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sábado, 24 de julio del 2021

Visité el campo socialista siendo un estudiante derechista

Tení­a veinte y un años, junto a otros dirigentes estudiantiles de izquierda hablamos con el Dr. Fabio Castillo Figueroa,  para lanzarlo como candidato a Rector de la UES por el sector estudiantil.

Me integré al comité preparatorio del Festival Mundial de la Juventud, a celebrarse en Finlandia; realizamos actividades sociales y culturales para recolectar fondos, le hicimos propaganda al evento en el marco de las luchas populares en que estábamos participando; fui seleccionado para asistir a ese festival juvenil; viajé por tierra durante cinco dí­as a la ciudad de México, me alojé en un hospedaje de mala muerte, a tres cuadras  del monumento conocido como El íngel.

El encargado de relaciones internacionales de AGEUS (Tomás Guerra, comunista) me habí­a dicho que mi contacto en México era el representante del Partido Comunista Salvadoreño en ese paí­s, el cual me ayudarí­a a tramitar mi viaje a Cuba, que debí­amos encontrarnos a las once de la mañana, en un hotel de tres estrellas que quedaba a tres cuadras del monumento a El íngel,, a partir del sexto dí­a de mi salida de El Salvador; siguiendo esas instrucciones, desde el dí­a siguiente de haber llegado a ciudad de México y durante una semana, caminé todos los dí­as hasta ese hotel, me sentaba en la sala de estar de las diez a las doce del dí­a; hasta que finalmente llegó mi enlace y comenzamos los trámites de visa y de conseguir el vuelo aéreo gratis hacia Cuba.

Mientras esperaba en México, me llegó un cable (telegrama transmitido mediante un cable submarino) en donde me informaban de mi nombramiento como representante de AGEUS en la Asamblea Mundial de la Unión Internacional de Estudiantes (UIE), a realizarse en Leningrado en la mera Unión Soviética, una semana después del Festival de la Juventud.

A mi llegada a Cuba, me estaba esperando un dirigente estudiantil de la Universidad de la Habana; me alojaron en un Hotel de tres estrellas y sólo salí­a para visitar bibliotecas en esa universidad e ilustrarme sobre las caracterí­sticas de la Unión Internacional de Estudiantes, así­ como el consulado de la Unión Soviética para tramitar mi visa.

Una semana después de mi llegada me subieron en un barco militar soviético, que habí­a participado en la Segunda Guerra Mundial; mientras viajábamos me integré al conjunto de baile de los cubanos y al coro de los  guatemaltecos. Fui de los pocos estudiantes latinoamericanos (doscientos setenta) que no se mareo en la travesí­a, porque al almuerzo sólo comí­a una sopa de col fermentada (el curtido salvadoreño).

Llegamos a Leningrado en la Unión Soviética, nos alojaron en un cuartel para jóvenes estudiantes que hací­an su servicio militar; al dí­a siguiente nos condujeron en seis buses hacia Helsinki, la capital de Finlandia; cuando llegamos al edificio en que nos alojaron, esperaban unas treinta muchachas estudiantes de secundaria, todas ellas muy bellas, para darnos la bienvenida; a una de ellas le caí­ bien, de sólo diez y seis años pero mucho más alta que yo, nos entendimos con mi ingles macheteado y se convirtió en mi guí­a personal durante toda la semana del Festival, causando la envidia de todos los nuevos amigos latinoamericanos que habí­a hecho durante el viaje desde Cuba; ella me invitó a cenar en casa de sus padres y me regaló un osito de peluche, el problema fue el dí­a del cierre del Festival, pues ella pasó llorando las cuatro horas del acto de clausura. Como representante de El Salvador, participé disciplinadamente en foros cientí­ficos, actividades artí­sticas y sociales.

En la Asamblea de la UIE mantuve una posición a favor de la lucha revolucionaria de los estudiantes pero sin recurrir a las armas; me entrevistaron para la televisión soviética y también canté con la delegación estudiantil guatemalteca la canción “Luna de Xelajú” en la televisión local.

Debido a mi actuación destacada en la Asamblea de la UIE, fui invitado por la Juventud Comunista a visitar otras partes de la Unión Soviética, aceptando un viaje de estudio por la región de los Uzbecos, por considerat que era la parte menos desarrollada de la Unión Soviética; en ese viaje tuve la suerte de tener como compañero a Roberto Carlos, brasileño, estudiante de Economí­a, cantante, miembro del Partido Comunista y máximo dirigente de los estudiantes universitarios, hicimos una buena amistad durante las tres semanas en la que visitamos cuatro estados con población de ascendencia curda, nos entrevistamos con las máximas autoridades de la cuestión económica y educativa, elaboramos un informe de treinta páginas en que hicimos fuertes crí­ticas a la polí­tica soviética, ganándonos una fuerte reprimenda de parte de un alto dirigente de la Juventud Comunista de la Unión Soviética (el cual tení­a como de cincuenta años de edad).

Me dirigí­ a Praga, Checoeslovaquia, en donde tení­a su oficina la UIE en viaje de regreso a El Salvador, pero me lo impidió la crisis de los cohetes en Cuba, me tocó esperar varias semanas que invertí­ en conocer Praga y visitar las capitales de Austria y Rumaní­a, junto con un nuevo amigo, un estudiante peruano que hablaba bastante bien el alemán.

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