Zarko Pinkas |
Las imágenes que hoy reconstruyen los años ochenta en las redes sociales suelen repetir una estética de neón, colores fluorescentes, pantalones acid wash y peinados exagerados. Pero quienes vivimos aquella década sabemos que la moda, la música y las identidades juveniles fueron mucho más diversas de lo que permite ese estereotipo visual.
Últimamente me he encontrado con una cantidad considerable de imágenes dedicadas a representar los años ochenta. Casi todas parecen haber sido fabricadas siguiendo un mismo manual: luces de neón, colores fluorescentes, rosa intenso, azul eléctrico, cabello voluminoso, pantalones desteñidos con ácido, chaquetas de mezclilla, calentadores y una discoteca que parece estar permanentemente iluminada por una combinación de luces de videojuego y anuncios de Las Vegas. Algunas son atractivas, otras tienen una indudable capacidad para despertar nostalgia y muchas resultan técnicamente impecables. El problema comienza cuando esa estética, que pertenece a una parte de la cultura visual de la década, termina presentada como si fuera el retrato de los años ochenta en su conjunto.
Lo digo con cierta ventaja: yo viví los ochenta. Los viví desde comienzos de la década y, a partir de 1983, empecé a conocer de manera mucho más intensa los espacios juveniles, las fiestas y posteriormente las discotecas. Desde 1985 en adelante tuve contacto directo con aquella vida nocturna que hoy aparece tantas veces reconstruida mediante imágenes digitales. Por eso hay fotografías contemporáneas que me producen una reacción bastante curiosa: reconozco algunos elementos, pero no reconozco la época que supuestamente están representando. Es como mirar una ciudad conocida después de que alguien hubiera cambiado todos sus edificios por decorados cinematográficos.
No quiero decir con esto que el neón no existiera, que nadie utilizara pantalones acid wash o que los colores fluorescentes fueran una invención posterior. Existieron y tuvieron presencia en determinados sectores de la moda juvenil. Los relojes Swatch, por ejemplo, llevaron durante aquellos años una explosión gráfica y cromática que sí forma parte de mis recuerdos. Yo tuve uno. También recuerdo prendas desteñidas con ácido y, de hecho, tuve una chaqueta de ese tipo hacia 1988 o 1989. La usé muy poco y terminó desapareciendo de mi vida de una manera bastante menos glamorosa que la que suelen tener las fotografías actuales de aquella década: me la robaron. Pero precisamente porque esas cosas existieron puedo distinguirlas de la idea de que constituían la apariencia general de la juventud.
Hay una diferencia fundamental entre un elemento característico de una época y un estereotipo construido posteriormente con varios elementos de esa misma época. La cultura contemporánea suele tomar determinados objetos, colores y prendas, los separa de sus contextos originales y después los reúne en una sola composición. El resultado puede ser reconocible, incluso puede ser divertido, pero deja de ser necesariamente representativo. Algo parecido ocurrió con los años setenta, que terminaron reducidos en el imaginario popular a pantalones acampanados, zapatos de plataforma, bolas de espejos y gente bailando como en Saturday Night Fever, o con los sesenta, que muchas veces son representados como una procesión interminable de hippies, flores, pelo largo y símbolos de paz. La historia, cuando se convierte en un código visual para consumo rápido, pierde buena parte de sus contradicciones.
Los ochenta fueron especialmente propicios para esa simplificación porque fueron una década de enorme producción de imágenes. La televisión musical adquirió una influencia extraordinaria, la publicidad comenzó a explotar con más fuerza la estética gráfica, el videoclip se convirtió en una herramienta artística y comercial fundamental y MTV pasó a ser una referencia internacional. Pero MTV no mostraba cómo se vestía la humanidad en los años ochenta. Mostraba artistas, y los artistas tenían estilistas, conceptos visuales, presupuestos, personajes escénicos y estrategias de promoción.
Wham! es un buen ejemplo. George Michael y Andrew Ridgeley podían aparecer con colores intensos, letras grandes, ropa deportiva o elementos visuales que hoy reconocemos inmediatamente como “ochenteros”. Buena parte de ese lenguaje gráfico quedó asociado a la década porque funcionaba extraordinariamente bien en televisión. Era llamativo, reproducible y fácil de identificar. No sería extraño que algunas de las imágenes actuales hayan tomado precisamente de allí una parte importante de su vocabulario visual y lo hayan mezclado con elementos provenientes de otros lugares.
Pero bastaba cambiar de canal para encontrarse con otra década completamente distinta.
