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Los trenes de la muerte

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“Tantas almas perdidas en los trenes de la muerte”, refiere Benjamín Cuéllar, a los migrantes que cruzan fronteras a través de trenes, o de otros medios, y pierden su vida en el camino.

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Por Benjamín Cuéllar


De octubre del pasado año a mayo del presente, la suma total de personas detenidas por autoridades de los Estados Unidos en su frontera sur ‒provenientes de alrededor de 70 países‒ superó el millón y medio. En orden descendente el 60 % de las mismas eran mexicanas, guatemaltecas, hondureñas y salvadoreñas; el resto era población de otras muchas nacionalidades. De las primeras, que fueron mayoría, se registraron más de 560 000; entre nuestra paisanada, fueron 67 000 las capturas. De nada han servido la propaganda y la verborrea tanto de Andrés Manuel López Obrador como de Nayib Bukele, para frenar ese éxodo permanente; del extenso territorio enclavado en el norte continental y de nuestra pequeña comarca, es mucha la gente que “no se halla” y sigue optando por hacer hasta lo imposible para largarse, buscando llegar al “paraíso” estadounidense e instalarse en este a como dé lugar.

Quizás por falta de entendedera para analizar la realidad o por abundancia de picardía para manosearla, habrá quienes pretendan asegurar que acá estamos mejor que en México partiendo de la simple comparación de las anteriores cifras. Eso es algo que quizás remacharán al darse cuenta de que en medio se ubican Guatemala y Honduras, en segundo y tercer lugar respectivamente. Pero no es tan así la cosa, considerando el tamaño de la población de cada país. Proporcionalmente, la lista se trastoca e invierte casi del todo.

Aquellas personas hondureñas que huyeron de su país y fueron literalmente cazadas tan lejos del mismo pasaron a ocupar, entonces, el primer lugar; estamos hablando de 1360 migrantes por cada 100 000 habitantes. En cambio, las mexicanas aparecen ubicadas en el cuarto sitio con 434 y las salvadoreñas suben hasta el segundo con 1056; las guatemaltecas se mantienen en el tercer puesto, con 922. No se tiene la menor idea, independientemente de su lugar de origen, sobre las que no fueron atrapadas por la “migra” gringa y lograron coronar exitosamente su odisea. Como sea, de estos cuatro países la gente sigue huyendo a montones.

Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, la población total diseminada dentro de los Estados Unidos Mexicanos superaba en el 2020 los 126 millones de habitantes; acá, adonde hace década y media se realizó el último empadronamiento, la única referencia que se tiene para el año en curso es la proyección de la Dirección General de Estadística y Censos, la cual no alcanza los seis millones y medio. Esta y otras diferencias entre uno y otro país son enormes, pero las causas que originan el “gran escape” de ambos son las mismas.

El año recién pasado, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe ‒la CEPAL‒ publicó el documento denominado Plan de desarrollo integral para El Salvador, Guatemala, Honduras y el sur-sureste de México, cuyo objetivo principal es el abordaje “de las causas estructurales de la migración” desde estos hacia el norte del continente. Los “factores asociados” a dicho proceso ‒se asegura‒ “son la pobreza, la desigualdad, el desempleo y el impacto de los desastres naturales”. Agréguele el “significativo incremento” de la violencia. Dicho entramado “se ha ampliado y agravado por la pandemia de enfermedad por coronavirus”.

Ya que mencioné a López Obrador, cabe anotar que se acaba de reunir con Joe Biden en la Casa Blanca. Un día después de la reciente tragedia ocurrida en Texas este lunes 27 de junio, en la que fallecieron 53 personas migrantes que viajaban en un tráiler, el presidente mexicano la calificó como “una tremenda desgracia”. “Este caso ‒declaró‒ es una amarga prueba de que hay que seguir insistiendo en apoyar a la gente para que no tenga la necesidad de abandonar sus pueblos, para irse a buscar la visa del otro lado de la frontera”. A pesar de ese terrible e indignante escenario, parece que en el citado encuentro bilateral no se cosecharon mayores frutos.

Para El Salvador y su gobernante, valorando las diferencias antes señaladas entre ambos países, la muerte de dos connacionales en este terrible suceso también debería ser vista como “una tremenda desgracia”. Pero no. Que yo sepa, Bukele no se ha pronunciado al respecto. Si me equivoco, desde ya ofrezco disculpas. Pero más allá de eso, estando siempre las palabras encaramadas sobre los hechos, todo apunta a que mucha de nuestra gente seguirá ‒como canta Jaime López‒ poniendo “en juego su vida, apostándole a su suerte”, y continuarán habiendo “tantas almas perdidas en los trenes de la muerte”.

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Benjamín Cuéllar
Benjamín Cuéllar
Salvadoreño. Fundador del Laboratorio de Investigación y Acción Social contra la Impunidad, así como de Víctimas Demandantes (VIDAS). Columnista de ContraPunto.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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