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jueves, 13 de mayo del 2021

Una polí­tica tóxica contra una economí­a mejor

La relación entre la polí­tica y la economí­a está cambiando. Los polí­ticos de los paí­ses avanzados están trabados en conflictos absurdos y a menudo tóxicos, en vez de seguir las recomendaciones de cada vez más economistas que coinciden en el modo de poner fin a este largo perí­odo de crecimiento escaso y desigual. Hay que revertir la tendencia antes de que paralice estructuralmente al mundo avanzado (y se engulla también a las economí­as emergentes).

Obviamente, que haya desacuerdo entre los polí­ticos no es nada nuevo. Pero hasta hace poco, se suponí­a que si los economistas profesionales llegaban a un consenso tecnocrático en relación con determinadas medidas, la dirigencia polí­tica prestarí­a atención a sus recomendaciones. Incluso si partidos polí­ticos más radicales trataban de impulsar una agenda diferente, otras fuerzas poderosas (ya se trate de la capacidad de persuasión de los gobiernos del G7, los mercados de capitales privados o las condiciones para obtener crédito del FMI y el Banco Mundial) se encargarí­an casi siempre de asegurar el triunfo final de la estrategia consensual.

Por ejemplo, en la última década del siglo que pasó y la primera del actual, las polí­ticas de gran parte del mundo se guiaron por el denominado Consenso de Washington. Todos los paí­ses (desde Estados Unidos hasta una multitud de economí­as emergentes) aplicaron polí­ticas de libre comercio, privatización, mayor uso de mecanismos de precios, desregulación del sector financiero y reformas fiscales y monetarias con un fuerte énfasis en el lado de la oferta. Los organismos multilaterales adoptaron el Consenso de Washington y así­ ayudaron a difundirlo e impulsar un proceso general de globalización económica y financiera.

Algunos gobiernos que fueron surgiendo (en particular los liderados por movimientos heterodoxos llegados al poder de la mano del malestar de las poblaciones locales y su desencanto con los partidos tradicionales) a veces no coincidí­an con la pertinencia y adecuación del Consenso de Washington. Pero como demostró el presidente brasilero Luiz Inácio Lula da Silva con su famoso giro polí­tico de 2002, el consenso prevaleció casi siempre. Y todaví­a dominaba unos dos años atrás, cuando el primer ministro griego Alexis Tsipras ejecutó un giro de 180 grados igualmente notable.

Pero tras años de crecimiento inusualmente lento y asombrosamente no inclusivo, el consenso se está viniendo abajo. Los ciudadanos de los paí­ses avanzados están desencantados con un “establishment” (que incluye a “expertos” económicos, lí­deres polí­ticos tradicionales y empresas multinacionales dominantes) al que cada vez más consideran culpable de sus penurias económicas.

Los movimientos y las figuras antisistema supieron subirse a este desencanto, usando una retórica inflamatoria e incluso belicosa para obtener apoyo. Ni siquiera tienen que ganar elecciones para alterar el mecanismo de transmisión entre la economí­a y la polí­tica. Sirve de prueba lo sucedido en junio en el Reino Unido, con la victoria del voto por el Brexit, decisión que fue un desplante al consenso amplio de los economistas en el sentido de que lo mejor para Gran Bretaña era quedarse en la Unión Europea.

El referendo se dio por una única razón: en 2013, el entonces primer ministro David Cameron temí­a quedarse sin suficiente apoyo del Partido Conservador en la elección general de aquel año. Así­ que prometió un referendo para congraciarse con los votantes euroescépticos. ¿A qué se debí­a el temor de Cameron? A la sacudida polí­tica provocada por el Partido de la Independencia del RU, un grupo antisistema que al final sólo obtuvo un escaño en el Parlamento y luego terminó acéfalo y en desbandada.

Pero ya es imposible detener lo que se echó a andar. En el reciente congreso anual del Partido Conservador, los discursos de la primera ministra Theresa May y de miembros de su gabinete revelaron la intención de ir por un Brexit “duro”, lo que supone desmantelar acuerdos comerciales que dieron buenos resultados a la economí­a. También incluyeron ataques a las “élites internacionales” y crí­ticas a las polí­ticas del Banco de Inglaterra que fueron fundamentales para estabilizar la economí­a británica inmediatamente después del referendo y de tal modo dieron al nuevo gobierno encabezado por May tiempo para formular una estrategia coherente para el Brexit.

Otras economí­as avanzadas experimentan procesos polí­ticos similares. En Alemania, el partido ultraderechista Alternative fí¼r Deutschlandobtuvo un resultado sorprendentemente bueno en las últimas elecciones de los estados, que ya parece afectar el rumbo del gobierno.

En Estados Unidos, aun si la campaña presidencial de Donald Trump no logra poner otra vez a un republicano en la Casa Blanca (posibilidad cada vez más probable, ya que en el último giro de esta elección altamente inusual muchos lí­deres republicanos repudiaron al candidato de su partido), es probable que su candidatura deje una impronta duradera en la polí­tica estadounidense. En Italia, si el referendo constitucional de diciembre (una apuesta arriesgada del primer ministro Matteo Renzi para consolidar el apoyo a su gobierno) no se gestiona bien, podrí­a explotarle en la cara (lo mismo que el referendo de Cameron), lo que causarí­a una conmoción polí­tica y dificultarí­a una respuesta eficaz a los desafí­os económicos del paí­s.

No se crea que faltan opciones polí­ticas sólidas y creí­bles. Tras años de desempeño económico mediocre, casi todos coinciden en la necesidad de abandonar la excesiva dependencia de la polí­tica monetaria no convencional. Como lo expresó la directora gerente del FMI, Christine Lagarde: “los bancos centrales no pueden ser la única alternativa [the only game in town]”.

Y sin embargo, lo fueron. Como señalo en The Only Game in Town, publicado en enero, los paí­ses necesitan una respuesta polí­tica más integral, que incluya reformas estructurales procrecimiento, una gestión más equilibrada de la demanda (incluido más gasto fiscal en infraestructuras) y mejoras en la arquitectura y la coordinación internacional de las polí­ticas. También hay una necesidad (que quedó de manifiesto por la prolongada crisis griega) de resolver bolsones de sobreendeudamiento severo, que pueden tener efectos demoledores mucho más allá de los afectados directos.

La aparición de un nuevo consenso sobre estas cuestiones es buena noticia. Pero en el ambiente polí­tico actual, es probable que su puesta en práctica sea, en el mejor de los casos, demasiado lenta. El riesgo es que mientras la mala polí­tica siga ocupando el lugar de la buena economí­a, la rabia y el desencanto populares crecerán y tornarán aun más tóxica la polí­tica. Ojalá una dirigencia polí­tica esclarecida tome las riendas a tiempo para hacer voluntariamente los ajustes de rumbo necesarios, antes de que señales inequí­vocas de crisis económica y financiera obliguen a las autoridades a hacer cualquier cosa con tal de minimizar el daño.

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Mohamed A. El-Erian
Columnista Contrapunto

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