spot_img
martes, 16 junio 2026
spot_img
spot_img

Escrito en una servilleta: La gatita de Buenos Aires

¡Sigue nuestras redes sociales!

Por: René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

Ayer me asesinaron… ¿o fue hace cuarenta y un años? Ya no estoy seguro de cuándo fue, y la verdad no me importa. Esta es la primera vez que pienso en ese crimen en el que yo fui el cuerpo del delito, pero no se lo diré a Fleur de Ciel Jaune, para no fastidiarle el viaje. La primera noche fue de reconocimiento milimétrico del lugar, cuadra por cuadra, cafetería por cafetería, teatro por teatro. Lo hicieron con la misma rigurosidad con la que lo hacen los soldados en territorio enemigo, con la misma cautela con la que, hace unos años, entraban a una colonia tomada, o montaban un “golpe de mano” miliciano.

Empezaron a deambular por la espina dorsal de la Avenida Corrientes, nombre paradójico, porque es la calle con mayor densidad de teatros por metro cuadrado del mundo. Aunque lúgubre, nosotros tenemos nuestro propio récord, ya que somos del país que tenía más asesinados por centímetro cuadrado, pensó, pero no se atrevió a decírselo a ella, para no borrar el embrujo de la luz de los teatros reptando en las aceras.

Se dejaron seducir por la bitácora de la oleada de frío que, con ínfula europea, se deslizaba entre el olor a libros que, de la mano con el aroma de los bifes de chorizo y alfajores, flotaba en la noche. Buenos Aires es: un laberinto de personas viviendo de las ocurrencias de Mafalda y del eco de las Malvinas; una cafetería melancólica llena de escritores muertos, que siguen vivos, titilando en la última esquina de una calle nebulosa e íntima; un breve descanso en la Plaza de Mayo que susurra confidencias atroces que espantan los besos de buenas noches; un “ahorcado” infinito que, como requisito para salir del purgatorio, es resuelto por los indigentes.

Ella, hablaba de sus familiares que huyeron del país debido a la carnicería de las dos guerras, la civil y la social; de un señor de espalda curvada que, cultivando loroco en una minúscula parcela, le pagó los estudios para que se convirtiera en una mujer de bien que lucha por la justicia social. Él, no pensaba en el pasado ni en quienes lo habitan, ya que no se necesita pensar en alguien que se lleva dentro del cuerpo. Buenos Aires es un símil de San Salvador, ambas ciudades son, para él, una metáfora de la soledad bohemia, son la predicción de la ruptura-apertura en sus carteleras de teatro.   

La Migdalia era un mango indio que se creía “fresa exótica”, por eso no tenía amigas. Eso de comportarse como “chica fresa” no concordaba con la rusticidad de su nombre ni con su forma de comer pupusas. No sé por qué ella dijo “era”, en lugar de “es”, pareciera que da por sentado que ha muerto, pero ningún obituario lo confirma. Él seguía asintiendo con la cabeza, aunque en verdad no les prestaba atención a sus palabras ni a los dibujos que hacía con las manos mientras hablaba de todo y de nada. La Julita es otra cosa, ella es más auténtica, pensó, pero no se lo dijo, debido a que sabía que no se llevaban bien, por eso de los metafísicos y triangulares conflictos amorosos como los que aúllan, en el barrio La Boca, cuando se cierran los zaguanes y los gatitos callejeros toman control del lugar.

Pasear por Buenos Aires se convirtió en una urgencia de la nostalgia, en una forma de restarle olvidos a la memoria, y no importaba que cada quien hablara de cosas distintas cuando, por inercia, deambulaban sin agenda previa, pues siempre saltaba una palabra o un sentimiento que unía las frases y les daba un toque de coherencia mundana y natural, sin tenerlas. Estoy leyendo de nuevo Don Quijote y Moby Dick, para encontrarle sentido a la revolución traicionada en la que nos metimos de jóvenes, le dijo, pero no para esperar su aprobación, sino para quitarse un enorme peso de encima. A ella se le iluminaron los ojos al recordar las tramas, y le pidió que se los prestara cuando los leyera. Él respondió con un leve cabeceo que apenas dibujó unas olas en la neblina que salía de su boca.

Ese día, luego de comerse una fugazzetta con mariscos, en la pizzería Güerrín, doblaron por la Avenida 9 de julio y caminaron sin rumbo durante una hora. Por un instante creyeron haber desaparecido en el tumulto de gente que se iba haciendo cada vez más débil. Esa fue la rutina las semanas siguientes, y hasta perdieron la noción del tiempo (es difícil saber qué día es cuando los días son idénticos) y vagaron sin mapa ni reloj por Buenos Aires, hasta que su cartografía fue idéntica a la de San Salvador y las cosas hallaron un lugar en su álbum familiar, sin pelearse con las fotos que ya estaban ahí, inmunes a las duras noticias de los diarios alquimista que convirtieron el color rojo, en amarillo, sin pagar impuestos. Ya es hora, dijo él. Para qué, preguntó ella, intrigada. Para aceptar que la nostalgia es la sociología que descubre los olvidos que pueblan la memoria, respondió, mientras se agachaba a acariciar a la gatita que los había acompañado desde que llegaron a la ciudad. Tiene hambre. No, tiene miedo de no volver a vernos, dijo ella.

Es cierto, me acabas de enseñar que el miedo más significativo es dejar de ver a quienes amamos hasta lo indecible, porque eso nos deja totalmente huérfanos y tiritando de frío en los recuerdos que, indefensos, pierden su forma, olor y tibieza en la gramática de la distancia. La gatita se paró frente al kiosko de libros, rozando su cuerpo en el de “Mafalda” para reclamar su autoría. ¿Qué hacemos con la gatita? Preguntó, ella. Lo que estamos obligados a hacer: llevárnosla con nosotros a donde quiera que vayamos, ya es un ser esencial para la ética de la nostalgia, y además, ya la domesticamos y nos domesticó, respondió, aprovechando el envión de un suspiro que, como todo buen vaho, se fue a pegar en la vitrina de “La Giralda” -famosa por su chocolate caliente con churros-, y lo invitó a jugar “X-0”.

Él empezó a difuminarse frente a sus ojos. El silencio apenas fue roto cuando la gatita empezó a ronronear para retenerlo, pero ya era demasiado tarde, cuarenta y un años son muchas misas de aniversario de difunto.

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

También te puede interesar

Últimas noticias