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viernes, 22 de octubre del 2021

Lectores

Hace unos dí­as terminé de leer El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, y su lectura me conmovió. Luego del colegio, no habí­a leí­do nuevamente ese hermoso relato de la lucha del ser humano en contra de la adversidad, de esa persistencia de seguir adelante, a pesar de que todo se vea perdido. Y su lectura también me puso a pensar sobre lo maravillosa que es para mí­ la lectura. Leer libros, ya sean éstos reflexivo-filosóficos, de divulgación cientí­fica u obras literarias, es una experiencia que enriquece a quien lo hace. La lectura es parte fundamental de nuestra formación y nos permite ser reflexivos, nos abre al mundo y acrecienta nuestra cultura.

Sin embargo el hábito de la lectura no es uno precisamente practicado por la mayorí­a de la población salvadoreña. Según un estudio, publicado por la Universidad José Matí­as Delgado, la población joven lee cada vez menos, ya que la mitad de los jóvenes encuestados dijo que leí­an solo por cuestiones de estudio.

De igual manera, la Universidad Francisco Gavidia consigna ‒en otra investigación del 2013‒ que el desinterés que muestra el salvadoreño promedio por la lectura es cada vez más notorio. Un 51.15% de la población salvadoreña, asegura nunca haber leí­do un libro completo en su vida. Casi la mitad de los salvadoreños (48.75%) afirma no haber visitado nunca una biblioteca; el 33.30% dice que no lee porque no tiene tiempo y un 20.10% rechaza la lectura por considerarla aburrida.

¿Por qué no leemos en El Salvador? ¿Por qué al salvadoreño no le interesa cultivar este provechoso medio de enriquecimiento intelectual? Las respuestas que dan los encuestados van desde los que no tienen tiempo, los que les parece una actividad tediosa, a los que prefieren otras actividades recreativas, hasta los que simplemente no les interesa.

Al ver estas respuestas caemos en la cuenta que leer no es algo importante para el grueso de la población del paí­s. Una de las razones que encuentro al respecto está relacionada a la difusión del conocimiento: La sociedad salvadoreña tuvo un rezago en cuanto al conocimiento a través del texto. De las tradiciones contadas y la oralidad, pasamos directamente a la información difundida a través de la imagen, iniciada con la televisión, lo que nos generó una debilidad en nuestro desarrollo cognitivo, debilidad que arrastramos hasta el dí­a de hoy. Esto se agrava más en el mundo actual, con las plataformas digitales emergentes, que nos obligan a buscar una nueva forma de leer, un cambio en la manera de comunicarnos.

Entonces: ¿Cómo logramos que la gente lea? ¿Cómo hacemos que más personas disfruten del placer de la lectura?

Hay que comenzar diciendo que leer es un acto de la más estricta libertad; esto es: a nadie se le puede obligar a leer. De hecho, esa ha sido una de las medidas que más ha dañado la difusión de la lectura: el que se nos haya obligado a leer.

Como dijo Borges: «El verbo leer, como el verbo amar no soporta ‘el modo imperativo´». Y esto es así­ porque, si estamos de acuerdo que desde la infancia se puede fomentar el hábito de la lectura, ninguno de esos niños disfrutará de la lectura si se le obliga a hacerlo. Hay infinidad de ejemplos que lo comprueban.

Una vez entendido que leer es un acto de libertad, debemos comprender que a leer se aprende como se aprende a caminar. Nadie puede correr de una sola vez. Primero se gatea, luego se van controlando los pasos y, finalmente, podemos correr. De igual manera sucede con leer; darle a un niño que inicia a «caminar culturalmente» un libro como El Quijote es como querer que un bebé corra como un adulto.

Aprender a leer, como todo en la vida, se logra equivocándose, volviendo a intentarlo y volviendo a errar. A leer se aprende leyendo y leyendo de todo: grandes obras, malas obras, libros aburridos, triviales, novelas maravillosas, análisis profundos, pasquines, de todo.

Finalmente, si queremos que nuestra niñez y nuestra juventud lean, debemos saber qué les atrae, cuáles son sus intereses vitales y desde ahí­ actuar en consecuencia. Una vez identificado eso, guiarles para que vayan encontrando las lecturas que les atraen, pues de esta manera descubrirán los libros que los marcarán y cimentarán su gusto por la lectura.

Estas acciones podrí­an ayudarnos a que un mayor sector de la población se aficione por los libros, que encuentre goce en leer, sin importar lo que esté leyendo, solo que sienta diversión por la lectura, disfrutar de la palabra escrita. Lo que se busca es que la persona experimente el placer de leer, porque de algo estoy seguro: Una vez que uno lo descubre, no lo deja nunca más.

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