Por Dr. Víctor Manuel Valle Monterrosa
Ha habido muchas maneras de referirse a la mega infamia cometida en San Salvador, el 24 de marzo de 1980, al darle muerte a Monseñor Oscar Arnulfo Romero: asesinato, martirio, magnicidio. Y mucho se ha escrito sobre ese nefasto episodio de la historia universal que acabó con la vida de un líder espiritual de pueblos valiente y sencillo.
El dramaturgo costarricense Samuel Rovinski (1931-2013) escribió una obra teatral titulada “El Martirio del Pastor”, cuyo texto literario fue publicado por EDUCA, Costa Rica, en 1987 y la obra fue puesta en escena varias veces en ese país. Inexplicablemente, esa obra nunca ha sido presentada en El Salvador.
Un Arzobispo en pleno ejercicio de su función religiosa, celebrar misa, ha ocurrido solamente en dos ocasiones desde que surgió el cristianismo y lo que ahora es la fe católica.
El Arzobispo de Canterbury, Tomas Becket, fue asesinado cerca del altar en 1170, por sicarios al servicio del Rey Enrique II, cuando aún los ingleses no se habían separado de la Iglesia Católica para formar la Iglesia Anglicana.
El Arzobispo de San Salvador, Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, fue asesinado por un sicario de un operativo cuyo gerente principal fue Roberto d´Aubuisson Arrieta; pero en el que el equivalente a Enrique II permanece en lo incógnito.
Los saldos históricos de ese asesinato son conocidos: El Salvador tiene en Monseñor Romero una vida ejemplar que es universal, santo de la Iglesia Católica, ubicuo en muchos lugares con nombres de calles, plazas, esculturas, murales y monumentos y un cúmulo de mensajes “para que la esperanza no muera” y siempre haya lugar para vislumbrar en el horizonte una utopía de libertad, justicia y bienestar para todos.

Algunos rasgos de la vida de Monseñor Romero, San Romero de América para los pueblos o San Oscar Arnulfo Romero para la Iglesia Católica, merecen recordarse como fuente de inspiraciones: sencillo, austero, valiente, empático con los de abajo y los sufrientes.
Su sencillez se reflejaba en su manera de vestir y hablar. A pesar de su alta investidura de acostumbrada opulencia y de su sólida formación como humanista, él siempre vistió con sencillez y habló al pueblo sin rebuscamientos. Su austeridad ejemplar se reflejó en dónde y cómo vivía en un espacio del Hospital Divina Providencia, de San Salvador, para enfermos terminales, donde hay dolor y solidaridad humana en un ambiente con sencillez, decoro y dignidad.
La valentía de Monseñor Romero es proverbial y sin ninguna duda. Rechazó protecciones especiales y no limitó sus movimientos, pese a que el monstruo de los escuadrones, demonios exterminadores de bondades, estaba desbocado y lo había amenazado. Su valentía consistió en no dejar que el miedo a la muerte le impidiera el cumplimiento de su misión de líder y pastor espiritual de un pueblo que clamaba por justicia.
La empatía con los de abajo y los sufrientes se expresó en el contenido de sus homilías y en acciones concretas como albergar, en los templos a su cargo, cadáveres en velación después de haber sido asesinados en la orgía de sangre que desataron los enemigos del pueblo y su dignidad. Hace 46 años ocurrió el asesinato de Monseñor Romero que al matarlo buscó la extinción de su valiente y lúcida vida; pero lo convirtió en perenne fuente viva de inspiración para quienes, en el mundo y por supuesto en El Salvador, luchan por una humanidad mejor, con justicia, dignidad y libertad para todos y cuya construcción nunca termina, precisamente porque aún hay impulsores de guerras e injusticias que destruyen vidas humanas y países. Gloria eterna a Monseñor Romero.


