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miércoles, 08 de diciembre del 2021

Crónica de aquel octubre fatal

El pasado jueves, 10 de octubre,  se cumplieron 33 años de uno de los más feroces terremotos, que registra la historia sísmica de El Salvador. Cuando faltaban diez minutos para las 12.00 m., un sorpresivo retumbo, seguido de una sacudida intensa, fue el inicio de la catástrofe.

La quietud de San Salvador fue interrumpida por el estruendo de un movimiento terráqueo, seguido del desplome de algunos edificios. Las calles se volvieron una locura y era violento el ir y venir de las personas, mientras los carros rodaban hasta en sentido contrario, por la desesperación y el deseo de huir de sus ocupantes.

Triste recuerdo. Como suceso pocas veces visto, altos edificios colapsando, casas convertidas en escombros; y lo más conmovedor: gritos sin explicación humana, expresando un dolor inenarrable por la casa u oficina destruidas, por el pariente o amigo soterrado, por el hijo o la madre desaparecidos… un perfecto cuadro de horror, quizás sólo imaginable por quienes hayan vivo una experiencia semejante.

Yo la viví. Y puedo afirmarlo con propiedad, por una experiencia un tanto similar vivida, el 3 de mayo de 1965, durante mi trabajo periodístico, en el campo radial:

El 3 de mayo de 1965, hace justamente 54 años, ocurrió un sismo de iguales características, siempre con mayor incidencia en la zona metropolitana de San Salvador.

Como periodista, responsable entonces del área de Prensa de YSU Radiocadena, con mi equipo de periodistas dimos cobertura completa de principio a fin -desde las 5.05 am en que inició el evento, hasta pasados unos días cuando finalizó- pues, como dato histórico, la emisora YSU Radiocadena, por alguna razón que no recuerdo, fue la estación piloto, y única que estuvo al aire durante el evento.

Aquella fue también una experiencia dolorosa, dantesca… igual o semejante a las vividas posteriormente por los salvadoreños, durante los terremotos de octubre de 1986 y los de principios de este siglo (13 de enero de 2001), con el agravante de que entonces no se contaba todavía con los avances técnico-científicos de ahora.

Vuelto al comentario sobre el terremoto del 10 de octubre de 1986, pasadas algunas horas del fatídico día, San Salvador y sus alrededores seguía bajo la presión del pánico, a pesar de la importante labor de asistencia que, en todas las áreas, se trataba de proporcionar. También, fue evidente la expresión solidaria que, manifestada de diferentes maneras, vino a tiempo para iniciar el rescate de personas soterradas o lesionadas y la limpieza de los escombros..

Como mayor punto de referencia del sismo de aquel octubre fatal, el edificio Darío, ubicado al poniente del Parque Hula Hula, en el centro de San Salvador, se desplomó, convirtiéndose temporalmente en una especie de tumba fría para quienes perecieron y para varios soterrados, quienes, afortunadamente, fueron rescatadas después de varias horas.

 En El Salvador debe llamar a la reflexión, para alerta y prevención, a la ciudadanía y, sobre todo, a las autoridades correspondientes, por la frecuencia sostenida con que se han registrado estos eventos sísmicos en las últimas décadas, como en ciclos que parecen definidos  (1965, 1986, 2001…).

Necesario es también reiterar el llamado a la toma de conciencia de la población, para contribuir a preservar el ya deteriorado medio ambiente; bien combatiendo la innata vocación depredadora en la tala de los últimos árboles que quedan y evitando las quemas, la pesca irracional y la cacería indiscriminada de la fauna silvestre, entre otras.

También, y a partir de que la realización e incidencia de estos fenómenos, es imperativo que los gobiernos den prioridad -como es evidente que muchos lo hacen- a acciones permanentes de monitoreo y de acción preventiva, ante posibles desastres. Hoy los avances en la ciencia y la tecnología lo permiten; es cuestión entonces de voluntad política y de verdadero compromiso de servicio a la sociedad.

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