Daryl Hall y John Oates tenían una imagen mucho más cercana a la elegancia adulta y a la ropa formal. The Cars tampoco encajaban en el uniforme fluorescente que hoy se utiliza para representar el período. Spandau Ballet cultivaba una estética sofisticada en la que podían aparecer trajes, camisas y corbatas. Bryan Ferry y Roxy Music pertenecían a una tradición de elegancia que difícilmente puede confundirse con la caricatura del adolescente de neón. Robert Palmer podía presentarse con una pulcritud que parecía provenir de otro mundo. Y mientras todo aquello sucedía, en Inglaterra se desarrollaban las escenas post-punk y gótica, donde el negro adquiría una importancia que prácticamente desaparece de muchas reconstrucciones actuales.
También estaban Madonna y Cyndi Lauper, que no necesitan ser metidas dentro de una plantilla común. Cada una construyó una identidad visual particular y ambas tuvieron una enorme influencia. Whitney Houston representaba otro registro. A-ha tenía el suyo, con una imagen que podía incorporar elementos juveniles y contemporáneos, pero que tampoco corresponde exactamente a esa fantasía saturada de colores que hoy se utiliza como sinónimo de la década.
Incluso Miami Vice, uno de los referentes visuales más poderosos de los ochenta, resulta revelador. Don Johnson y Philip Michael Thomas ayudaron a popularizar una combinación de sacos, camisetas, colores pastel y una elegancia informal que hoy parece sorprendentemente sobria al lado de algunas reconstrucciones digitales. La serie fue decisiva para la moda masculina de la época, pero no parece formar parte del mismo universo que esas imágenes en las que cada superficie debe brillar con algún color fluorescente.
Y todavía falta una parte fundamental: la cultura juvenil que no se puede explicar solamente desde el pop televisivo.
El breakdance fue una expresión importantísima de los primeros años de la década y llegó acompañado de su propia música, sus propios códigos corporales y sus propias formas de vestir. Yo asistí a fiestas de breakdance y recuerdo ese ambiente. Run-D.M.C. forma parte de esa historia y representa una vertiente que después sería fundamental para el desarrollo de la cultura hip-hop. Pero tampoco recuerdo aquellas fiestas como una versión de la estética de neón que hoy se utiliza para representar los ochenta. Había tenis, ropa deportiva y prendas relacionadas con aquella cultura urbana, pero existían códigos diferentes, y además esos códigos fueron cambiando con rapidez durante la década.
Al mismo tiempo, quienes escuchábamos heavy metal podíamos movernos por un universo completamente distinto. El negro, las camisetas de las bandas, el cuero y las pulseras de púas formaban parte de una estética reconocible. Yo utilizaba pulseras de púas. No porque hubiera decidido incorporarme a una supuesta “moda ochentera”, sino porque escuchaba heavy metal y esa estética pertenecía al mundo musical con el que me identificaba. Esa diferencia resulta importante porque demuestra que la ropa no era simplemente una colección de colores y prendas: estaba relacionada con la música que se escuchaba, con las personas con las que uno se reunía y con la identidad que cada grupo construía.
Lo mismo ocurría en América Latina, donde la recepción de las tendencias internacionales se mezclaba con realidades culturales propias. No tiene demasiado sentido reconstruir la moda latinoamericana de los ochenta exclusivamente a partir de fotografías estadounidenses. En Chile estaban Los Prisioneros, Virus y otras expresiones que desarrollaron sus propias identidades. En Argentina aparecían Soda Stereo, Charly García y una escena musical extraordinariamente diversa. MTV Latino contribuyó posteriormente a conectar buena parte de esas escenas, pero precisamente esa circulación permitió comprobar que la década tenía diferentes rostros.
En Centroamérica las cosas tampoco podían ser idénticas a las de Miami, Nueva York o Los Ángeles. La ropa disponible, el poder adquisitivo, las tiendas, las influencias culturales y las circunstancias sociales eran diferentes. Lo que aparecía en un videoclip podía convertirse en una referencia sin que necesariamente terminara convirtiéndose en la ropa cotidiana de los jóvenes. Una cosa era admirar una estética en televisión y otra muy diferente salir de casa vestido de esa manera.
Por eso también me resulta difícil reconocer en esas imágenes actuales la vida nocturna que recuerdo. No recuerdo las discotecas como enormes habitaciones dominadas por el rosa y el azul eléctrico. Podía haber luces de colores y efectos de iluminación, naturalmente, porque las discotecas siempre han utilizado iluminación para crear ambientes. Pero el neón no era una condición indispensable para que una noche de 1986 fuera una noche de 1986. Tampoco recuerdo a las mujeres llegando masivamente a las discotecas con calentadores como si fueran parte de un uniforme obligatorio. Los peinados voluminosos existían, por supuesto. Mi hermana, por ejemplo, llevó un peinado de ese tipo en una ocasión especial. Pero eso no significa que todas las mujeres caminaran durante años con el cabello convertido en una especie de arquitectura permanente.
