Por Tania Primavera
“Yara Maya” le gustaba que la llamaran, en honor a su abuela indígena. Bajo ese nombre simbólico y profundamente identitario vivió y creó María Mendoza García de Baratta: escritora, compositora, pianista e investigadora pionera de la memoria musical salvadoreña.
Nació en San Salvador el 27 de febrero de 1890. Hija de la pianista María García González y del médico cirujano y catedrático José Ángel Mendoza, creció en un entorno de formación intelectual y artística. Estudió piano con destacados maestros como Agustín Solórzano, Vicente de Arrillaga, Alfredo Villalba y Antonio Yianilli, e ingresó al Conservatorio Nacional de Música bajo la dirección del maestro Juan Aberle.
Contrajo matrimonio con el arquitecto italiano Augusto César Baratta, con quien tuvo tres hijos: Ana María, Mario y Augusto. Entre 1926 y 1938 realizó conciertos de piano en importantes conservatorios y salas de arte de América y Europa, consolidando una carrera artística de proyección internacional.
A finales de la década de 1930, cuando el célebre compositor y guitarrista paraguayo Agustín Barrios, conocido como “Mangoré”, se estableció en El Salvador, habitó una casa perteneciente a María de Baratta. En esos años, ella era figura central de espacios culturales como “Amigos del Arte”, donde coincidía con intelectuales y artistas como Salarrue, Claudia Lars y Alberto Guerra Trigueros. Estos círculos promovían el arte moderno y la identidad nacional al margen de las instituciones oficiales de la época.
En 1940, durante el gobierno del general Maximiliano Hernandez Martinez, Mangoré fue nombrado profesor de guitarra del Conservatorio Nacional de Música, cargo que le permitió establecerse definitivamente en San Salvador y componer obras maestras como “Una limosna por el amor de Dios” antes de su fallecimiento en 1944.
Mientras tanto, María de Baratta se consolidaba como la primera gran investigadora de las raíces musicales de Cuscatlán. Su labor fue intensa y constante. Formó parte del Ateneo de El Salvador, de la Academia de Historia Salvadoreña y de la Unión de Mujeres Americanas. En 1962 fue electa Mujer de las Américas en Nueva York, reconocimiento a su invaluable aporte cultural.
Para ella, el término “folklore” resultaba insuficiente. Explicaba que provenía de “folk” (pueblo) y “lore” (tradición o relato), pero consideraba que no describía adecuadamente las manifestaciones indígenas. Con el respaldo del profesor Arthur Posnansky, propuso términos como “folkvisa” para el cancionero popular y “folkway” para fiestas, ritos y ceremonias de los pueblos originarios, evidenciando su rigor conceptual y académico.
Escribió 14 obras musicales y 25 estilizaciones folklóricas sobre temas autóctonos, aunque solo algunas fueron publicadas. Entre sus creaciones destacan:
- “Canto al Sol”
- “Ofrenda de la Elegida”
- “Los Tecomatillos”
- “Nahualismo”
- “El Teocalli” (ballet)
- “Procesión Hierática”
- “Danza del Incienso”
- “El cancionero de la jarra verde”
Su obra fundamental, “Cuzcatlán Típico”, publicada en 1952, es el resultado de 28 años de investigación. En ella recopiló tradiciones, danzas, música y letras antiguas transmitidas por tradición oral, así como descripciones de instrumentos autóctonos como el pito y el teponahuaste. Este trabajo constituye uno de los registros culturales más valiosos sobre la identidad salvadoreña.
Conocida como “María de Cuzcatlán”, falleció en San Salvador el 11 de junio de 1978, a los 88 años. Su legado permanece vivo. La “Orquesta María de Baratta” honra su nombre, y en el Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI) se resguardan documentos y tomos de Cuzcatlán Típico en el Archivo Histórico.
A 136 años de su nacimiento, recordar a María de Baratta es reconocer a una mujer que buscó en la memoria del pueblo las raíces de nuestra identidad y las convirtió en música, investigación y patrimonio cultural. Una mujer música. Una mujer memoria.
colaboración de Alonso Rosales








