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lunes, 29 de noviembre del 2021

Roque Dalton: No reflejar la realidad sino transformarla

Roque estaba convencido de que a los poetas revolucionarios no les debí­a interesar reflejar la realidad, sino transformarla.

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“En mi caso ha sido posible estructurar mi obra poética en el sino de una militancia polí­tica, o sea, me acostumbré a escribir en la clandestinidad. Pero evidentemente existe otro nivel. He tenido conflicto cuando he tenido problemas ideológicos. Cada vez que he experimentado una desgarradura, ha sido porque se me planteaba una contradicción entre una posición polí­tica y una posición ideológica expresada en literatura. En la medida en que pude superar mis debilidades en este terreno, di pasos hacia delante, en la medida en que no los pude superar, tengo aun conflictos”, le afirma Roque Dalton a Mario Benedetti en la ya famosa entrevista que luego serí­a recogida en ese indispensable libro que se llama Los Poetas Comunicantes.

Fue un largo camino el que este poeta salvadoreño recorrió -(proceso muy doloroso, con grandes contradicciones, con caí­das, retrocesos, recaí­das, avances, como él mismo lo dice en otra parte de la misma entrevista) desde La ventana en el rostro y El turno del ofendido (con su vital bisagra en Taberna y otros lugares) hasta Un libro rojo para Lenin pero sobre todo hasta Historias y poemas de una lucha de clases- para lograr, como dice el poeta cubano Ví­ctor Casaus, que militancia y poesí­a no sean dos oficios diferentes sino complementarios.

Historias y poemas de una lucha de clases se conoce comúnmente por el nombre de Poemas Clandestinos, tí­tulo que llevará en su edición mimeografiada de 1977, siendo este más largo el que el original. Tal vez colaboró a la confusión el hecho de que fue escrito completamente en la clandestinidad y que se valiera, para seguir en contacto con su pueblo, de cinco heterónimos que son referentes o dirigentes de la lucha de liberación nacional llevada a cabo, en esos tiempos, en El Salvador. Cada uno con una mirada diferente de la realidad que aqueja a su paí­s.

El primer apartado corresponde a Vilma Flores, bajo el sugerente tí­tulo de “Todos son poemas de amor”. En los pocos datos biográficos que Roque deja nos dice que ella abandona su carrera de Derecho para trabajar en una fábrica textil y, de esa forma, poder participar en la organización de la clase obrera de manera total. Allí­ Dalton nos habla de la moral poética, de la eficacia del poema, en épocas donde se le da oportunidad al Sistema para que se lo cobren dí­a a dí­a .  El tema de la plusvalí­a es tocado con esa ironí­a heredada tan justamente de Brecht y de cómo el sueldo de uno es el robo a dos.

Los oficios domésticos de la mujer le crean al hombre el tiempo para el trabajo socialmente necesario que no se le paga completo (la mayor parte de su valor se la roba el capitalista) sino sólo lo suficiente para que viva y pueda seguir trabajando, pago con el cual el hombre vuelve a la casa y le dice a la mujer que ái que vea cómo hace para que le alcance en la tarea de cubrir todos los gastos de los oficios domésticos.

Es una mirada románticamente dura, la de Flores, que se expresa en gran forma en “tercer poema de amor”

A quienes digan que nuestro amor es extraordinario porque ha nacido de circunstancias extraordinarias diles que precisamente luchamos para que un amor como el nuestro (amor entre compañeros de combate) llegue a ser en El Salvador el amor más común y corriente, casi el único.

El segundo apartado lleva la firma de Timoteo Lúe, estudiante de Derecho y dirigente indí­gena que participa en el levantamiento de 1932 (levantamiento cuyo derrotero habí­a dejado reflejado con el testimonio de Miguel Mármol en el libro que lleva ese nombre) Este joven viene a echar por tierra el famoso apotegma de Mallarmé, el cual sentenciaba que la poesí­a no se escribe con ideas. Es de su boca que Roque hace salir su famosa “arte poética 1974”:

Poesí­a perdóname por haberte ayudado a comprender que no estás hecho sólo de palabras

Jorge Cruz es el tercer heterónimo que Roque Dalton utiliza y pertenece a un dirigente católico que realiza su labor de concientización cristiano-revolucionaria entre los trabajadores rurales. Su forma de ver la fe queda expresada desde los tí­tulos (Poemas para salvar a Cristo, Sobre el negocio bí­blico) o en el trepidante poema “El credo del Che”

El Ché Jesucristo fue hecho prisionero después de concluir su sermón en la montaña (con fondo de tableteo de ametralladoras) por rangers bolivianos y judí­os comandados por jefes yankees”“romanos.