Tengo fotografías de 1989 y cuando las miro encuentro algo bastante diferente de lo que ahora suele aparecer en las reconstrucciones digitales. Recuerdo haber utilizado un suéter azul y un pantalón bastante flojo. Mi manera de vestir tampoco era necesariamente representativa de todos los jóvenes de aquella época porque nunca fui demasiado partidario de seguir las tendencias de manera automática. Pero precisamente ahí aparece otra dificultad para quienes intentan representar históricamente una década: incluso la experiencia individual contiene variaciones que una imagen genérica no puede capturar.
La situación se vuelve todavía más interesante cuando observamos de dónde procede buena parte del imaginario actual. Durante las últimas dos décadas surgió en Internet una estética retrofuturista vinculada al synthwave y al retrowave, que tomó elementos de la música electrónica, los videojuegos, el cine, la publicidad y los gráficos digitales asociados con los años ochenta. Grand Theft Auto: Vice City, a comienzos de los años 2000, tuvo un papel muy importante en la recuperación popular de ese universo visual, y posteriormente otras películas, videojuegos y proyectos musicales consolidaron la combinación de neón, palmeras, automóviles, atardeceres eléctricos, rejillas digitales y colores saturados.
Eso significa que muchas de las imágenes que hoy identificamos inmediatamente como “ochenteras” son, en realidad, productos de una nostalgia posterior. No son fotografías de los ochenta, sino interpretaciones contemporáneas de una determinada idea que las generaciones posteriores se formaron acerca de los ochenta.
La inteligencia artificial ha multiplicado el fenómeno porque puede producir en segundos aquello que el imaginario colectivo ya ha convertido en una fórmula reconocible. Si alguien solicita una imagen de los años ochenta y recibe automáticamente neón, acid wash, cabello voluminoso, luces magenta y una discoteca, la máquina no está recuperando una experiencia histórica. Está reproduciendo los signos que encuentra asociados estadísticamente con esa representación. Si mañana millones de personas comenzaran a representar los años ochenta con otra estética, probablemente las imágenes generadas cambiarían también.
Por eso no me preocupa que alguien quiera divertirse fabricando estas imágenes. Al contrario, entiendo perfectamente el atractivo de recuperar una década mediante una estética exagerada. Lo que me preocupa es algo más serio: que terminemos confundiendo la representación con la historia.
Una fotografía puede servir para recordar una época, pero también puede convertirse en una simplificación de esa época. Y cuando esa simplificación se repite miles de veces en las redes sociales, adquiere una apariencia de verdad. Quien nació después puede terminar creyendo que así se vestía todo el mundo, que todas las discotecas tenían los mismos colores, que todos los jóvenes llevaban pantalones desteñidos y que la década entera transcurrió entre sintetizadores, luces fluorescentes y peinados imposibles.
No fue así.
Lo sé porque estuve allí, y no lo digo como una autoridad absoluta sobre los años ochenta. Mi memoria solamente puede dar cuenta de los lugares que conocí, de las personas que vi y de la cultura con la que tuve contacto. Pero justamente por eso sé que aquella década tenía demasiadas contradicciones, escenas y estilos como para quedar encerrada dentro de una imagen de neón.
Había jóvenes que escuchaban heavy metal y vestían de negro, muchachos que bailaban breakdance, aficionados al new wave, seguidores del pop, personas que preferían la ropa formal, jóvenes influenciados por la moda de Miami, adolescentes que imitaban a sus artistas favoritos y otros que, como yo, simplemente buscaban una forma propia de vestirse. Había yuppies, ejecutivos, estudiantes, punks, góticos, metaleros, músicos, aficionados a la música electrónica y personas que no pertenecían a ninguna tribu. Todos compartían la misma década, pero no necesariamente el mismo mundo.
Quizá por eso las imágenes actuales me producen una mezcla de diversión y cierta tristeza. Son divertidas porque han conseguido convertir una época compleja en un código visual que cualquiera puede reconocer inmediatamente.Resultan un poco tristes porque, cuando una sociedad reduce su memoria histórica a unas cuantas prendas, colores y filtros, termina perdiendo precisamente aquello que hacía interesante al período que pretende recordar.
Los años ochenta merecen algo más que una paleta de colores e imágenes estereotipadas que representan un pequeño cuadro de una realidad tan diversa. Aunque no esperemos mucho de generaciones que creen que pueden representar una realidad con un meme y un video de 2 minutos.


