Por Nelson López Rojas.
“Todo aquel que has conocido está librando una batalla de la que nada sabes. Sé amable. Siempre”.
Ian Maclaren
La Organización Panamericana de la Salud (OPS) advierte que cada cuarenta segundos una persona muere por suicidio. La cifra, por sí misma, es demoledora. Y, sin embargo, el fenómeno sigue tratándose con ligereza, reducido a explicaciones superficiales como una ruptura amorosa, un regaño, la pérdida de un trabajo o de ciertos privilegios, o simplemente le llamamos mariconada. El suicidio es no tiene una sola causa, pues es una herida compleja. Llo que llamamos “causa” suele ser apenas la última gota en un mar de silencios que venimos arrastrando. Como cada 10 de septiembre, en el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, conviene recordarlo: la conducta suicida puede prevenirse.
Amy Winehouse habría cumplido 42 años este mes. Su nombre habita la mitología del Club de los 27, esa constelación de músicos jóvenes —Janis Joplin, Jimi Hendrix, Jim Morrison, Kurt Cobain— envueltos en un halo romántico de rebeldía y autodestrucción. Pero también resuena junto a otros nombres como Alejandra Pizarnik, Alfonsina Storni, Hemingway. Una genealogía trágica de artistas desbordados por una sensibilidad que el mundo no supo, o no quiso, contener.
Amy fue un talento desbordante. Su pérdida nos recuerda cuántas vidas se han llevado las drogas y cuánto dolor queda en quienes permanecen. El golpe verdadero lo reciben los que se quedan atrás, con un vacío imposible de llenar. Por eso urge abrir la conversación sobre la crisis de salud mental en los jóvenes que encuentran en figuras como Amy o Avicii una identificación inmediata, su autenticidad, su honestidad brutal, sus luchas. Pero también enfrentan miedos que los consumen en pensamientos catastróficos, temores de enfermedades inexistentes, sensaciones de locura inminente. No son experiencias aisladas, sino signos de una generación atravesada por la incertidumbre.
A veces las personas que necesitan ayuda se visten diferente o actúan diferente, unos callados y otros extrovertidos, pero la sociedad les llama locos, como si la diferencia fuera amenaza. A veces esa diferencia es lo único que nos mantiene cuerdos. Algunos se refugian en medicamentos para adormecer el dolor; otros buscan que su depresión o su autismo se conviertan en excusa o privilegio. Pero lo cierto es que todos necesitamos ayuda emocional. No es de “locos” acudir a un psicólogo, no es signo de debilidad cuidar de la salud mental. A veces bastan unos encuentros para recuperar el aire y encontrar sostén. La pérdida y la confusión no tocan solo a las víctimas directas, el suicidio y la adicción expanden ondas que alcanzan familias, amigos, comunidades enteras. La lección más urgente sigue siendo romper el estigma que pesa sobre la salud mental, especialmente entre los jóvenes.
Reducir la historia de Amy o de cualquier persona que sufra depresión a una etiqueta resulta injusto. La vida de Winehouse estuvo marcada por una sensibilidad fuera de lo común, un talento precoz y una exposición mediática que, en lugar de protegerla, la devoró. Su caso ilustra la mercantilización del dolor, un fenómeno frecuente en la cultura contemporánea. Mientras los tabloides se cebaban en sus recaídas, sus peleas y sus romances, el mundo olvidaba que detrás del personaje había una mujer frágil, atravesada por la adicción, la depresión y un entorno incapaz de contenerla. Solo después de su muerte, los mismos medios que la destrozaban levantaron altares. La sociedad glorifica lo que antes persiguió, como ocurrió con Michael Jackson o con Cobain.
Vos y yo nunca nos conocimos, Amy. Ojalá hubiéramos podido coincidir en este mundo, no en un escenario, no en una portada de revista, sino en un porái, lejos de los reflectores, en un bar, con vasos a medio vaciar y un cigarro compartido, riéndonos del silencio pesado del mundo que nos quiere intactos, perfectos, mientras nos despedaza por dentro. Te habría dicho que entendía tu dolor, no con palabras, pues todos dicen entender el dolor del otro sin entender, sino con esa mirada que reconoce el abismo el uno en el otro. Lo que transmitías en tus canciones no era un simple espectáculo musical, sino que era tu confesión, una desgarradura.
Ni vos ni yo buscamos imponernos ni ser aceptados a la fuerza. Queremos algo más simple, vivir. Vivir con lo que escondemos, con lo que nos hiere, con lo que a veces nos vence. En vos, Amy, aprendemos que el dolor puede volverse arte, que la fragilidad puede ser un arma, que la belleza también sangra.
