Por Francisco de Asís López Sanz
El 21 de abril ofrece una ocasión propicia para recordar a una figura singular, a medio camino entre la aventura y la erudición: Pedro Páez, jesuita, viajero y observador minucioso de tierras lejanas. Su nombre, durante siglos relegado a notas al pie de la historia, merece en la actualidad una recuperación más justa, no solo por su papel en la identificación de las fuentes del Nilo Azul el 21 de abril de 1618, sino también por su legado intelectual y arquitectónico en Etiopía.
Nacido en 1564 en la antigua Olmedo de las Cebollas, hoy conocida como Olmeda de las Fuentes (Madrid), Páez encarna el espíritu inquieto de su tiempo. Fue más que un misionero: destacó como cronista, lingüista, diplomático y hombre de amplios conocimientos técnicos. Su llegada a Etiopía no fue sencilla; atravesó cautiverios y largos viajes antes de integrarse en la corte etíope, donde acabó ganándose el respeto de las élites locales. A diferencia de otros europeos de su época, no se impuso, sino que observó, aprendió y describió con rigor.
Para comprender su trayectoria es necesario situarla en un contexto más amplio. Los jesuitas llegaron a Etiopía bajo la protección del rey de Portugal, en una época en la que este reino ejercía una notable proyección marítima y comercial. Etiopía, por su parte, era considerada el segundo país oficialmente cristiano del mundo desde el año 327, solo por detrás de Armenia. La presencia jesuita respondió, en parte, a la petición del propio emperador etíope, preocupado por la creciente influencia musulmana en la región.
Las rutas que seguían estos religiosos reflejan la temprana globalización de la época. Navegaban hasta Goa, enclave clave del imperio portugués en Asia, y desde allí continuaban hacia destinos tan diversos como China, Japón o la propia Etiopía. En este último país, su presencia se extendió entre 1555 y 1632, en un periodo marcado por tensiones religiosas y políticas.
Uno de los episodios más significativos fue la conversión al catolicismo del emperador Susenyos, un hecho que, lejos de consolidar la posición jesuita, generó fuertes conflictos con la Iglesia ortodoxa etíope. Las tensiones derivaron en enfrentamientos, rechazo social y, finalmente, en la expulsión de los jesuitas en 1632. Este desenlace marcó el fin de una etapa intensa, pero dejó tras de sí huellas profundas.
Entre ellas, destacan los restos arquitectónicos de construcciones jesuitas, que incorporaron técnicas europeas junto a influencias mongolas e indias, fruto de la participación de trabajadores y maestros de obra procedentes de Goa. Este cruce de saberes dio lugar a edificaciones singulares, sobre todo en la antigua capital imperial de Gondar y en torno al lago Tana, en el corazón del país, donde aún pueden rastrearse vestigios de aquel encuentro entre culturas, materiales y formas de construir.

Sin embargo, el paso del tiempo, la falta de conservación y el olvido institucional han llevado a muchos de estos edificios a un estado de deterioro progresivo. La memoria de esta presencia, vinculada tanto a España como a Portugal, ha quedado en gran medida desatendida. Resulta paradójico que un legado de tal relevancia continúe en gran medida olvidado y desatendido.
En este contexto, cabe señalar que, durante un periodo de trabajo sobre el terreno entre 2017 y 2021, cuando desempeñé funciones como coordinador de la cooperación española en el país, reimpulsé la financiación española destinada a la recuperación de estos restos arquitectónicos jesuitas. En ese proceso, tomó forma también la idea de un proyecto más ambicioso: aprovechar ese patrimonio como base para un eventual centro de formación de la cooperación española —o incluso de la Unión Europea— vinculado a la Unión Africana. Una iniciativa que, más allá de la rehabilitación material, habría contribuido a reforzar los lazos entre Europa y África y, en cierta medida, a hacer justicia a la labor de Pedro Páez y de otros ilustres jesuitas europeos en esa región del mundo.
Recuperar la memoria de Pedro Páez implica no solo reconocer sus méritos como explorador y escritor, sino también reflexionar sobre un capítulo compartido de la historia global. Un capítulo que, pese a su relevancia, continúa en gran medida olvidado y desatendido.


