Por Nelson López Rojas.
Después de leer un artículo sobre el nacimiento de una sociedad pos literata, un amigo me wasapea y, medio en broma y medio en serio, me exhorta a que nos dediquemos a los videítos. Me lo pienso, pues una compañera de trabajo me dice que le gustan mis columnas, pero que le gustaría que mejor se las “leyera” en TikTok. Bapué.
Estamos ante la versión 2.0 del descuartizamiento medieval, pero sin el encanto sangriento. Ya no se chamuscan las ideas, no hace falta el verdugo para incinerar libros, ni el humo, ni el olor a achicharrado, no. Basta apenas la distracción de pantallas que parpadean como luciérnagas enmariguanadas con sorbos de un Grande Frapuccino de Starbucks.
Y esa distracción no es inofensiva: está moldeando cómo pensamos, cómo aprendemos, cómo entendemos el mundo. En mi columna de la semana pasada hablaba sobre un estudio de Harvard que me dejó inquieto al ver que hasta los estudiantes de ese centro no leen, y aun así aprueban. ¿Harvard o la UTEC? Da igual. No le tirés hate a una uni en particular porque vos bien sabés que en la tuya pasa lo mismo, y en la de tu primo también. Como lo he señalado antes, (sí, repito porque nadie lee), la asistencia a clases es opcional, bastan unos videítos en YouTube, un par de resúmenes chapuceados con el ChatGPT o Grok y ya. Aprobado. Pasa. Pero lo que no pasa es tu mediocridad permisiva de profesor y la mediocridad consentida del alumno, esa que aplaude el “pasar raspando” como si fuera un logro olímpico. “Gol es gol”, dijo Samuelito y se va a graduar de Relaciones Internacionales sin nunca haber leído un libro. Épico.
Ese ejemplo no es aislado pues es síntoma de algo más profundo. Sí, ya lo dije antes, lo sé. Nos estamos quedando sin pensamiento crítico. La queja de siempre: “los estudiantes ya no leen”, y por eso se están quedando sin vocabulario y no saben cómo comunicarse con los adultos. Falso no es, pero cuidado. Esto no se trata de un alegato moralista ni nostálgico. No se trata de condenar TikTok ni la música urbana, ni de exigir un retorno imposible a la lectura de los clásicos. “Everything in moderation”, como dicen los gringos, o sea, todo en su justa medida. La verdadera cuestión es cómo moderar el consumo sin caer en la negación del placer ni en la apología de la ignorancia.
¿Los Gen Z llaman por teléfono? No, no tienen las palabras. Un chico de 17 años que quería hablar conmigo sobre una situación delicada, me pidió irse a otro salón y textearme desde ahí. Una chica en una reunión con un adulto se siente incómoda, invadida en su espacio personal, pero no verbaliza su incomodidad. Ah, pero sí se dedican a funar en las redes a quien sea con tal de saciar su sed de ser vistos.
Es triste ver la cantidad de jóvenes universitarios que no pueden formular una oración coherente sin recurrir a muletillas. Las muletillas son el nuevo lenguaje y sustituyen las ideas, llenan los vacíos del pensamiento. La gente tiene un pensamiento inepto, fragmentado, incapaz de coordinar una secuencia lógica. Todo es reacción, no reflexión. En un conversatorio reciente, un joven, al ser encrespado a participar, repetía la frase “¿Cómo les digo?” después de cada frasecita. “O sea”, “literal”, “bro”, “full”, “en plan”, “lit” “la neta”, “like…” son pequeñas prótesis lingüísticas que tapan la herida de no tener palabras. Pensar se ha vuelto un acto subversivo.
Y cuando el lenguaje se empobrece, también se distorsionan los contextos. Una universitaria, en plena conferencia formal, calificó algo como “lo más paloma”. Después del evento, le expliqué que esa palabra, en ese contexto, era vulgar. Me respondió: “¡Ay no, no sabía!”. Culpa no de ella, sino del sistema que dejó de enseñar a leer para no “traumatizar”. Culpa no de ella, sino de la directiva de padres que prefiere no gastar dinero en libros. Culpa no de… comonó, culpa de ella y de su responsabilidad individual para el aprendizaje y no repetir lo que los “influencers” viralizan y que terminan atrofiando el pensamiento complejo. Adiós empatía, hola emojis. Olakease.
Lo preocupante no es solo lo que decimos, sino cómo pensamos. El pensamiento actual es más corto, más caótico, más emocional, casi instantáneo. Todo tiene que ser inmediato. Tenemos apenas cinco segundos para captar la atención de alguien antes de que se vaya. Cinco segundos. Cinco. Segundos. Y en esos cinco segundos se comprime toda la sabiduría humana. Si alguna vez fuimos sociedad oral antes de la escritura, ahora regresamos… pero sin el bonus de la sabiduría. Antes, los viejos transmitían épicas de boca en boca; hoy, “noticias” de TikTok o YouTube, y se las tragan como verdades. Estamos en la era post-lectura, pre-razón, y full idiotez.