Lo condenaron los escribas y fariseos revisionistas cuyo portavoz fue Caifás Monje mientras Poncio Barrientos trataba de lavarse las manos hablando en inglés militar sobre las espaldas del pueblo que mascaba hojas de coca sin siquiera tener la alternativa de un Barrabás (Judas Iscariote fue de los que desertaron de la guerrilla y enseñaron el camino a los rangers)

Después le colocaron a Cristo Guevara una corona de espinas y una túnica de loco y le colgaron un rótulo del pescuezo en son de burla INRI: Instigador Natural de la Rebelión de los Infelices

Luego lo hicieron cargar su cruz encima de su asma y lo crucificaron con ráfagas de M”“2 y le cortaron la cabeza y las manos y quemaron todo lo demás para que la ceniza desapareciera con el viento En vista de lo cual no le ha quedado al Che otro camino que el de resucitar y quedarse a la izquierda de los hombres exigiéndoles que apresuren el paso por los siglos de los siglos Amén

Juan Zapata (otro estudiante, de sociologí­a, en este caso) es quien realiza una especie de “revisionismo del revisionismo” salvadoreño y en ese accionar se permite (entre otras cosas) dar un consejo para el pueblo de El Salvador

No olvides nunca que los menos fascistas de entre los fascistas también son fascistas.

Luis Luna (Zapata y Luna remiten a Mario Zapata y Alfonso Luna, dirigentes universitarios fusilados junto a Farabundo Martí­), estudiante de Arquitectura y posteriormente de Sociologí­a, de mirada filósofo-polí­tica profunda, llena de ironí­a y humor negro, cierra la lista de heterónimos. A él pertenecerí­an clásicos poemas como “Sólo el inicio”, “Cartita”, “El Salvador será”, y su mirada llega hasta latitudes y latidos cercanos:

No me extraña que calumnien  a la Honorable Junta Militar de Chile  los comunistas son así­ “¦  dicen que el General Martí­nez mató en menos de un mes  a más de treinta mil guanacos  Eso es una exageración:  los muertos comprobados no pasaron de veinte mil los demás  fueron considerados desaparecidos.

Dice Alfonso Quijada Urí­as: Uno de los grandes méritos de Roque Dalton es que supo con verdadero sentido creador y revolucionario, hacer suyo el lenguaje de su pueblo y acrisolarlo dentro de la más humana ternura. No fue algo premeditado, sino fruto del amor, el exilio, de la inconformidad, del dolor humano, ya que Dalton nació, creció y murió con ese lenguaje que aprendió en el barrio, en el bar, en la cárcel, en la universidad, en la casa de putas, en el partido, es decir en la vida misma.

Pero no se llega a esto de un solo salto. El mismo Roque cuenta en una entrevista que “en Chile, tras el consejo de un sacerdote de anotarme en la Universidad Nacional en vez de la Católica, tuve amigos comunistas, al principio sin saberlo, luego con conciencia, pero lo cierto es que pasé de ser un católico conservador a uno progresista, social cristiano. Comisionado por una revista de Chile en la que trabajaba, traté de hacerle una entrevista a Diego Rivera, en uno de sus malos momentos. Empezó a responder cortésmente las preguntas hasta que no sé por qué se le ocurrió preguntarme mi filiación polí­tica. Social cristiano, le dije. Entonces el me preguntó que cuántos años tení­a. Le dije que 18 años, entonces me preguntó si habí­a leí­do marxismo. Entonces yo le dije que no, entonces me dijo que yo tení­a 18 años de ser un imbécil y me echó. Quedé horrorizado, por supuesto. Pero después de salir y conocer lo que era Diego Rivera, empecé a investigar, y a estudiar marxismo. Por primera vez en la vida alguien me habí­a dicho que era un imbécil. Regresé a El Salvador con algunas lecturas marxistas, rudimentarias, logradas de una transformación que podrí­amos llamar poco seria, porque a nadie se le ocurre que haya una transformación seria de una ideologí­a por un incidente personal con una persona famosa, pero lo cierto es que pude descubrir mi paí­s, un paí­s desconocido, pude descubrí­ las contradicciones de clase, la miseria terrible, sus orí­genes, etc. Me sentí­ tan aterrado y responsable de muchas cosas, me sentí­ tan estafado por lo que me habí­an dicho antes, que simultanea y vertiginosamente empecé a derivar hacia la poesí­a y una posición marxista militante”.

En este libro más que en cualquier otro queda bien reflejado el pensamiento daltoniano de que su poesí­a como “fenómeno cultural no es una cosa aislada sino que ha surgido, sin tratar de lesionar la modestia, dentro de la historia de la literatura, dentro del desarrollo de las letras de un paí­s determinado, merced a una serie de influencias, de lecturas, a una serie de vivencias que han venido a concretar una obra que, según dicen, tiene matices personales”.

Después de todo, Roque, estaba convencido de que a los poetas revolucionarios no les debí­a interesar reflejar la realidad, sino transformarla.

Donativo a la Fundación Roque Dalton

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