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jueves, 05 de agosto del 2021

Los micrófonos de Mons. Romero (II de IV)

En 1980 El Salvador era otro paí­s. La misma desigualdad, las mismas familias del poder, iguales padecimientos, semejante represión, crimen, tortura; sin embargo, distinta organización popular

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"”¦ mis venas no terminan en mí­, 
 sino en la sangre unánime 
de los que luchan por la vida, 
 el amor, 
 las cosas, 
 el paisaje y el pan, 
 la poesí­a de todos".
Roque Dalton, poeta salvadoreño
(14 de mayo 1935 ““ ejecutado el 10 de mayo de 1975)


Tierra de volcanes

El horizonte se hizo de fuego en el atardecer salvadoreño del 22 de enero de 1932; el volcán Izalco, “Faro del Pací­fico”, iluminó todo al compás del retumbar del estallido de sus entrañas; así­ lo afirman esos recuerdos que captan lo que no siempre atesora la maquinaria tecnológica. Fue la señal”¦ Indí­genas, campesinos, los marginados de todo tipo”¦ explotaron. Atacaron cuarteles, guarniciones, oficinas gubernamentales, casas de terratenientes y comerciantes, de capataces. Fueron contra todo lo que no los dejaba vivir, contra lo que mataba a sus hijos, de hambre, de enfermedades, de esclavitud.

“La gente con que hablé me dijo que aproximadamente el 90 por ciento de la riqueza del paí­s la posee el 0.5 por ciento de la población. Entre 30 o 40 familias son propietarias de casi todo el paí­s. Viven con esplendor de reyes, rodeados de servidumbre, enví­an a sus hijos a educarse a Europa o Estados Unidos, y despilfarran el dinero en antojos. El resto de la población prácticamente no tiene nada”. No lo escribe el cronista del presente, ni es la descripción de un analista perspicaz y consciente del pasado, es la contundencia de un apunte del agregado militar de los Estados Unidos en El Salvador en 1931, el mayor A.R. Harris. Al arribar al paí­s quedó impactado porque “una de las primeras cosas que se observa cuando uno llega, es la abundancia de automóviles de lujo que circulan por las calles. No parece que exista nada entre estos carí­simos vehí­culos y la carreta de bueyes guiado por el boyero descalzo”.

Traducido a términos estadí­sticos, los dueños de aquella riqueza constituí­an un mí­nimo 0,2% de la población, eran propietarios de la mayor parte de los 22.000 km cuadrados de extensión del paí­s, dedicado básicamente a la producción de café, y cubrí­a más del 80% de sus exportaciones a Alemania y Estados Unidos. Para el 95% restante del millón y medio de habitantes no quedaba nada. Viví­an en la miseria absoluta, unos pocos conchabados como obreros en las ciudades y más del 80% aguantando, viviendo en el campo: campesinos, indí­genas, jornaleros. Fueron los que estallaron al compás ritmo de la desesperación”¦ y del Izalco.

Apenas un mes y medio antes habí­a caí­do un gobierno encumbrado gracias a la promesa de reparto de tierras entre esos desheredados que jamás cumplió. El golpe entronizó a “El Brujo” Maximiliano Hernández Martí­nez, un general de brigada esotérico para quien era “bueno que los niños anden descalzos. Así­ reciben mejor los efluvios benéficos del planeta, las vibraciones de la tierra. Las plantas y los animales no usan zapatos”, como lo cuenta en una de sus “Historias prohibidas del Pulgarcito” Roque Dalton, máximo poeta de su paí­s, una de las mejores plumas continentales y fundador de las Fuerzas Armadas de la Resistencia Nacional salvadoreña (RN).   

Los golpistas convocaron a elecciones y los sorprendieron algunas victorias municipales del comunismo; ocultaron su fracaso tras denuncias de fraude y empujaron las llamas de una pradera seca, hambreada, que ya estaba decidida a levantarse en armas contra la injusticia y la muerte.

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Internacionalista
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