Las unis, que deberían ser la primera línea de defensa, se han rendido tipo “estudiante no lee, video; se aburre, se baja el nivel; no comprende, se simplifica; reprueba, hay repo. Se aplaude el mínimo esfuerzo con tal de tener a los estudiantes contentos como si fuera un concurso de popularidad. La educación se ha convertido en el Netflix con el agravante que te dan diploma al graduarte de la serie. Reto a cualquier universidad que tome un libro cualquiera, Hugo Lindo, Salarrué, Masferrer, Jane Austen, no importa, y que hagan conciencia de la importancia de leer y saber leer. Yo me apunto como voluntario.
Y no solo pasa en el aula. Afuera, la distracción es total. En las calles abundan los zombis con el cel pegado a la cara, tan absortos que un bus los atropellaría y ni se enterarían (Darwin aplaudiría). Hay conductores que, en lugar de mirar el camino, van viendo series en el la mega pantalla del auto. La música se ha vuelto más corta y más repetitiva, no por moda, sino por un TDAH colectivo. Bad Bunny triunfa con hits de 30 segundos orales, pegajosos, de consumo instantáneo. La literatura encoge libros para “no aburrir”, mientras las editoriales van publicando panfletos de veinte páginas y los llaman “lectura accesible”. Eso no es democratizar la cultura, no. Es legalizar la pereza con sello editorial.
Vivimos en un caos de distracciones donde incluso los editores digitales imponen límites. Muchos medios no publican más de 500 palabras, porque después la gente se aburre. Se escribe para no cansar, para entretener, no para hacer pensar.
Esa brevedad se ha convertido en norma para todos, desde los medios, hasta en los hábitos cotidianos. En EE. UU. era común ver en los trenes y autobuses a la gente leyendo, ahora solo se escuchan las carcajadas de TikTok. La lectura ha sido sustituida por la inmediatez. El promedio global de tiempo frente a la pantalla supera las siete horas diarias. Los jóvenes alcanzan nueve. La humanidad se desliza el dedo por encima de su propia conciencia.
Hay gente que dice “son nueve horas que pudieron haber sido nueve capítulos leídos”. Ya. Calmate, Hitler. El verdadero desafío no es leer más, sino leer mejor. Comprender la técnica, no temerla. Aceptar que la palabra, como el algoritmo, puede ser instrumento o veneno.
¿Acaso antes fue mejor? Difícil afirmarlo. Me gusta la comodidad del Uber y no andar a caballo. La nostalgia por el libro y la crítica a la generación digital esconden una vieja tentación moralizadora, culpando a los más jóvenes y satanizando a la herramienta en lugar de comprender el uso que hacemos de ella. Hoy, la digitalización, el ChatGPT, la IA en general podrían ser una nueva si logramos domesticar a la bestia, en lugar de temerle y demonizarla.
Hay que ser honestos y es que el error de muchos adultos que se creen custodios del presente es caer en el puritanismo cultural, esa herencia de la pequeña burguesía que desprecia el goce popular y se erige como guardiana del “buen gusto”. Lo que ayer fue ópera o ritual, hoy es TikTok o meme, pero la idea es la misma. Demonizar la cultura digital no es defender la lectura; es creerse mejor por tan solo tener un libro entre las manos.
Y, paradójicamente, muchos todavía fingen leer. Políticos que citan libros que jamás abrieron; presidentes que posan con portadas que no comprenden. Leer, hoy, es una performance para muchos. Un político salvadoreño decía que leía hasta cuando manejaba, Par favar. Dicen que Teddy Roosevelt leía un libro al día (exagerado, pero épico). Lo que no es exageración es que, hoy, un joven promedio no lee ni un libro al año. La tradición lectora muere y con ella muere la creatividad, la memoria, la inteligencia y la empatía. Bienvenidos al apocalipsis zombie sin mordidas.
Y en medio de todo esto, aparece la IA como instrumento genial, pero también como espejo que nos devuelve lo que ya dejamos de ser. En un viaje reciente, intento hacer conversación con el barista y me dice que ordene el café en la pantalla. Yo hablar a máquina, máquina responder “procesando”, yo pagar. Progreso sin humanos, sin errores… sin alma. No es la IA la culpable. No es el teléfono el culpable. No es el chat, ni las redes, ni la tecnología. Es el uso que hacemos de ellas y el haber aceptado ser marionetas de una pantalla.
Así que, en pleno 2025, volvemos al inicio, a la hoguera. Los humanos tenemos ahora menos palabras para comunicarnos, pero leer alimenta nuestro vocabulario. Leer cambia lo que creés virtuoso, te enfrenta a tus paradojas, te obliga a abrir la caja de Schrödinger de tus propias certezas. Si perdemos la lectura, perdemos las palabras; si perdemos las palabras, perdemos el pensamiento; si perdemos el pensamiento, perdemos la capacidad de reconocernos en el otro. Porque sin lenguaje no hay humanidad y, sin humanidad, ahí, en ese silencio digital sin baristas, la hoguera renace.



