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miércoles, 12 de mayo del 2021

Aritmética pura, realidad dura

Conversando con un colega argentino uno de estos dí­as, irremediablemente hubo que abordarla. No valió, para nada, intentar fintarla. Fue inevitable, imposible. La situación se impuso: hubo que hablar del pan nuestro de todos los dí­as: la violencia. El indicador para retratarla con mayor crudeza, el que está más a flor de piel, obviamente es el de la mortandad. Homicidios y feminicidios con ví­ctimas de todas las edades, pero en su mayorí­a de un único grupo social: el de quienes viven en condiciones de mayor vulnerabilidad. Le conté que en enero, febrero y marzo del presente año el promedio fue de veintitrés y abrió los ojos, para exclamar sorprendido: “¡Ché! ¿A la semana?” “No… al dí­a”, le dije. Quedó más desconcertado. Por eso le aclaré que en abril bajó a “solo” doce. “¿Y qué? ¿Con eso me querés presumir?”, replicó. 

“Mal de muchos, –dicen– consuelo de tontos”. Quizás por ello y por solidaridad, más sosegado pero siempre con su clásico acento, el camarada porteño se refirió a su tierra. “La casa del encuentro”, organización argentina que apoya a mujeres ví­ctimas de violencia en sus hogares, informó que entre el 2008 y el 2014 ocurrieron allá 1,808 feminicidios. Como recién habí­a conocido la información de la Organización de Mujeres Salvadoreñas por la Paz (ORMUSA) y la tení­a fresca, me animé a darle  unos datos: del 2010 al 2015 fueron 2,521 acá. En un año menos que allá, acá hubo 713 más. Una simple resta y ya. 

La aritmética también estableció que allá promediaron siete ví­ctimas cada diez dí­as; acá, la misma cantidad pero en menos dí­as: seis. Solo que las mujeres argentinas en el 2012, superaban los veintiún millones; las salvadoreñas no llegaban, entonces, a tres millones trescientos mil. Pero las violaciones de derechos humanos, más cuando se arrebata la vida, no se valoran con calculadora en mano. Se lamentan una a una, porque se trata de la muerte de una persona con dignidad propia, amada por su familia y apreciada por sus amistades. Familia y amistades quedan con la mezcla de una profunda tristeza, un enorme dolor y una legí­tima indignación; también con razones ciertas para temer. 

Eso ocurre abajo entre las mayorí­as populares; es parte de su calvario cotidiano. Allá arriba, Temer es otra cosa. Es el polí­tico carioca que hoy “usurpa” la silla de la Dilma; es el “traidor” que encabeza un Gobierno provisional porque, lo dijo el profesor en su cátedra del sábado 14 de mayo recién pasado, es fruto de “una manipulación polí­tica”. Toda la gente que asistió ese fin de semana al “Festival del buen vivir”, versión guanaca del “Aló presidente” venezolano, escuchó a Salvador Sánchez Cerén decir eso; también la que lo aplaudí­a a sus espaldas, la que lo sintonizó en alguna emisora y quienes lo vieron en televisión. Toda esa gente lo oyó decir que pedirí­a a su embajadora –”nuestra” fue la palabra que ocupó– regresar al paí­s. 

El anterior no tuvo vocero oficial conveniente y convenenciero; para qué, si él se bastaba solo y sobraba hasta para regalar. Pero este sí­. De ahí­ que el locuaz Eugenio Chicas, confirmara lo que dijo su jefe el mencionado sábado. Pero fue más allá.  Tras el comunicado oficial brasileño, recordando las “intensas relaciones económicas” bilaterales y la condición de El Salvador como “mayor beneficiario” de su cooperación técnica en Centroamérica, Chicas –”í­ntegro” como el que más– declaró: “¡No pasarán!” No, perdón; esos eran los sandinistas de antaño. Chicas pontificó así­: “La cooperación no puede ser utilizada como herramienta polí­tica para chantajearnos en materia de principios democráticos. Este Gobierno, este pueblo salvadoreño, tiene un enorme sentido de dignidad”.

Que el pueblo tiene tamaña dignidad, seguro que sí­. Por eso luchó tenaz y valientemente hasta que lo embaucaron con el cuento del “Chapulí­n colorado”. Pero, ¿el Gobierno? Antes que “el gallo cantara tres veces”, vino su reculada y la “chimoltrufiada” aquella: “No nos hágamos tarugos, pos ya sabes que yo como digo una cosa digo otra. Pues si es que es como todo, hay cosas que ni qué, ¿tengo o no tengo razón?”. 

Ahora resulta que nadie dijo que no reconocerí­an a Temer como presidente provisional; más aún, sin hacerse cargo, Sánchez Cerén aseguró que El Salvador no habí­a “planteado el rompimiento de relaciones con Brasil”. Cierto, El Salvador no; pero Salvador, el profesor, sí­. Toda la gente lo oyó. Además, hay un comunicado de “su” Cancillerí­a sosteniendo que “su” Gobierno “no reconoce al llamado Gobierno provisional del Brasil”. Pero, al final, terminó temiendo algo: que Temer le cortara “su” cooperación brasilera. Así­, Eugenio –”su” vocero– terminó achicado. 

Hay, pues, aritmética de la muerte y aritmética de los dólares. Pero hay otra y esa es, verdaderamente, la más poderosa. El 3 de junio del 2015 marcharon y se concentraron en varias ciudades argentinas miles y miles de personas, en una multitudinaria demostración de fuerza popular, de justa indignación y de total repudio a la violencia contra la mujer. La consigna “ni una menos” convocó también a profesionales y polí­ticos, artistas y activistas de derechos humanos, periodistas y deportistas… Todo el mundo acudió al llamado. 

Esa es la aritmética de la gente que lucha en defensa de sus derechos y que los reclama acumulando poder, haciéndolo sentir con imaginación y pasión más que con “misión” y visión”. Es la aritmética de sumar esfuerzos para multiplicar resultados, derrotando así­ a quienes solo restan y dividen. Eso es lo que hace falta acá para cambiar esta dura realidad: que la gente pase del “pueden” al “podemos”, del “hagan” al “hagamos”. No hay de otra. ¿Es ese el camino? Como dirí­a la “Chimoltrufia”: “Claro que por supuesto que desde luego que sí­”. Entonces, que ni derechas ni izquierdas nos sigan viendo la cara. Mejor, ¡vamos a andar!

Benjamín Cuéllar
Benjamín Cuéllar
Salvadoreño, Fundador del Laboratorio de Investigación y Acción Social contra la Impunidad, así como de Víctimas Demandantes (VIDAS). Columnista de ContraPunto

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