Por Nelson López Rojas.
Recientemente, una de nuestras pasantes, nos explicó —a nosotros, los maitritos que ya ratos pasamos los treinta— los nuevos rumbos que ha tomado la lengua. En un evento, dijo que ya se había engentado y que necesitaba un momento. Los adultos en la sala intercambiamos miradas, atrapados entre la confusión y el cringe.
¿Engentada? Ah, diría un lingüista prescriptivo, los jóvenes de hoy ya no hablan español. Pos, ya no. Hablan post-Insta que es como un dialecto líquido donde engentarse ya no significa solo sentirse abrumado por la multitud, sino la excusa elegante para evitar una salida o saltarse una clase. Entre cringe (vergüenza ajena), delulu (vivir en la ilusión), ghostear (desaparecer sin explicación), el idioma juvenil avanza y confunde a los maitritos, que se quedan con cara de emoticon sorprendido :=O, porque ni a emoji llegan.
Esto del engentamiento no es nada nuevo. Si recordamos aquella canción de 1985 donde el dueño de la casa comienza a quejarde de todo y de todos, veremos que el concepto ya estaba desde “No hay cama pa tanta gente”. Ahora, la Real Academia Española define engentarse como “aturdirse por la presencia de mucha gente”, pero la bichada le ha dado un giro irónico. Hoy, el engentamiento es el agotamiento social que surge incluso tras la interacción más mínima. En las conferencias, por ejemplo, los jóvenes llegan eufóricos, con hype, se toman la selfie, suben las stories y, en menos de veinte minutos, están engentados, buscando refugio en TikTok como si fuera un oasis de silencio visual. En las aulas, los docentes sabemos que el panorama es similar, mientras el profesor habla, los estudiantes escuchan a medias, con los ojos pegados a pantallas que ya traen subtítulos. Ahora imaginate cuando la clase es virtual… El celular, con su promesa de chill, resulta menos ruidoso que el mundo real.
Engentarse resume el cansancio de un mundo saturado de estímulos. Slay celebra el triunfo con estilo, mientras FOMO (fear of missing out) encapsula la presión de estar siempre presente. Cada palabra funciona como un espejo emocional, como una forma de nombrar la ansiedad cotidiana.
Ese engentamiento ha transformado los hábitos sociales. Las fiestas agotan, las discos aburren, los encuentros presenciales exigen más energía de la disponible. Prefieren quedarse en casa, ver series, jugar en Twitch o simplemente deslizar videos sin hablar con nadie. Quieren ser vistos, se exhiben, se autoexponen, pero a veces, el deseo de ser visto choca con la incapacidad de tolerar la mirada ajena que los engenta.
Y no es el único verbo que ha mutado.
Otro ejemplo explosivo —nunca mejor dicho— es detonar. Para los mayores, encender una mecha o iniciar una reacción. Para los jóvenes, tener sexo. “Bien mimida y detonadita”, escribió una muchacha en su foto mientras descansaba en la hamaca. Los abuelos entendieron “descansada”; sus amiguis entendieron el subtexto. El verbo explosivo se volvió eufemismo íntimo. Así, este nuevo idioma se burla de los diccionarios y se vuelve pertenencia, una jerga que conecta a los jóvenes mientras los adultos se confunden.
Las redes amplifican esta revolución lingüística. Reels con “me querían detonar” y hasta campañas publicitarias que ofrecen “una detonadita en el motel”. Lo académico intenta fijar el uso; lo popular lo detona, lo dinamita, pues, con cada meme. Pero detrás del humor hay un subtexto serio y es que el idioma se ha convertido en un botiquín emocional y, en este mundo que les aturde, cada término funciona como una válvula simbólica ante la ansiedad colectiva.