Vos, como yo, tenías ojo para los malos amores. Alguna vez yo dije que las mujeres que me atraían eran casadas, gays, perturbadas emocionalmente o una combinación de las tres. Vos, como yo, dijiste alguna vez que no escribías canciones para ser famosa, sino para sacar algo bueno de una situación mala. Yo también escribo por eso, para sobrevivir, no para agradar.
Hay un puertorriqueño que quizás nunca leíste: Eduardo Lalo. Fijate que él dice que escribe para levantar ronchas, no para complacer al lector que espera entretenimiento en un mundo donde casi todos los libros buscan disolver el tiempo en las manos del lector y todas las canciones buscan caerle bien a la gente. Quizás los tres hubiéramos sido amigos con estas obstinación de no suavizar ni endulzar nuestra realidad. Como sus libros, tus canciones fueron mordida, roncha, incendio. Y ahí, en ese incendio, nos reconocimos todos los que arrastramos pérdidas, todos los que amamos demasiado hasta quemarnos. Back to Black, lejos de ser una simple melodía, es una experiencia de supervivencia. Cada nota golpea en el pecho; cada palabra obliga a mirar de frente lo que preferimos callar. Tu devastadora voz abrió la herida y me obligó a mirarla. “Tu voz fue música para mis oídos”, dicen, pero para mí fue un golpe disfrazado de canción.
Kafka le escribió a Oskar que los libros que valen —y, por extensión, las canciones— son los que muerden, los que despiertan de un puñetazo en el cráneo. Hoy, cuando la mayoría de los libros buscan entretener y la mayoría de las canciones solo agradar, lo tuyo sigue siendo un arte que incomoda y arde.
Decías en una canción que no querías beber más, que lo único que necesitabas era un amigo. El alcohol no era tu verdadero enemigo, sino era apenas refugio frente a un dolor más hondo, ese que casi nadie quiere mirar. Bastaba tu garganta rota para mostrarnos lo que otros prefieren esconder. El mundo te consumió porque nunca soportó la verdad que llevabas en la piel. Prefirió quedarse con la caricatura de la mujer ebria antes que escuchar la incomodidad de tu verdad.
Tu rebeldía no residía en el peinado alto, los tatuajes o el maquillaje, sino en la negativa a esconder la herida. En una época en que todo busca agradar, vos te atreviste a incomodar. No cantabas para ser entendida ni para salvarnos, pero lo hiciste. Nos recordaste que el amor también destruye, que la belleza se corrompe, que la fragilidad puede rugir con más fuerza que cualquier máscara. Nos enseñaste que todos llevamos un abismo dentro, y que tarde o temprano ese abismo nos reclama.
Nunca nos vimos, pero me marcaste. Tu voz me mordió. Tu caída todavía me grita y por eso escribo porque tu música es mi rabia; tu dolor, mi espejo; tu final, mi advertencia. Repito incansablemente que para solucionar un problema se debe comenzar con uno mismo, es algo entre vos y el espejo. No busco íconos ni santos, busco espejos. Y en vos encontré esa fragilidad que se resiste como la rabia por dentro o como ese amor que hiere.
Amy, no moriste. Seguís viva en cada palabra que nos obliga a mirarnos de frente, en cada cicatriz que ya no podemos esconder. Y aunque el mundo se empeñe en convertirte en mito, lo verdadero es esa voz que aún arde como un cuchillo envuelto en terciopelo.
En un mundo inestable, marcado por las guerras y la precariedad que heredará la próxima generación, nuestra responsabilidad es abrir espacios de escucha, desarmar prejuicios, acompañar. Todo va a estar bien, me repito. No como mantra ingenuo, pero sí como consuelo mínimo para quienes todavía pueden contar su historia. Como un aliento para sobrevivir, para seguir contando lo que vos, Amy, ya no pudiste.
Por eso, cada 10 de septiembre, en el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, conviene recordar que la conducta suicida no es un destino inevitable. Se puede prevenir. Y quizás la mejor forma de honrarte, Amy, no sea repetir tu mito ni romantizar tu caída, sino aprender de tu herida para hablar sin miedo, escuchar sin juicio, tender la mano a tiempo. Porque sobrevivir, en este mundo roto, sigue siendo el acto más radical de todos. Hablemos. Acompañemos. Busquemos ayuda. Que nadie más tenga que cantar su despedida en silencio.


