spot_img
spot_img
jueves, 06 de mayo del 2021

Alma en pena

Una vez estaba volando de Costa Rica hacia México, era como las once de la noche, las luces del avión estaban apagadas y apareció un alma en pena con una candela encendida caminando por el pasillo

spot_imgspot_img

Estaba sentado en una mesa en un restaurante de la zona del Centro Comercial San Luis, son las siete de la noche de un dí­a viernes. Los otros restaurantes de la zona ya están bastante llenos, porque realmente son chupaderos; pero este en particular ha pretendido distinguirse ofreciendo platillos delicados de tipo europeo, tragos preparados, variedad de postres y de refrescos naturales, por supuesto que uno puede pedir una cerveza nacional o un ron nicaragí¼ense. Los propietarios son una pareja muy feliz, un salvatrucho muy corpulento y una alemana muy bella; ella trabaja como cooperante en comunidades rurales; precisamente en la parte lateral del local, hay un espacio en el que se exponen para su venta varios productos artesanales de esas comunidades.

A esta hora vienen algunos intelectuales, poetas, novelistas, directores y actores de teatro, turistas extranjeros, que escriben o reflexiones en solitario o comentan en voz baja la producción de otros creadores o lo que le llamó la atención de los lugares visitados ese dí­a. Normalmente la barra es atendida por una bella amiga, que entretiene con su conversación de tintes académicos, a los clientes solitarios que ocupan algunos de los bancos para hablar de sus penas, frustraciones, alegrí­as, enfermedades y proyectos.

Hay un momento en que todo el comportamiento de los parroquianos se modifica o se trastorna, es cuando entra mi gran amigo, uno de los mejores pintores del paí­s, con una educación enciclopédica aunque nunca estuvo en una universidad, una actitud crí­tica ante todo lo existente y una voz sonora que aumenta de volumen a medida que ingiere más cervezas.

Todaví­a no ha llegado mi amigo pintor, le gusta sentarse en la barra, conversar con la administradora del negocio, con otros clientes que llegan a confesarse con ella, y si es posible con algún conocido que silenciosamente está leyendo el diario o un libro en alguna de las mesas.

La música es delicada y a bajo volumen; la iluminación es variada, en algunas mesas se puede leer y en unos muebles de sala, que están en un lugar un poco apartado, es lo suficiente oscuro como para jugar a las manitas sudadas, besar delicadamente al ser amado, o acariciar alguna de sus partes más sensibles.

Solo habí­a otros dos clientes; el mesero y la cocinera posiblemente estaban chambriando en la cocina; muy lejanamente escuchaba la confesión del pobre pecador apoyado en la barra que hablaba al oí­do de mi bella amiga que administraba el local. En ese momento aparté la vista de la novela de la Isabel Allende, que me tení­a atrapado desde hace unos tres dí­as, observé que un señor de unos cincuenta años, vestido de traje completo de color oscuro a la usanza de los años cuarenta, vení­a caminando desde la cocina, pasó cerca del confesionario, caminaba hacia la puerta de salida; en ese momento mi bella amiga me dijo que si querí­a otra cerveza, yo le respondí­ afirmativamente con un movimiento de cabeza y una media sonrisa, cuando miré hacia la puerta el señor ya habí­a salido.

En ese momento me acordé que un dí­a Lunes, como a las diez de la noche, en que casi todos los locales comerciales ya están cerrados y muy pocas personas caminan por las aceras, me encontré a ese mismo señor en la acera de este restaurante, vení­a acompañado de una niña como de seis años y vestido floreado; yo querí­a entrar al restaurante, habí­a dejado de caminar para que el señor y la niña pasaran frente a mí­; pero el señor también dejó de caminar, me preguntó si conocí­a ese restaurante, le respondí­ que sí­, entonces me dijo “si ve a Marisela dí­gale que yo estoy bien, que no se preocupe, que ya me acostumbré a esta vida y que he tenido la dicha de encontrarme con esta niña tan linda”, se despidió ceremoniosamente. Yo entré al restaurante y me dirigí­ directamente al confesionario (la barra), saludé a mi bella amiga y le pregunte quién era la tal Marisela; ella me preguntó porque preguntaba por esa persona y yo le conté mi encuentro con el señor y la niña. Ella puso una expresión de mucho miedo, sus párpados subieron hasta el lí­mite y yo pude disfrutar de ver sus bellos ojos en toda su expresión, guardó silencio por unos segundos y me dijo “ese señor murió hace como cuarenta años, la tal Marisela era su hija, es la dueña de esta  casa, vive con su hijo menor en la Colonia Costa Rica”; puso una cara como si el llanto brotarí­a pronto, pero se contuvo y expresó: “yo lo he visto varias veces a ese señor pasar aquí­ frente a mí­, algunos clientes lo han visto y me han preguntado quien es esa persona y yo les he dicho que es un señor que vive en una habitación interior para que no sientan miedo”.

Cuando yo era pequeño sentí­a pánico cuando veí­a espantos o escuchaba los relajos que armaban en mi casa; mi madre también los veí­a y escuchaba, pero ella se poní­a a putearlos y si seguí­an jodiendo me decí­a que rezáramos un rosario. Luego me fui acostumbrando, hay veces que se sientan a mi lado a ver televisión, o me observan con ternura desde las gradas que conducen al segundo piso; otras veces los veo sentados junto a mis alumnos en la universidad; una vez estaba volando de Costa Rica hacia México, era como las once de la noche, las luces del avión estaban apagadas y apareció un alma en pena con una candela encendida caminando por el pasillo, cuando pasó a mi lado yo traté de apagarle la candela con un fuerte soplido, pero la llama ni se movió.

spot_imgspot_img

También te puede interesar

spot_img

Últimas noticias