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viernes, 23 de julio del 2021

Recordando a Eladio Velásquez, Chocolate

En la década de los sesenta del siglo pasado existió en San Salvador un célebre payaso que llevaba por nombre artí­stico Chocolate

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Por lo general, cuando se es niño uno no se pregunta si el artista en cuestión tiene nombre de pila y apellido, mucho menos reflexiona acerca de los porqués del seudónimo. Ahora, 58 años más tarde, recordando a Eladio Velásquez, Chocolate, se me antoja pensar que, a Eladio en su niñez, el heladio que más le gustaba era precisamente el de chocolate, y en barquillo. Aunque en realidad, probablemente fue la gente que le puso ese sobrenombre por el color achocolatado de su rostro. En la idiosincrasia del salvadoreño los apodos son el aderezo en las comunicaciones sociales. Uno conoce a los amigos y enemigos más bien por el mote que por su nombre de bautismo. Recuerdo a un amigo de la infancia a quien llamábamos “Pijuyo” [1] por el tinte negro carbón de su piel. Cuando la pandilla de niños que éramos, í­bamos a su casa a buscarle para jugar al futbol o beisbol, su madre enfadada salí­a a sermonearnos que su hijo tení­a nombre propio. Una vez que nos habí­a puesto a parir, gritaba desde la puerta: ¡”Pijuyo”, te busca “Cariño”, “Kike Cabra” y “Caramelo”! La gente en mi paí­s de origen es muy creativa en poner apodos.

El Circo Chocolate era itinerante, pero netamente salvadoreño. Era un circo pobre en el que la variedad del programa también lo era, ya que Chocolate, quien al mismo tiempo era artista múltiple y dueño, tení­a que desempeñar varios roles: desde vender las entradas, director de escena, músico, malabarista y desde luego payaso.

En aquellos dí­as se podí­a jugar por las tardes o por las noches Mica [2] o Escondelero [3] en plena calle, sin temor a ser atropellado por un vehí­culo ligero o pesado. Jugando “Mica” la mejor entre las niñas era mi hermana menor, a quien por su rapidez en las piernas era muy difí­cil atraparla. Entonces, sucedí­a que cuando llegaba el circo Chocolate al barrio, en la 20 avenida norte no habí­a niño ni niña jugando en la calle. Todos estábamos presenciando el espectáculo circense de Chocolate.

Chocolate no podí­a competir con los circos itinerantes de la talla del colombiano “Royal Dumbar” o el de los hermanos mexicanos Atayde que de vez en cuando llegaban al paí­s. Obviamente, de mejor calidad, con más varieté y por supuesto, mucho más caro. Así­ que para los niños, jóvenes y adultos de la Colonia La Rábida sin muchos recursos económicos, Chocolate era siempre una atracción y una opción económicamente cómoda para los padres de familia.

Sobre todo, lo que más le gustaba a mi cuadrilla eran los porros del colombiano José Marí­a Peñaranda que cantaba Chocolate. Flipábamos con estas canciones, que por lo general, estaban escritas con “doble sentido”, algunas de ellas eran tan explí­citamente sexistas, como la Inyección, cuyo texto habla de una muchacha que sufrí­a del corazón y para curar ese mal, Peñaranda le receta una inyección. “¿Quién me la pone?” ““ pregunta preocupada la niña ““. “No te preocupes mi hijita, esa te la pongo yo ““ responde José Marí­a”. Una clara alusión al acto sexual.

El circo se instalaba en un predio baldí­o en el pasaje Pinto y 20 avenida norte. Los niños siempre nos las arreglábamos para ver el espectáculo de manera gratis. Una vez iniciada la función nos metí­amos debajo de la carpa y así­, como que no quiere la cosa, en pocos minutos nos encontrábamos sentados en las bancas. Como mi hermanita era tan rápida como Speedy González, ella era una de las primeras en entrar al circo sin pagar. Según ella, nuestro padre ignoraba las visitas ilí­citas  al circo. Él nunca nos prohibió ir al circo, más bien se divertí­a en silencio escuchando nuestras mentirillas y excusas.

Un dí­a de tantos, regresa mi hermana a casa feliz y sonriente entonado la Panadera de Peñaranda. “¿De dónde vienes?” ““ preguntó mi padre, poniendo cara de Juan Vendémela Laconserva[1]““.

“De hacer los deberes donde Gladys” ““respondió ella y siguió cantando.

“Y también estaba con ustedes “Teresa la panadera” haciendo las tareas” ““ ripostó mi papá, dejando entrever una pí­cara sonrisa.

Nunca  se me ocurrió preguntarle a mi hermana si sabí­a de lo que iba el texto de la canción. En cualquier caso, nunca escuché a mi hermana cantar con tanto gusto y salero las canciones que aprendió escuchando al payaso. No  se sí­ todaví­a las recuerda, pero yo, como sí­ hubiera sido ayer.

Gracias, Chocolate, in memoriam, por haber hecho reí­r a carcajadas a tantos niños pobres y por repartir tanta alegrí­a por tan poco dinero.

___
[1] Pijuyo: Pájaro de plumaje negro carbón. Crotophaga sulcirostris.
[2]  Mica: Juego que consiste en que un niño o niña debe perseguir y tocar a  los demás para pasarles la mica, al que lo toque ese será el nuevo que andará la mica y deberá perseguir a los demás.
[3] Escondelero. Jugar a las escondidas.

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Roberto Herrera
Columnista y analista de ContraPunto. Salvadoreño residente en Alemania. Ingeniero graduado en electrotecnia, terapeuta ocupacional independiente con especialidad en pediatría y neurología. Narrador y ensayista.
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