viernes, 17 mayo 2024
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Escrito en una servilleta: De constitucionalistas, conspiradores y traidores

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"Ustedes, traidores de las luchas del pueblo, (...) le pusieron candados pétreos sin llaves para que el pueblo tenga las manos atadas" René Martínez Pineda.

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Por René Martínez Pineda.
X: @ReneMartinezPi1

Ustedes, patéticos modelos de lo siniestro con conocimiento de causa sin pausa, siempre han visto al pueblo como un lote de encomendados a los que hay que domar, engañar, cachimbear y someter con las leyes que, bien a verga con el pisto del pueblo, redactaron a imagen y semejanza de su pequeñísima y purulenta alma; ustedes siempre han visto al pueblo como un predio baldío en el que sus empleadores pueden hacer sus necesidades fisiológicas más asquerosas, esas chuquedades -como dice la gente- que muestran que son unos seres envilecidos por la avaricia que usa lociones caras para tapar tufos baratos.

Ustedes, herederos inconsultos de la Santa Inquisición a lo salvadoreño, hicieron de la Constitución un libro maldito para los pobres; un libro maldito que dicen que no se puede tocar, porque las cosas no deben cambiar; un libro maldito que contiene la receta de la amargura para el pueblo; un libro pétreo en el que ocultan la pobreza bajo el tapete de un sistema de gobierno intocable (porque intocables son los intereses de sus amos) y disimulan, con próceres de mentira y represiones de verdad, la sangre derramada que usaron como tinta indeleble.

Ustedes, famélicos sirvientes de lo pétreo que petrifica la injusticia social (ese diablo que deambula por las calles tarareando la maligna canción Las Cortadoras), olvidaron que sus ombligos los tienen enterrados en un pueblo que huele a flor de izote y a café de maíz, y, como coartada de su olvido, dicen que hicieron de las leyes unos garrotes contra el pueblo porque tenían hambre y les dolían los pies de tanto andar chuñas. Sí, dicen que fue por eso que traicionaron los intereses del pueblo para adorar, de rodillas, los intereses anales y anuales de los oligarcas.

Ustedes, constitucionalistas, conspiradores y traidores de manos óseas y cortes de pelo milimétricos, siempre han visto al pueblo como una piara de trabajadores que deben sudar, sufrir, aguantar y protestar, de vez en cuando, con carteles que ninguno de ustedes leerá; o como una manada de siervos que, a lo sumo, tienen derecho a mandarlos a la mierda en las cantinas de la dimensión desconocida del Zurita, o en la reunión familiar sin comida abundante, pues ustedes saben que los insultos no remueven a nadie del cargo ni le bajan el salario.

Ustedes, ignorantes notorios con histriónicas aspiraciones a ganar un Premio Nóbel; ustedes, conspiradores de la sangre de su gente, esa gente que tratan como algo inconstitucional; ustedes, traidores de las luchas del pueblo, están seguros de que han hecho el gran negocio de su vida al venderle su alma al diablo de la corrupción, a la que, servilmente, le pusieron candados pétreos sin llaves para que el pueblo tenga las manos atadas, y creen que el pueblo es un montón de pendejos sin poder, por eso se hicieron sirvientes de los que sí tienen poder… y mucho.

Y entonces, empezaron a redactar Constituciones -la misma, repetida trece veces- que sólo saben morder al pueblo; aceitaron los artículos pétreos para que se deslizaran, suavecito, entre las grietas del hambre y la nostalgia de lo que nunca ha sido; y esos artículos pétreos iban de los cafetales de los ricos a las espaldas de los pobres que, con dispensas de trámite, caían heridos mortalmente, día a día, año a año, siglo a siglo; esos pobres que tuvieron que aprender a trabajar con los huesos quebrados y el espíritu rompido; esas madres del pueblo que tuvieron que aprender a sufrir, en silencio, a través de las lágrimas de sus hijos… y entonces, porque los entonces son una necedad histórica, esos pobres que ustedes someten con una Constitución mortinata, dejaron de ser pueblo para ser una silueta difuminada por los artículos pétreos que ustedes, en sus carros del año, se inventaron en nombre de la estabilidad política de los partidos y la inestabilidad geográfica de la pobreza. Por supuesto que se cuidaron de no aclarar que, esa estabilidad que idolatran, es la estabilidad de la injusticia a flor de piel que ustedes, comiéndose la hostia de la traición, se creen con derecho a entronizar porque, en el espejo de la sala con piso de lapislázuli (para sentir que pisotean la bandera), se ven como los sacerdotes del apocalipsis que tienen por púlpito, la plusvalía absoluta; que tienen como vino de consagrar, la sangre del pueblo; que tienen como homilía, el recuento de los muertos a manos de la delincuencia; que pregonan como paraíso terrenal, el mínimum vital; y que tienen como Biblia, la Constitución que se reconstituye, a sí misma, con los glóbulos rojos de la anemia colgada en la cruz del pasado.

Ustedes, constitucionalistas, conspiradores y traidores, siempre han visto al pueblo como reses colgadas en el matadero del neoliberalismo en guerra contra los pobres; siempre lo han visto reventado por el 248 de la tortura perpetua; despellejado por el salario mínimo que está a años luz de su salario y de sus prestaciones sociales por prestarse al juego del victimario; ahogado en la inmundicia de la letrina abonera de las privatizaciones inconstitucionalmente constitucionales.

Pero las cosas cambian, aunque ustedes juren lo contrario -por la señal de la santa cruz- para no quedarse desarmados de argumentos pétreos y silabarios lógicos. Cuando alguien habló de cambiar la Constitución, les empezaron a temblar las patas, y le echan la culpa de tal sacrilegio al pueblo, por ignorante.

El punto es que ustedes -que de lejos se ven como guardias nacionales con saco y corbata- siempre han visto al pueblo como un grupo de tontos perdidos en el laberinto de los artículos pétreos, y hoy, que las dispensas de trámite tramitan -sin coyotes de por medio- una revolución constitucional, no se hagan los ofendidos, ni pongan cara de indignados, porque lo único indigno ha sido imponerle al pueblo unos candados sin llaves para que no pueda cambiar las cosas.

Ahora, que están viviendo su propio 10 de junio de 1820, los candados sin llaves los va a poner el pueblo en sus mentes pétreas para que no puedan salir los monstruos de la vieja sociedad… y los pondrán con dispensas de trámite, sólo por joder.

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René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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