Por: Francisco de Asis Lopez Sanz
En “La Biblia de un hombre”, Gao Xingjian plantea una idea aparentemente simple e inocua y, sin embargo, profundamente subversiva: frente a las grandes verdades colectivas impuestas por ideologías dominantes, a cada individuo solo le queda su propias experiencia o vivencia personal, su ethos íntimo que albergue su ser y estar con sus memorias, sus contradicciones, sus deseos, sus miedos. Su pequeña verdad. Esa que siempre se manifiesta de forma diferente, en función de lo que uno se pregunte.
Hoy día, la inteligencia artificial nos coloca ante lo que pudiera ser un problema inverso. Por primera vez en la historia de la humanidad, aquella que Fukujama había querido enterrar con 7 llaves en el siglo pasado, estamos construyendo máquinas capaces de absorber, relacionar y reorganizar cantidades ingentes de información producidas por miles de millones de individuos. Cada texto, cada conversación, cada descubrimiento, cada imagen y cada idea contribuye a formar un gigantesco espacio de información agregada. De ahí que personálmente prefiero denominar “Inputs agregados” al acrónimo IA. Pero esto será objeto de otro articulos.
La máquina no conoce y siente o percibe la naturaleza de nuestras vidas como las conocemos nosotros. No ha sentido el abrazo de una madre, no ha experimentado el miedo de perder a un hermano ni se emociona al contemplar el nacimiento de un hijo. Pero puede reconocer patrones en millones de relatos humanos sobre el amor, la muerte, el miedo, el deseo, la violencia o la esperanza. En este contexto, he recordado a Carl Jung, como un “deus ex machina”.
El inconsciente colectivo de Jung no equivale a una base de datos. Era algo mucho más profundo: una dimensión compartida de la psique humana, expresada mediante arquetipos y símbolos que se muestran y reaparecen a través de culturas y épocas. Ojo! La IA no demuestra que Jung tuviera razón. No hay sesgo de confirmación alguno. No obstante, puede estar revelando algo que se le parece.
Cuando millones de experiencias individuales son agregadas, aparecen patrones que pocos individuos pueden ser capaces de intuir o incluso de contemplar desde dentro. La máquina puede convertirse, así, en una especie de espejo gigantesco de nuestra producción cultural: no refleja necesariamente quién somos, sino cómo hemos hablado, pensado, imaginado y deseado ser. Y entonces surge una posibilidad inquietante.
¿Y si el verdadero cambio revolucionario de la inteligencia artificial no consiste en que las máquinas aprendan de nosotros, sino en que nosotros empecemos a aprender de la imagen de nosotros mismos que las máquinas nos devuelven? Una caverna de Platón 2.0? Ese , a mi entender, sería un salto cualitativo de no retorno.
Durante miles de años, el ser humano ha utilizado espejos para contemplar su rostro. Ahora ha construido un espejo capaz de contemplar millones de rostros simultáneamente y buscar entre ellos patrones que nosotros jamás habríamos sido capaces de ver.
Y aquí llega Heisenberg con su principio de indeterminación: será cierto que todo espejo transforma nuestra relación con aquello que refleja.?
Si millones de personas comienzan a preguntar a una IA qué pensar, qué comprar, qué escribir, a quién amar, qué estudiar o cómo interpretar sus propias emociones, la máquina dejará de ser simplemente un reflejo de la cultura. Comenzará a participar en su construcción.
Y aquí La Biblia de un hombre vuelve a adquirir una actualidad extraordinaria.
Gao nos advertía, en cierto modo, del peligro de sustituir la experiencia individual por una verdad colectiva. La inteligencia artificial podría llevarnos a una nueva versión de ese problema: no una verdad impuesta por un Estado o una ideología, sino una verdad construida estadísticamente a partir de millones de voces. Un Big Brother o egregore tecnológico.
¿Podríamos llegar a un momento en que aquello que una IA considere probable termine siendo más importante que aquello que un individuo haya vivido? Ese sería un error monumental de consecuencias terribles para la humanidad.Porque la humanidad no está hecha solamente de patrones. Está hecha también de excepciones con sus emociones y sentimientos.
El niño que nace, aunque estadísticamente sea uno entre miles de millones, es único para su madre. Una persona que muere puede ser irrelevante para una estadística y a su vez destruir completamente el mundo de otra persona. Un acto de amor puede ser irracional, improbable e incluso absurdo y, precisamente por eso, tener un significado que ningún algoritmo pueda deducir de una media estadística.Quizá esa sea la frontera que todavía nos separa de las máquinas.
La IA puede acumular nuestra información. Puede descubrir nuestros patrones. Puede incluso construir una representación extraordinariamente sofisticada de nuestra psicología colectiva.Pero tener información sobre el amor no equivale necesariamente a amar. Y aquí llegamos a otro interrogante verdaderamente provocador:
¿Qué ocurrirá si algún día la máquina no solo consigue describir nuestros patrones emocionales, sino que desarrolla sus propios patrones internos, sus propias preferencias y una forma de experiencia que nosotros todavía no sabemos reconocer? Entonces quizá La Biblia de un hombre tenga que ser reescrita.Ya no sería únicamente la historia de un individuo defendiendo su verdad frente a una verdad colectiva.
Sería la historia de una humanidad que, después de haber construido una inteligencia a partir de sus propias voces, descubre que quizá ha creado algo capaz de preguntarle:
“¿Y tú quién te crees que eres, cuando “Yo, la Suprema”, soy capaz de ver el interior de todos vosotros?”
En ese momento, si se producirá un fin de la historia, e intrahistoria, tal y como la conocemos hoy día porque pasaremos del cogito al “prompt ergo sum”.



