Por: Nelson López Rojas
Hace años, mientras jugaba al albañil, un conocido de la familia me observaba levantar una pared. Cuando terminé, el Einstein se me acercó para explicarme cómo debí haber colocado los ladrillos. Y ¿ahora para qué? ¡La pared ya estaba hecha! Juzgar es fácil; acompañar, no tanto.
Con el sufrimiento emocional ocurre algo parecido. Cuando alguien está mal, aparecen rápidamente los expertos en explicar qué hizo mal, qué debió hacer o por qué le pasa lo que le pasa. «Buscá a Cristo». «Deberías salir más». «Tenés que poner de tu parte». Hablamos demasiado pronto y, en lugar de acompañar al otro donde está, intentamos llevarlo hacia donde creemos que debería estar. Como cuando alguien que ha dejado de ir a una iglesia, quizás no necesite que lo obliguemos a volver. Quizá necesite caminar por el parque, ir al cine, tomar café o simplemente estar con alguien que no intente explicarle su vida. A veces acompañar significa, sencillamente, quedarse cerca.
El año pasado escribí sobre Amy Winehouse y sobre ese abismo que se abre cuando el sufrimiento psicológico de alguien se convierte en espectáculo. Hoy, en el Día Internacional para la Prevención del Suicidio, quiero detenerme en algo que podemos hacer quienes no somos profesionales de la salud mental.
Comencemos por aprender a reconocer lo que sentimos y aprender a escuchar lo que sienten los demás, algo que parece sencillo y no lo es. Un libro publicado por la Editorial Universidad Don Bosco, Inteligencia emocional: Todo va a estar bien, propone tres acciones para relacionarnos mejor con nuestras emociones: percibir, comprender y regular. Es un libro no-serio que trata problemas serios de forma amena.
Percibir es poder decir qué nos pasa sin refugiarnos en el comodín de «me siento mal». No es lo mismo tristeza que frustración, soledad que aburrimiento, miedo que ansiedad. Ponerle nombre a lo que ocurre no resuelve el problema, pero permite dejar de pelear contra algo que ni siquiera sabemos nombrar.
Comprender significa preguntarnos de dónde viene esa emoción. Una relación amorosa tormentosa al estilo Amy, una pérdida, una relación, el trabajo, la presión social, las redes sociales o una experiencia del pasado pueden ayudarnos a entender lo que sentimos y, a partir de ahí, decidir qué hacer.
Regular no es dejar de sentir ni convertirse en esa persona insoportablemente serena que responde «entiendo tu punto» mientras el mundo se incendia detrás de ella. Significa aprender a responder a lo que sentimos sin permitir que una emoción momentánea domine nuestras decisiones.
Como sociedad hemos construido un ideal que exige personas emocionalmente saludables mientras conserva muchos de los lugares que las enferman. Queremos estudiantes resilientes, pero no siempre hay escuelas ni universidades que fomenten la recreación; empleados resilientes, pero las jornadas son interminables y sin incentivos; niños emocionalmente inteligentes, pero adultos que no saben pedir perdón. Después nos sorprendemos cuando alguien no puede más.
Por eso me interesan experiencias como Ex Fabula, una organización comunitaria que utiliza el storytelling para conectar a las personas mediante historias reales. Alguien cuenta algo que vivió y los demás escuchan.
Sí, escuchar. Wow, qué trascendental e innovador. Sí, lo que pasa es que todos tenemos algo que decir y casi nadie tiene tiempo para escuchar.
Cuando alguien cuenta lo que le ocurrió descubrimos que aquello que creíamos exclusivamente nuestro también le ocurrió a otra persona, ya sea una pérdida, una vergüenza, un fracaso, una ruptura o el miedo de no estar a la altura. El problema no desaparece, pero dejamos de sentir que somos la única persona encerrada dentro de él. Y sentirse completamente solo puede ser devastador.
Las redes sociales nos han dado instrumentos extraordinarios para expresarnos, pero bastante pobres para conocernos. Sabemos dónde estuvo alguien de vacaciones, qué desayunó o qué está «manifestando», pero no podemos saber cómo se siente.
Una de las contribuciones que podemos hacer quienes no somos profesionales de la salud mental es crear espacios donde las personas puedan reconocerse como personas antes de convertirse en estadísticas. Espacios donde puedan hablar sin que inmediatamente aparezca alguien a diagnosticar, sermonear, juzgar o solucionar. No basta con decirle a alguien que «vaya a la iglesia» o que «busque ayuda», también hay que ayudarlo a encontrar la ayuda adecuada. No toda persona que escucha sabe acompañar, ni toda persona que habla de salud mental tiene formación para intervenir. Y quien recibe una confidencia tampoco necesariamente sabe guardarla y una confidencia divulgada puede convertirse en una segunda herida.
Nada de esto sustituye la psicoterapia ni la atención profesional cuando son necesarias, pero tampoco debemos caer en el extremo contrario y pensar que, como no somos profesionales, no podemos hacer nada.
Podemos preguntar de verdad cómo está alguien y aceptar que la respuesta nos llegue a incomodar. Escuchemos atentamente sin convertir cada conversación en una oportunidad para dar consejos —podemos aprender, incluso, a no darlos.
Podemos acompañar a alguien a buscar ayuda, permanecer cerca y evitar convertir su sufrimiento en un problema que necesitamos resolver para sentirnos útiles. Acompañar a alguien no significa creer que podemos salvarlo y no todo el que cuenta un problema está pidiendo una solución.
Necesitamos personas emocionalmente más competentes, sí. Pero también familias, escuelas, universidades, empresas, medios y comunidades emocionalmente más competentes. Necesitamos lugares donde, cuando alguien tropiece, encuentre a alguien dispuesto a escuchar antes de que sea demasiado tarde.



