elegir sus integrantes y fijaron el monto del presupuesto anual para el funcionamiento de todo el aparato. Nació el defensor del pueblo, que no bautizaron así­ adrede por lo que suponí­a el mensaje, y estipularon la elección calificada de quienes dirigirí­an el Ministerio Público. Redefinieron al Consejo Nacional de la Judicatura, crearon de la Escuela Nacional de la Judicatura y regularon el ingreso a la carrera judicial. Importante fue, también, la reforma del sistema electoral.

Asimismo, lo fue la decisión de enfrentar la barbarie que volvió ví­ctimas a tantas personas y comunidades a manos de quienes, ese 27 de abril de 1991, suscribieron los más importantes acuerdos polí­ticos de las negociaciones tendientes a parar la guerra y dirigir el paí­s hacia una real convivencia pací­fica. Para esto último, coexistir en tolerancia y concordia, habí­a que investigar los bestiales hechos ocurridos y reparar plenamente los daños causados, empezando por el castigo de sus autores mediante el trabajo de las entidades encargadas de impartir justicia, sin importar el estatus del culpable.

Para eso convinieron instaurar la Comisión de la Verdad, que debí­a conocer casos emblemáticos entre las innumerables y graves violaciones de derechos humanos ocurridas junto a los tantos crí­menes de guerra y delitos contra la humanidad que –durante años– hicieron de esta tierra un infierno para el pueblo salvadoreño. Infierno del cual, penosamente, aún no sale. ¿Por qué? Entre las principales razones, porque quienes firmaron los afamados acuerdos terminaron pasándoselos “por el arco del triunfo”. Del partido ARENA, por supuesto que era de esperarse; pero del FMLN hubo mucha gente que  esperaba coherencia con su pasado y no lo imaginaban aceptando su desnaturalización e, incluso, promoviendo y siendo parte activa de su violación.

A su dirigencia, entregadas armas libertarias y quimeras rebeldí­as, le valió poco o nada ese pueblo maltratado por el que dijo luchar y se sumó a su eterno rival en la consolidación de un sistema injusto, por excluyente y desigual. Pasaron del “venceremos” al “venderemos”, sin reparo ni rubor. ¿Demasiado fuerte lo anterior? Para nada, si los hechos lo confirman. 

En México hace veinticinco años, siendo guerrilla, acordaron con su entonces enemigo crear la Policí­a Nacional Civil para resguardar “la paz, la tranquilidad, el orden y la seguridad pública, tanto en el ámbito urbano como en el rural, bajo la dirección de autoridades civiles”. Así­ le quitaron a la Fuerza Armada su injerencia en esos menesteres, para someterla –de forma expresa y sin lugar a dudas– al poder civil. No fue el FMLN quien comenzó a revertir esto; el primer patrullaje conjunto de militares y policí­as se dio el 16 de julio de 1993. Año y medio exacto tras la firma del Acuerdo de paz de El Salvador, más conocido como el de Chapultepec, ARENA inició ese peligroso “viaje sin retorno”.

No obstante haberse opuesto a todo lo que proponí­a la derecha, siendo oposición, ahora que la izquierda es Gobierno está haciendo más de lo mismo pero en mayor cantidad y hasta de más baja calidad, quizás. De la “mano dura” pasaron a la “patada el pecho”. Cierto es que la delincuencia y la mortandad ya hace ratos rebasaron los lí­mites de lo tolerable, pero un Estado que se respete no puede saltarse la barda para combatir esos flagelos. Los militares salen fácil de los cuarteles, pero cuesta un mundo regresarlos a los mismos.

Eso y más le criticaron con saña a ARENA; pero hoy, con el poder polí­tico en las manos desde hace siete años, parece que ya sacaron a todos los uniformados “verde olivo” y hasta las reservas llamaron, en un desesperado intento por no perder las próximas elecciones. Recuerden que hace veinticinco años en México, señores y señoras “efemelenistas”, le agregaron una “declaración unilateral” al documento que firmaron junto al Gobierno de ARENA. No les parecí­a que la Fuerza Armada siguiese siendo definida en la Constitución como una “institución permanente”; por ello, dejaron constancia que entre las reformas que quedaban pendiente de hacer a la Carta Magna estaba una clave: la desmilitarización.

“Militarismo y democracia –afirmó Ignacio Ellacurí­a, el mártir que evocan “del diente al labio” como al beato Romero– son dos cosas excluyentes. A los militares no los elige el pueblo. Y en estos paí­ses, inmemorialmente y hasta el dí­a de hoy, hay un predominio enorme del peso militar sobre la vida civil […] A más larga distancia, para favorecer la democracia en Centroamérica, ¿qué deberí­amos hacer? Desmilitarizar la zona. Y, naturalmente, en eso va la ‘desarmamentización´ del área. Fí­jense que ventaja tendrí­a para la economí­a de estos paí­ses”. Fin de la cita. Entonces, ¿qué pasó? Contesten. A Ellacurí­a, acuérdense, lo mataron los militares y nadie los castigó. ¡Viva la impunidad! ¿Y qué?

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