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miércoles, 10 junio 2026
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Escrito en una servilleta: La conspiración gregoriana

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Por: René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

¡Puta, Goyito, cuánto desidia, tozudez ecuménica, y rusticidad intelectual, hay en tus análisis de la historia con el calendario reformado! Es indecible esa tu manía de vivir en medio de los muertos insípidos del siglo XIX, esos muertos que eran los primeros en sacar el cuchillo -y el oro ajeno- cuando tenían la bendición del Opus Dei y del Papa Magno. La broma, de mal gusto, de hacer que la historia viva en la vecindad de eruditos mancos te pasa la factura en cada idea que piensas cuando, con el dedo índice derecho, dibujas tu cara en el espejo carcomido por los hongos de ultratumba, e imaginas que masturbas la foto de Masferrer, con la ilusión de que acabará enseñándote a leer y escribir.

Hoy por la mañana, Hildebrando, luego de tu fantasmal recorrido por el centro histórico, te recibieron con la noticia de que el angelado fantasma del fascismo historiográfico -ese adefesio que llamas “ciencia científica”- fue expulsado de las calles, y dijiste que era obra del Anticristo en contubernio con un tal Roque, ese poeta que, en una sentada, escribió un poema de amor más denso que la suma de todas tus elucubraciones. Después de hilvanar mentiras decimonónicas de la historia, te vas solo, rumiante, tarareando la Moonlight sonata, de Beethoven. La negra respiración de los buses te ladra en la nuca y te susurra sinfonías patéticas, pero ella -la historia que imaginas como una mujer sumisa- no vuelve del purgatorio del genocidio barrial que tanto añoras, y que te lleva a escribir en el diario que, durante la guerra civil, sentenciaba a muerte a curas, intelectuales, monjas y líderes políticos.

Todos los días, a la misma hora: envías mensajes furtivos y placebos azucarados en los frascos de las famosas píldoras del Dr. Holloway, porque crees que con ellas puedes curar las recurrentes fiebres de conciencia de la historia; le sonríes al transeúnte que no conoces, ese espectro que perturba tu divina meditación sobre la orilla azul, con su olor a trabajo rudo y a culo prudencial, ese olor que quieres normalizar al exigir que la gente viva, para siempre, vendiendo en la calle, sin más seguridad social que lo que guarda bajo el colchón; ondeas tus manos óseas para espantar las moscas de la ordinariez que te persigue con su nostalgia elemental, y estás seguro de que la historia sumisa, que manoseas a escondidas, volverá al tercer día del escrutinio final, al menos eso te dijo, entre mística y seria, la bruja que te hizo la limpia y la prueba del puro: “Ángelo, tu amada regresará muy pronto contigo para que, injertando tus neuronas en el hígado, sigas escribiendo libros irrelevantemente odiosos y mezquinos que no recibirán ni un aplauso”.

Y entonces, mientras lloras frente al hospital Rosales -en el que nunca pasaste consulta porque te dio miedo perderte en sus pasillos- recuerdas la frenética sirena de la ambulancia que se la llevó a cuidados intensivos -hablo de tu amada- justo el día en el que derechizaron la letra del “sombrero azul” e izquierdizaron la ropa usada; recuerdas el tren fantasma, con bigotes de alquitrán y aliento espumoso, que facilitó la huida del expresidente que fingió su muerte; recuerdas la maquila taiwanesa donde murieron las sonrisas pintadas de rojo; recuerdas el abrazo sin brazos que, por lástima pura y por pura lástima, te dieron en plena calle, con el mismo cariño lastimero con que se acaricia un sapo en cautiverio.

En el fondo, Niccolo, sabes que debes: hacer de tripas, compilación, y combatir esas angustias sinfónicas; reírte a mares en el pañuelo blanco que aún conserva, como trofeos, cadáveres pegajosos y lágrimas derramadas por los compañeros caídos en la lucha, esa lucha que nunca tuviste valor de luchar; llorar a carcajada partida en el abanico de las historias falsas que cuentas como verdaderas, citando, a pies juntos, a los traidores de la historiografía. Te verías mejor si cerraras las cinco ventanas de tu rostro, Ugo, y hasta olvidaríamos que fuiste tú quien cabalgó desnudo por las calles de la ciudad del pan robado antes de salir horno; olvidaríamos que fuiste tú quien le tiró piedras a la biblioteca nacional, sólo porque no tenía inventariados tus rimbombantes panfletos carentes de memoria, Bartolomeo. A estas horas del bus, la vida te duele en el supermercado derecho; te pulsa en los tribunales lumbares de la sumisión, y te sientes desesperado e ingenuo, Bruno.

Dime, Graziano: ¿Adónde vas tan apurado a estas altas horas del suicidio masivo fomentado por la Real Academia de la Lengua con pelos? Una de estas noches, Teobaldo, del segundo cráter de la luna verás caer los besos húmedos de los utopistas que buscan respuestas que no están al alcance de tu cabeza; verás las sombras reptar en los muros de la caverna que escogiste como intérprete de la realidad; verás a la musa, que nunca te busca, bailar dignamente chulona en la sala de audiencias del juzgado de la historia incivil, mientras pregona el secreto venéreo que todos conocen -o imaginan a la hora del yo pecador- y que deambula exigiendo clemencias morales para los inmorales de la Constitución; verás la ebullición, Alessandro, del mustio y verde olor que brota, consubstancial, de las cloacas de los libros negacionistas que están manchados con tu nombre; verás retornar, de su forzado exilio, los sueños colectivos que, durante treinta años, chisporrotearon en los talleres de enderezado y pintura que trataban de embellecer el arte y la justicia social que te aborrecen.

Pero, frustrado por tantas frustraciones, comprenderás, Goyito, que la bilis universal que transporta tus neuronas no roerá la voz de los sin voz que, al final, se impuso a los mercenarios del relato que amordazaba recuerdos para que el victimario durmiera tranquilo. Elemental, Carlos, la verdad pragmática no cabe en la bacinica de tus contemplaciones, porque en el cementerio de huesos sin ADN, reina el carroñero de la memoria. Monólogo baladí, este de la conciencia utopista que tergiversas, alegando que eres el rerum scriptor, pero todos sabemos que naufragaste en tu propio mar tenebroso, a merced de los dueños del silencio que pregonas como héroes de mármol y bronce. 

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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