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jueves, 28 de octubre del 2021

La tí­a Lola no está sola

Nunca lo estuvo, pero así­ la molestaban de niña el resto de sus hermanas y hermanos. Travesuras infantiles, aprovechando la rima. Pero entonces, tení­a su familia allá en el cantón San Pedro Agua Caliente, Verapaz, San Vicente; fue allí­ donde nació, creció, trabajó, se casó y se organizó en las filas del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRTC). En algún lado leí­ que según el  comandante “Miguel Mendoza”, Óscar Miranda, su hermana Sofí­a y ella ‒Dolores Hernández‒ fueron las mujeres decisivas para desarrollar el trabajo revolucionario en dicho departamento de la región para central salvadoreña.

La tí­a Lola fue capturada, pero no estuvo sola; con ella estaba el pueblo al que decidió entregar su vida y por el cual, al ser liberada, continuó luchando. Más adelante, la represión del régimen militar y la guerra ‒que alcanzó a su entorno familiar y se llevó a la cárcel a su hermana Sofí­a‒ la obligó a abandonar el territorio nacional. Nicaragua y Cuba fueron sus destinos, pero no viajo sola; lo hizo con hijos, hijas, sobrinas y sobrinos: ¡trece en total!

El retorno de la “expedición” al paí­s, el 17 de junio de 1992, fue con menos integrantes: nueve, incluida la tí­a Lola. Tampoco regresó sola. Y vení­a con una misión, a la cual le fue fiel hasta el final: encontrar sus seres queridos desaparecidos a la fuerza, por las fuerzas malévolas, y exhumar a quienes yací­an en fosas anónimas. Entre estos últimos estaba el legendario comandante “Camilo Turcios”, uno de sus hijos.

Alcanzar tal cometido podrí­a ser menos difí­cil que antes, pues habí­a terminado la guerra y al paí­s se le abrí­an las puertas para avanzar hacia la paz. En ese momento histórico, esta no debí­a ser algo lí­rico sino una aspiración a realizar mediante el respeto irrestricto de los derechos humanos; dentro de estos se encontraba lo que la tí­a Lola buscaba: verdad, justicia y reparación integral que como ví­ctima merecí­a.

Tampoco lo hizo sola. Dolor y reclamos suyos, era dolores y reclamos de tantas y tantas madres y demás familiares; a esa gente, la tí­a Lola nunca la dejó sola; la acompañó e inspiró siempre, transformando dolores y reclamos inmensamente humanos en poemas y canciones que recitaba y entonaba en el Monumento a la memoria y la verdad ‒en el Parque Cuscatlán‒ y en actividades organizadas por comités de ví­ctimas.

Esa lucha hasta ahora sigue vigente, porque el Estado les ha negado a las ví­ctimas saldar sus deudas. Entre las recomendaciones de la Comisión de la Verdad, cuyo informe fue publicado hace casi veinticinco años, estaba esta: “La construcción de un monumento nacional en San Salvador con los nombres de las ví­ctimas, identificadas”. No se cumplió. El del Parque Cuscatlán, es fruto de un enorme esfuerzo desde la sociedad, incluidas las organizaciones de ví­ctimas.

Tampoco ha habido reparación integral, no se decretó dí­a feriado nacional para recordar a las ví­ctimas ni se creó el Foro de la verdad y la reconciliación; el seguimiento internacional al cumplimiento de lo anterior fue nulo. Esas eran las recomendaciones de la Comisión de la Verdad para avanzar hacia la reconciliación nacional. No las asumieron, pese a que en el Acuerdo de México firmado el 27 de abril de 1991 las dos fuerzas enfrentadas militarmente entonces ‒que se han alternado el Gobierno en la posguerra‒ se comprometieron a “cumplir las recomendaciones de la Comisión”. ¿Es posible confiar en esas dos maquinarias electoreras? Seguro que no, ni en esta ni en otras materias.

La tí­a Lola no estuvo sola ni en su vela. Más allá de aquella gente que llegó por ser “polí­ticamente correcto”, abundó la que sí­ la querí­a de verdad. Para quienes hemos tenido y compartido el privilegio ‒no la suerte‒ de haber estado con ella en la intimidad del hogar junto con su hermana Sofí­a, tampoco nos dejó a solas. Nos queda su ejemplo a imitar y su compromiso para seguir adelante empujando esa causa: la de las ví­ctimas de antes y durante la guerra. Porque en esta “paz” de las cúpulas partidistas y de otros grupos de poder, también le desaparecieron un hijo inmediatamente después de la famosa “tregua” de marzo del 2012.

Tí­a Lola, hoy y siempre le cantaremos la letra del gran Silvio: “Madre, en tu dí­a, no dejamos de mandarte nuestro amor. Madre, en tu dí­a, con las vidas construimos tu canción (…) Madre, ya no estés triste, la primavera volverá, madre, con la palabra libertad”. Este es, tí­a Lola, mi humilde homenaje. 

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