Los de la Generación Z —nacidos entre 1997 y 2012— encarna una paradoja que fascina a académicos y psicólogos. Están hiperconectados y, al mismo tiempo, más solos y ansiosos que nunca. Diversos estudios coinciden que la masificación de los smartphones ha aumentado drásticamente las tasas de depresión y ansiedad, especialmente entre las mujeres jóvenes. Son los primeros nativos digitales cuyo “cableado cerebral” se ha moldeado por microinteracciones constantes, es decir, mientras vos y yo aprendíamos habilidades sociales jugando trompo, yendo al parque o frente al televisor en la sala, los jóvenes actuales lo hacen en pantallas verticales y en su intimidad. Han crecido en un ecosistema de likes, stories y reels. Sin embargo, esta hiperconexión tiene un costo.
Un informe reciente de Harvard, elaborado por el Classroom Social Compact Committee (enero de 2025), muestra que incluso en uno de los entornos académicos más prestigiosos del mundo, muchos estudiantes no asisten a clase, no hacen las lecturas y, cuando están presentes, se refugian en sus dispositivos. Fijate bien: no solo pasa en nuestras universidades en El Salvador, en Harvard, ¡Harvard! donde solo el 3% de los solicitantes logra entrar. No es simple pereza, ellos temen equivocarse. Ese miedo al fail los encierra en burbujas ideológicas y limita su capacidad de debatir. Es el engentamiento en su forma más pura, la sobrecarga social y académica que lleva al retraimiento incluso entre los más brillantes.
El informe advierte, además, que la inflación de calificaciones permite a estudiantes deslizarse sin comprometerse realmente. Se gradúan sin vínculos profundos con profesores o compañeros, reproduciendo un patrón de aislamiento que trasciende las pantallas.
Las plataformas digitales son el epicentro de esta transformación. TikTok recompensa la inmediatez. En cinco segundos o se capta el interés o se pierde. Instagram, con su desfile de aesthetics y vidas perfectas, fabrica comparación y descontento. Y Snapchat, donde los mensajes desaparecen, elimina también la responsabilidad. Como diría la Lady Gaga: “Social media is the toilet of the internet” o, como diría algún traductor, “las redes sociales son la cloaca del internet”.
A esto se suma una crianza sobreprotectora para que los niños “no pasen lo que yo pasé”. Antes las maras, hoy los padres expuestos a noticias alarmantes restringen la exploración física. Los jóvenes ya no salen a la calle y los padres prefieren que las pantallas sean su niñera. Hay menos riesgos, claro, pero crece la ansiedad. ¿El resultado? La Gen Z toma menos alcohol (popularizando las coffee parties y las cervezas sin alcohol), fuma menos y evita riesgos, pero vive más en su cabeza. Cuando algo falla, recurren a herramientas como ChatGPT, aunque la respuesta no siempre sea la correcta.
La Generación Z no es solo un grupo con un vocabulario extraño y una obsesión por las pantallas. Son narradores digitales que estiran el idioma para darle sentido a un mundo abrumador, ero el costo de esa hiperconexión es alto con la ansiedad, depresión y un engentamiento que los aleja del contacto humano. Pese a todo, poseen una sensibilidad emocional admirable. Tienen una conciencia de sus moods que generaciones anteriores tardaron décadas en desarrollar. Sin embargo, su entorno digital convierte esa sensibilidad en hipervigilancia donde todo se analiza, todo se etiqueta, todo les ofende… se enojan por lo más mínimo cuando algo no sale como esperaban, y por ello a alguien random y muy hater se le ocurrió llamarles la generación de cristal. La autenticidad y lo aesthetic se mide en likes y el miedo al cringe o a ser funado los mantiene en alerta constante.
Como sociedad, necesitamos equilibrar la libertad digital con espacios reales de encuentro, es decir, hablar cara a cara, jugar sin cámara, explorar sin filtros. La solución no es desconectarse, sino reconstruir lugares donde equivocarse no sea un delito. Donde se pueda hablar sin miedo al “cuando yo tenía tu edad”. Donde se pueda disentir sin ser funado y participar sin sentirse engentado.
Quizá nosotros, los maitritos, no entendamos del todo su idioma, pero sí podemos entender su cansancio. Y en ese reconocimiento —reconocimiento y no crítica— podría empezar el verdadero diálogo intergeneracional.



